Michael B. Jordan es una estrella. Pero, ¿es un gran actor?

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Jordan se ha ganado la taquilla y nuestros corazones. Pero hay debate sobre su oficio. Después de ver 'Pecadores' por cuarta vez, comprendo su talento.

La otra semana, en los antiguos Premios del Sindicato de Actores (no estoy preparado para llamarlos por ese nuevo nombre: al Actor, ay-yi-yi), Michael B. Jordan estaba en medio de la recepción de su nueva estatuilla al mejor actor cuando lo asaltó una expresión que nunca le había visto.

Agradecía por su nombre a sus compañeros de reparto de Pecadores mientras su estatuilla de Actor lo contemplaba desde una mesa, y de repente pareció darse cuenta de que ese galardón era realmente suyo. Tenía la mirada baja, los ojos muy abiertos, su boca formaba la "o" de "Omar", como Omar Miller, quien interpreta al portero aparcero de la película, cuando Jordan se llevó las manos a las sienes, como para evitar que le estallara la cabeza. Estaba estupefacto. Esa era la nueva expresión.

También debió resultar nueva para otras personas, porque internet eligió este momento como el meme en miniatura de su victoria. Lo capta en el peculiar punto de encuentro en el que la experiencia humana se solapa con la de los nominados: la aceptación, de uno mismo, de los premios tangibles de validación, de uno mismo a través de esos premios. Michael B. Jordan había ganado. No por algo adorablemente específico como "mejor secuencia de acción" o posiblemente amañado como "el hombre más sexy del mundo". Había ganado por su capacidad para dar vida a un personaje, por actuar. Y como interpreta a dos gángsters gemelos en Pecadores, la victoria fue por dar vida a dos personajes. Sus compañeros actores habían votado por él como el mejor. ¡Michael B. Jordan! No se lo podía creer. (Timothée Chalamet ha sido el imán de premios del año.) Viéndolo en directo, tampoco podían creerlo sus compañeros nominados, ni ningún otro actor de la sala. Yo tampoco. En nombre de todos nosotros, fue una locura de lo más feliz.

Y ahora estamos a horas de los Premios de la Academia, y la sorpresa de Jordan ha aumentado las probabilidades de que vuelva a quedar atónito. El suspenso es terrible, incluso para mí. Y lo único que voy a hacer el domingo es estar sentado en un sofá. Pero creo que eso refleja lo curioso del estrellato cinematográfico en general y de esta estrella de cine en particular. Se ha ganado mi corazón, pero no mi papeleta figurativa de mejor actor. Estoy a favor de Wagner Moura, la larga mecha que serpentea y se abre paso sigilosamente a través de El agente secreto.

Entonces, ¿qué es lo que no podía creer de que Jordan ganara ese premio? Simplemente, nunca me había convencido. Al igual que Brad Pitt durante mucho tiempo, Jordan puede parecer distante cuando está quieto. O como si sus interpretaciones sucedieran tan deprisa, tan desesperadamente, que suelo preguntarme a qué viene tanta prisa. Ese era un problema de los inicios de Harrison Ford. A menudo, Jordan parece interpretar la presión arterial como una emoción. Eso puede funcionar en situaciones de gran tensión, como su enfrentamiento culminante con Chadwick Boseman al final de Pantera Negra. Sin embargo, ese encuentro es tanto ideológico como físico, y la forma en que Jordan dice sus líneas tiende a evocar las páginas que contienen dichas líneas. Boseman evoca podios y arcos de proscenio. Las discusiones sobre la actuación de Jordan han encendido salas de chat y casi ha destruido barberías. ¿Es buen actor? Simplemente. No. Estamos. Seguros.

HABÍA VISTO Pecadores tres veces y, sin embargo, nunca había visto realmente qué es lo que hace Jordan en la película. Cuando volví a verla por cuarta vez después de la entrega de premios, me fijé exclusivamente en él. ¿Me había perdido algo? ¿Qué vieron sus compañeros actores que yo no veía?

Bueno, en primer lugar quizás se vio eclipsado por las ambiciones de la propia película. Luego está la cuestión de todos los demás actores de la película. Dos de las actuaciones hablan por sí solas. Wunmi Mosaku, quien interpreta a la prestidigitadora, Annie, trabaja con profundas reservas de solemnidad y calidez (incluso su escena de muerte tiene una especie de sensualidad ética). Delroy Lindo, quien interpreta al músico Delta Slim, consigue ser borracho, profundo y ridículo, generalmente en la misma escena. (Ambos están nominados a Oscares de reparto). Luego está el descubrimiento de Miles Caton, como Sammie, el guitarrista prodigio del blues, para quien, como Jordan, su presencia absorbente compensa lo que le falta para ser un actor con mayúsculas. A diferencia de Jordan, que tiene 39 años, Caton es un novato.

Pero cuando ves Pecadores solo por Jordan, la película adquiere una profundidad aún mayor. La frecuencia que había mantenido en papeles anteriores a menudo parecía resueltamente masculina, encasillada, oculta: el típico protagonista masculino. Pero aquí es un actor nuevo. Justo en la toma introductoria de Jordan, cuando la cámara gira a su alrededor para revelar que ha sido duplicado en gemelos idénticos (Smoke y Stack), hay algo más que fanfarronería. Smoke (color característico: azul) se inclina para que su hermano Stack (con sombrero y corbata escarlata) encienda su cigarro. Se pasan el cigarro entre ellos. Esto es un alarde del departamento de efectos. Pero también se trata de una emisión instantánea de tierna conexión.

Es 1932 y todo el mundo en la ciudad sabe que estos hombres son problemáticos, como dupla o por separado. Stack es más arrogante, más descarado. Jordan no deja que el gemelo cierre la boca del todo, para que no te pierdas todo el oro que hay dentro. Es de esos tipos problemáticos que te hacen querer esconder a tus hijas, un showman, el centro de atención, un agitador. Smoke no es muy cómico; se dedica a lo suyo. No te metas con él: te disparará. Jordan sabe cómo manejar los mecanismos de su vínculo. Hace que uno cuide al otro, incluso cuando los vampiros de la película los convierten en adversarios.

Los ojos de Jordan no suelen dar mucho de sí: no se entrecierran ni se dilatan. A veces son como la boca de Stack: una cámara acorazada. Esa boca, sin embargo, es la clave de Jordan. Tiene ajustes. Cuando Annie toca a Smoke en su tienda, a Jordan casi le tiembla el labio inferior, está a punto de soltar uno de esos erógenos improperios, pero en lugar de eso se da un suave mordisco. La suavidad es su mejor modo, y Ryan Coogler, el guionista y director, lo entiende; ha hecho sus cinco películas con Jordan. Y en la mayoría, es el momento en que baja la guardia, a menudo con una mujer, lo que te hace sentarte derecho y poner atención.

Pecadores le brinda a Jordan algunas de estas oportunidades para relajarse. Interpreta a dos tipos duros, pero uno de ellos aún llora la muerte de su hija. Antes de que él y Annie hagan el amor, Smoke intenta desestimar su trabajo con las raíces, con lo oculto. Ella le pregunta cómo sabe que ese mismo hechizo no los salvó a él y a su hermano de morir en Chicago. Y de repente, Jordan se vuelve tierno, juvenil, herido, avergonzado, completamente desolado antes de pronunciar quizás la mejor frase de toda su carrera actoral: "¿Entonces por qué las raíces no funcionaron con nuestra bebé?" ¿Por qué necesité yo cuatro visitas a la tienda de Annie para sentirme tan destrozado como Jordan hace sentir a este hombre? La única excusa que puedo ofrecer es que había demasiadas cosas más en esta película como para apreciar la delicadeza de Jordan.

Ese viejo dicho negro de que las personas negras tienen que ser el doble de buenas que las demás es un chiste que podrías hacer sobre Jordan teniendo que hacer de gemelos para vencer a cuatro hombres blancos en los premios al Actor. Pero asumir dos papeles también da vida al concepto negro más existencial de la doble conciencia, que los afroamericanos poseen un par de almas en guerra, una negra, la otra estadounidense. Es una idea que duele en las etapas finales de Pecadores, un tramo en el que Stack se convierte en vampiro y, por tanto, en un muerto viviente recluta en el ejército mugriento de un hombre blanco. Él y Smoke se enfrentan, un hermano con la esperanza de convertir al otro al lado oscuro, no tanto por el mal en sí, sino por la unión eterna. Y mientras luchan entre sí, su oasis de música negra, ese pequeño sueño americano, arde en llamas a su alrededor.

APOYAMOS A JORDAN como si fuera el mejor equipo que nunca ha llegado a la postemporada. Ahora está aquí, en la final, y hay verdadera excitación por que pueda ganar. Ha habido una brecha significativa entre nuestra pasión por él como hombre (la sincera bondad que irradia, la alocada alegría que induce) y nuestra fe en su actuación. De ahí la conmoción eufórica en los Premios del Sindicato de Actores.

Esto me lleva a la imagen instantáneamente memorable de la victoria de Jordan. Fue la de Viola Davis, después de abrir el sobre, ver el nombre de Jordan y gritarlo con toda la fuerza franca, el poder emocional y la conmoción eléctrica de una revelación, de un sueño hecho realidad. Se sintió libre de amar lo que vio en aquella tarjeta, de preferir este resultado. La incredulidad de Davis en ese momento era también su fe. En él. ¿Por qué eso no pareció demasiado? ¿Ves el mundo?

Para obtener una respuesta, yo volvería a esa pelea de Pantera Negra, en la que el personaje de Boseman triunfa sobre el de Jordan. Se supone que Jordan es el malo de la película. Y es terrible verlo perder. Duele, casi, por esos intangibles que hacen que una estrella sea una estrella. Jordan los tiene. Por muy plano o rápido o ensimismado que pueda parecer, lo adoras, su serenidad, su calidez.

Sí, eso es: te encanta la inocencia de su rostro, su inocente redondez, la bondad de carácter que emana de sus profundos ojos marrones. No es su actuación lo que nos hace ir a verlo y apoyarlo. No es su talento. Es lo que necesitamos sentir en todas partes, todo el tiempo, especialmente ahora. Es el corazón. Y Michael B. Jordan es puro corazón.

Wesley Morris es un crítico del Times que escribe sobre arte y cultura popular.