
El aeropuerto, de casi 100 años de antigüedad, ha sido objeto de una veloz remodelación con valor de 500 millones de dólares. Los expertos dicen que no es suficiente.
El olor a pintura flotaba en el aire del Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Los martillos neumáticos zumbaban. Los pasillos estaban bloqueados con maquinaria pesada y cinta de precaución.
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Los funcionarios trabajaban sin descanso para terminar las mejoras --valoradas en 500 millones de dólares-- en el aeropuerto más importante del país antes de que comience la Copa del Mundo esta semana en la Ciudad de México. El reto: el aeropuerto, de casi 100 años, que desde hace tiempo dejó de ser del tamaño necesario, tiene goteras y es anticuado, debía permanecer abierto durante la remodelación.
Se esperan más de cinco millones de visitantes en México durante el torneo de seis semanas, que es organizado conjuntamente con Estados Unidos y Canadá. Las autoridades aeroportuarias dijeron que esperaban que entre tres y cuatro millones de pasajeros pasaran por el Benito Juárez, y recientemente insistieron en que el trabajo estaría terminado a tiempo.
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"Sí se va a alcanzar al 100 por ciento", dijo el almirante Juan Manuel Muñoz Gómez, de la Armada de México, quien ayudó a supervisar la remodelación del aeropuerto ordenada por la presidenta Claudia Sheinbaum hace un año. "Estamos preparados para esa cifra".
Pero la Copa Mundial ha puesto la infraestructura aeroportuaria de la Ciudad de México bajo un escrutinio incómodo.
Aunque las renovaciones relacionadas con los pasajeros se terminaron el 31 de mayo, queda por ver cómo responderá el aeropuerto renovado al aumento de la demanda que generará el torneo. Sin embargo, se necesita más trabajo, y los funcionarios dijeron que las mejoras operativas restantes se reanudarían después del Mundial. Y ya han surgido dudas sobre la rapidez y la calidad de las obras la semana pasada, cuando se derrumbó parte de un puente peatonal y bloqueó el tráfico.
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Las instalaciones, saturadas, habían sido descuidadas durante décadas, según los expertos. Argumentaron que tampoco son dignas de una de las ciudades más grandes del mundo --un área metropolitana de 23 millones de personas-- ni de un país de 133 millones de habitantes con una economía en crecimiento.
Los problemas del aeropuerto tienen su origen en una decisión tomada años atrás. En 2018, el entonces presidente del país, Andrés Manuel López Obrador, canceló la construcción de un nuevo aeropuerto de 13.000 millones de dólares a unos 24 kilómetros del centro de la ciudad, a pesar de que el proyecto estaba completado en un tercio. En su lugar, construyó un aeropuerto comercial de 4000 millones de dólares en una base aérea militar situada al doble de distancia.
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El resultado es el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, menos utilizado, que ha crecido desde su inauguración en 2022, pero que el año pasado solo atendió a siete millones de pasajeros, en comparación con los 45 millones de Benito Juárez.
Las renovaciones que se llevan a cabo en el Benito Juárez son en gran medida cosméticas, dijo Peter Cerdá, director ejecutivo de la Asociación de Transporte Aéreo de América Latina y el Caribe. El aeropuerto --que abrió en 1928, con su primera terminal ampliada en 1952 y la segunda inaugurada en 2007-- había llegado a "un punto de colapso", dijo, y el trabajo de los últimos años ha consistido en "curitas".
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Señaló el traslado de las operaciones de carga a Felipe Ángeles y el límite impuesto a los vuelos con destino al Benito Juárez, que había superado su capacidad de diseño original de 32 millones de pasajeros al año. Estas medidas provocaron la indignación del gobierno del presidente Donald Trump, que acusó a México de apuntalar artificialmente al Felipe Ángeles y de aumentar los costos para las empresas estadounidenses en millones de dólares con el traslado de las operaciones de carga.
Cerdá dijo que no le preocupaba la seguridad. Pero sí la capacidad de manejar el crecimiento regional proyectado de hasta un 6 por ciento anual sin obras importantes, como la ampliación o la construcción de nuevas terminales y pistas.
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"Son medidas positivas, pero son soluciones a corto plazo para un Mundial", dijo. "No es una solución a medio o largo plazo para hacer frente al crecimiento que experimentarán la Ciudad de México y México".
Los oficiales de la Marina Armada de México, que operan el aeropuerto Benito Juárez, insistieron en que la remodelación del aeropuerto fue más que cosmética. Sí, las terminales tienen una mejor decoración, hay mejores opciones de comida, nuevas pantallas planas, baños renovados, áreas de espera mejoradas y pasillos más amplios recuperados de antiguos espacios de oficinas y tiendas. Pero dijeron que las operaciones también habían mejorado.
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Con casi 60 nuevos lectores automáticos de pases de abordar y escáneres de equipaje más potentes, dijeron los oficiales, habían reducido el tiempo promedio de seguridad de 17 a siete minutos. Inmigración cuenta ahora con hasta tres veces más módulos de entrevista y puertas automáticas. Un nuevo sistema de seguridad de reconocimiento facial cubre el aeropuerto, y se ha implementado un proceso mejorado de recogida de equipaje.
Un nuevo software tiene como objetivo la optimización en la gestión del flujo de aviones, se ha mejorado el drenaje en las dos pistas del aeropuerto y las nuevas pistas de rodaje permiten a los aviones llegar a las puertas de embarque más rápido. Esas mejoras, dijeron los funcionarios, ayudaron al aeropuerto a obtener recientemente la aprobación para aumentar de 44 a 46 el número de vuelos por hora, aún muy por debajo del máximo de 61 en 2022.
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"No es un asunto nada más de pintar", dijo el almirante Muñoz Gómez. Añadió que México se beneficiaría de las renovaciones mucho después de que termine el torneo. "Es un reclamo de la gente. Es algo que necesitamos todos".
Mientras los trabajadores colocaban azulejos recientemente, Roger Limon, de 54 años, esperaba su vuelo a Los Ángeles. Visita el aeropuerto varias veces al año y vivió en Ciudad de México durante tres décadas. En aquel entonces, dijo, el aeropuerto ya era demasiado viejo y pequeño para una metrópolis de ese tamaño.
"Es demasiada gente", dijo.
Cerca de allí, José Luis Cruz Ovando, de 68 años, esperaba con su esposa un vuelo al sur de México. Dijo que habían ido al Benito Juárez varias veces al año, durante años.
"Están maquillando, como aquí le decimos, para que se vea hermoso", dijo. "Sí está. Se han facilitado las puertas. Pero las pistas y el espacio aun me preocupan".
James Wagner cubre noticias y cultura para el Times en América Latina y está radicado en Ciudad de México.
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