Cómo perder mis extremidades me convirtió en otro tipo de cocinera

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A lo largo de mis dos décadas de carrera como cocinera --trabajando en restaurantes y cocinas de prueba, elaborando recetas y escribiendo libros de cocina-- he estado consciente de las limitaciones. Las zanahorias, por ejemplo, deben prepararse de determinada manera para aprovechar su dulzor natural, sacando los azúcares al asarlas hasta que alcancen una profundidad intensa.

Con mi cuerpo ocurre algo parecido. Al vivir con una enfermedad crónica, siempre ha habido limitaciones que comprender, límites dentro de los cuales he tenido que moverme. Soy impulsiva por naturaleza, ansiosa por actuar en cuanto se me ocurre una idea, pero con el tiempo aprendí a ir a mi ritmo, a ser más paciente, a evitar pasar largas horas de pie. Y entonces, después de muchos años de aprender a manejarlo, los límites volvieron a cambiar.

Nací con anemia falciforme, un trastorno sanguíneo hereditario. Toda mi vida he tenido que tomar precauciones excepcionales, equilibrando el esfuerzo con periodos adecuados de descanso: no puedo simplemente aguantar.

En diciembre de 2023, acudí a un hospital de Nueva York con síntomas parecidos a los de la gripe y el inicio de una crisis de anemia falciforme, para lo que pensé que sería una hospitalización rutinaria. Pero no recibí la atención que necesitaba, y las consecuencias fueron catastróficas. Mi recuerdo de ese periodo existe solo en los mensajes de texto que envié a familiares y amigos cercanos: "Sigo con muchísimo dolor".

La tarde del 11 de enero de 2024 desperté de un coma de seis semanas en otro hospital, sin saber cómo había llegado allí. A eso le siguieron otras seis semanas de fiebres altas y una neblina de confusión. Me habían introducido un tubo respiratorio en la garganta. Solo podía articular con los labios lo que sentía --un dolor espantoso--, lo que profundizaba aún más el trauma.

Pasaron unas cuantas semanas más antes de que pudiera girar el cuello hacia un lado y ver la habitación más allá del patrón de su techo. La habitación era luminosa; la luz del sol se filtraba por grandes ventanales a lo largo de mi cama. Enfermeras amables me hablaban con voces fuertes y agudas, y médicos estoicos repasaban mi situación con su tono detallado y desapasionado.

Pude reconocer a mi madre, que había volado desde Nigeria, donde me crié, para pasar las noches conmigo, y a mi marido y mi hermano menor, que me visitaban por las mañanas y las tardes. Durante ese tiempo, en mi mente no hubo más que un solo pensamiento constante: si ellos podían verme, entonces yo estaba a salvo.

En una reunión con mi familia y el personal médico a principios de marzo de 2024, supe que ninguna de mis dos piernas sobreviviría, ni tampoco mis dedos. Se programaron varias amputaciones y, tras siete meses en el hospital, me enviarían a casa como una persona con amputación bilateral por debajo de la rodilla y amputación de dedos. Me movería por el mundo en una silla de ruedas eléctrica. Más adelante me colocarían prótesis de manos y piernas.

En las semanas posteriores a mi coma, mientras seguía en el hospital, tuve hambre de tantas cosas: de la calidez de la compañía y de una conversación amable, de una sensación de control sobre mi atención médica y, en cuanto pude tolerarlo, de comida sólida. Se me antojaba cualquier cosa con sabor, en especial la comida nigeriana. Pasaba los días hojeando menús en el iPad que mi marido, Mark, había colocado junto a la cama del hospital, trazando estrategias para que los pedidos llegaran a mi habitación. Mis comidas pasaron de la insípida comida de hospital a almuerzos y cenas cuidadosamente preparadas con familiares y amigos que venían a verme.

Los domingos eran mis preferidos. Una de mis editoras, Nikita Richardson, pasaba a verme con un montón de productos de repostería de cafés y pastelerías de toda la ciudad. Colocábamos el botín que había reunido y lo probábamos todo, dejando rastros de hojaldre o migas de pastel esparcidas por mi mesa. Nos poníamos al día sobre el mundo más allá de mis cuatro paredes.

Ese tiempo compartido fue más que reparador; en esos momentos sentía que no tenía que concentrarme en todas las formas en que mi vida cambiaría tras el alta, aunque estaba absolutamente segura de que volvería a la cocina. Solo tenía que descubrir cómo.

Mientras tanto, podía imaginarme recorriendo pastelerías con mi amiga, y fue en ese mundo onírico, a medio camino entre el trance y la realidad, donde conocí el pastel de harina de maiz con mantequilla dorada de Radio Bakery, en Brooklyn.

El pastel tenía una intensidad marcada de frutos secos, un equilibrio exquisito entre lo dulce y lo salado, con un exterior crujiente y una suavidad densa y esponjosa en el interior. Se convirtió en el acompañamiento perfecto para complementar los primeros sorbos de café que pude dar. Nikita me traía dos: uno para el domingo y otro para el día siguiente.

Era exactamente el tipo de receta que yo me habría lanzado a adaptar en mi amplia cocina. Anhelaba el momento de estar de vuelta allí, con mis dos hijas pequeñas, creando codo con codo, horneando para ellas. Las extrañaba tanto que me dolía el corazón.

Resultó que, cuando por fin volví a casa, la vida allí no era distinta. Quien había cambiado era yo. Y aquí estaba yo, con la tarea de redescubrirme a mí misma, como persona, como esposa, como madre y como cocinera.

En aquellos primeros días, veía trabajar a mi madre, como cuando era niña, pasando jornadas enteras cocinando los platos nigerianos que tanto extrañaba: sopa de pimienta, arroz jollof , efo riro . Una rotación diaria de auxiliares de cuidado en casa me asistía en las tareas cotidianas de bañarme, asearme y vestirme. Empecé a soñar con las comidas que anhelaba preparar.

Incluso después de una hospitalización prolongada, cuando gran parte de mi cuerpo físico había cambiado, me sentía agradecida por lo que permanecía intacto: el sentido del gusto y del olfato, mis conocimientos culinarios, mi capacidad para saber a simple vista cuándo un plato está en su punto. Cuando regresé al trabajo como columnista y creadora de recetas el pasado abril, empecé a producir recetas como antes, pero ahora con la ayuda de un asistente de cocina que actuaba como mis manos.

La cocina siempre ha sido un refugio para mí, un lugar donde, sin importar las circunstancias, mi mundo tenía sentido. Sabía que aún podía aprovechar las mejores cualidades de un ingrediente si me dejaba guiar por mi destreza y mi espíritu.

La inspiración para mis recetas todavía empieza como una imagen sensorial, o como un pensamiento que me cruza la mente. Pero la forma en que las escribo ha cambiado: le hablo a mi computadora y dependo de su software de accesibilidad para convertir mis palabras en texto. (A veces, no entiende mi acento hasta que enuncio las sílabas en un tono entrecortado). Agrego la mayor cantidad de detalles posible, incluidas las señales a las que hay que estar atentos durante el proceso.

Cada día, mi equipo rotativo de ayudantes y yo empezamos en la mesa de mi cocina, repasando una receta paso a paso. Se encargan de picar y cortar los ingredientes, y de cocinar el plato de principio a fin, sorteando las encimeras demasiado altas y los armarios imposibles de abrir. Yo me mantengo presente, como participante activa del proceso, observando, tocando, escuchando, probando y respirando los aromas que se esparcen por la cocina. Procuro dirigir con amabilidad, y no me molesta decir algo varias veces.

No siempre lo logro. A veces me impaciento al tener que abrir un mundo en el que antes existía sola; tener a otros cocineros conmigo en la cocina es una intimidad a la que no estaba acostumbrada. Y está la frustración de tener que pedir ayuda mientras doy indicaciones. Es como dirigir mi propia brigada de cocina, pero sin poder mostrar exactamente cómo me gustaría cortar una verdura en cubos o cuál es el mejor método para incorporar la mantequilla a la masa.

Nuestras curvas de aprendizaje son más empinadas cuando las habilidades de las que hemos dependido toda la vida nos han sido arrebatadas. He tenido que dejar de lado la confianza en mi cuerpo físico, concentrarme en las habilidades que sí tengo y relegar al futuro las que debo reaprender, como batir un bol de crema hasta lograr picos suaves y lechosos con manos protésicas.

Casi dos años después de iniciar mi recuperación, por fin me puse a adaptar la receta del pastel de harina de maíz con mantequilla dorada, desarrollada originalmente por la chef Kelly Mencin, de Radio Bakery. La receta se inspira en un clásico financier francés de mantequilla dorada, sustituyendo la tradicional harina de almendra por harina de maíz molida gruesa, mientras que el azúcar turbinado endulza el pastel con suavidad y le da un exterior crujiente.

Yo le añadí mi propio toque: cerezas por su acidez y textura carnosa (frescas o congeladas; sirven las ácidas, las Bing o las negras dulces). Por lo demás, esta versión casera conserva la profundidad de la mantequilla dorada del original, el crujiente de la harina de maíz y ese golpe caramelizado, cristalizado, de azúcar.

Receta: Pastel de harina de maíz con mantequilla dorada

En una vida marcada por recorrer largas distancias, el camino de regreso a la cocina ha sido una de las mayores distancias que he recorrido. Cocinar solía ser mi momento para pensar en el pasado y en el futuro mientras mezclaba o veía cómo algo tomaba forma en una sartén, planificando artículos, recetas, libros de cocina.

Ahora gran parte de mi vida transcurre apoyándome en otros, y preparar comida ya no es el acto solitario y meditativo que alguna vez fue. Me viene a la mente una expresión en yoruba, "A jọ ṣé pọ̀", que significa "lo hacemos juntos" o "colaboramos". Se ha convertido en un estribillo que repito mientras escribo recetas, comparto comidas con mis seres queridos y realizo tareas cotidianas que antes eran simples.

Todavía estoy muy inmersa en la recuperación. Llevo varios meses con mis manos protésicas; ahora estoy aprendiendo a caminar con mis piernas nuevas. Pongo alarmas para recordarme que debo hacer mis estiramientos diarios, y tengo citas presenciales semanales para aprender a usar del mejor modo estas extensiones de metal y silicona de las extremidades que me quedaron.

Sigo sintiendo los efectos reparadores --tanto fisiológicos como psicológicos-- de todos los alimentos que se me antojan. A veces es un plato nigeriano el que me nutre profundamente y, por un instante, me transporta a la cocina de mi hogar de infancia en Ikeja, Lagos. Otras veces es un plato tan sencillo como calamares fritos o camarones al ajillo el que despierta mis ganas de vivir. Me sorprendo al comprobar lo poco que hace falta para sentirse viva.

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