El programador y el dictador

Nathaniel Popper y Ana Vanessa Herrero

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Justo después de la medianoche de un martes a principios de 2018, el vicepresidente de Venezuela se apropió de las ondas de transmisión televisiva del país. De apariencia serena a pesar de la hora, con un traje azul y corbata roja, anunció que el gobierno estaba a punto de hacer historia convirtiéndose en el primero en el mundo en vender su propia criptomoneda. Se conocería como petro.

A tres cuadras, en las extensas oficinas del vicepresidente, Gabriel Jiménez estaba sentado con cara somnolienta en una enorme mesa de conferencias hecha de vidrio, mientras escribía sin parar en una laptop. Unas poderosas máquinas de aire acondicionado enfriaban el aire. Delgado, con grandes anteojos negros acomodados entre una barba desaliñada y una línea capilar con principios de calvicie, Jiménez había pasado meses diseñando y codificando todos los detalles del petro. Ahora, junto con su principal programador, se apresuraba para que comenzara a funcionar, a pesar del hecho de que aún no se habían tomado decisiones básicas.

En cuanto el vicepresidente terminó la transmisión, su jefe de personal entró a la oficina, furioso. Jiménez no lo podía entender... algo sobre errores de tipeo en un sitio web, una vergüenza para la nación. El jefe de personal trajo a dos guardias armados con rifles militares y le dijo a Jiménez y a su programador que tenían prohibido irse. Si hacían cualquier intento por comunicarse con el mundo exterior, estarían camino a El Helicoide, un símbolo distintivamente venezolano del terror: el otrora proyecto futurista de un centro comercial, con rampas para que los autos subieran directamente a las tiendas, convertido en prisión política y centro de tortura.

El Helicoide
El Helicoide

Por debajo de la mesa, Jiménez le envió un mensaje de texto a escondidas a su esposa. Aunque lo había dejado hacía poco, le pidió que le enviara un abrazo y le dijera a su padre que estaba en problemas.

Jiménez finalmente fue liberado antes del amanecer. Cuando llegó a su departamento, comenzó a sollozar. Antes de tener tiempo de componerse, recibió una llamada. Era Nicolás Maduro quien quería verlo. Jiménez caminó al palacio presidencial, abriéndose camino a través de las multitudes que se encontraban afuera, sintiéndose exhausto y temeroso.

Unos meses antes, la idea de que a Jiménez lo llamaría el dictador que gobernaba Venezuela habría sido inimaginable. Jiménez tenía tan solo 27 años, dirigía una pequeña empresa emergente y había pasado años manifestándose en contra del dictador. Maduro no solo había provocado una crisis financiera en el país debido a su mala gestión, sino que también había detenido, torturado y asesinado a quienes cuestionaban su poder.

No obstante, sin importar lo que Jiménez pensara del régimen, tenía sentimientos igual de contundentes respecto del potencial de la criptomoneda. Cuando el gobierno de Maduro se acercó a él para hablar de la creación de una moneda digital, Jiménez vio una oportunidad para cambiar su país desde adentro. Si la criptomoneda se creaba de la manera adecuada, según creía Jiménez, podría darle al gobierno lo que deseaba —una manera de combatir la hiperinflación— mientras también introducía de manera furtiva tecnología que les daría a los venezolanos un poco de libertad en un gobierno que dictaba todos los detalles de la vida diaria.

Sus amigos y su familia le advirtieron que trabajar con el régimen solo podría terminar mal. La persona que supervisaba la iniciativa, el vicepresidente Tareck El Aissami, había sido descrito como un “capo de la droga” por el gobierno estadounidense y pronto sería incluido en una lista de los más buscados. Jiménez reconocía el peligro, pero hablaba del petro como un caballo de Troya que se escabulliría en el tipo de reformas con las que él y la oposición habían estado soñando durante años.

Nicolás Maduro
Nicolás Maduro

Un país que necesita ideas desesperadas

Jiménez tenía 8 años y vivía en la pequeña ciudad de El Tigre, cuando el dictador militar Hugo Chávez llegó al poder en 1998. Chávez, marxista, usó las enormes reservas de petróleo de Venezuela con el fin de pagar servicios sociales para los pobres, pero también volvió al país cada vez más autoritario, construido en torno a su propio culto de la personalidad.

Jiménez era parte de una clase instruida que naturalmente se sentía atraída a la oposición. Después de la universidad en Caracas, Jiménez pasó algunos años en Estados Unidos; estudió, se casó e hizo lo que pudo para oponerse a Chávez y a su sucesor, Maduro. También fue becario de una congresista republicana de Miami que constantemente criticaba al régimen venezolano. Cuando los reformadores ganaron las elecciones parlamentarias en 2015, Jiménez se sintió obligado a regresar a su país para tomar parte en la apertura política.

Jiménez y su esposa llegaron a Caracas a principios de 2016 y encontraron a una nación al límite. Los precios del petróleo se habían desplomado, por lo que Maduro comenzó un frenesí de impresión de dinero. Conforme los bolívares se volvían inservibles, los medicamentos desaparecían, los refugiados se ahogaban y los niños se morían de hambre.

Financieramente, Jiménez estaba bastante preparado para enfrentar la crisis. Había fundado una empresa emergente. The Social Us, que conectaba a programadores y diseñadores venezolanos con compañías estadounidenses que buscaban mano de obra barata. Como muchos venezolanos más adinerados, Jiménez conservaba casi todo su dinero en dólares, pero esto hacía que las transacciones fueran un dolor de cabeza. Tenía que cambiar dinero ilegalmente, y un viaje en taxi requería un paquete de bolívares tan grueso que la mayoría de los conductores solo aceptaban transferencias bancarias.

La situación volvió a encender el antiguo interés de Jiménez en las criptomonedas. Comenzó a pagarles a sus empleados con moneda digital; incluso con la demente volatilidad de los criptomercados, era más estable que una cuenta bancaria venezolana y no se sometía a los decretos del régimen de Maduro. El personal de The Social Us comenzó a hablar de la criptomoneda como una manera en que los venezolanos ordinarios —que compraban bitcoines cada vez en mayor número en la calle— podían lidiar con problemas prácticos. Uno de los proyectos que diseñaron era una terminal de pagos que eludía los límites de gasto del gobierno.

En un principio, el régimen de Maduro vio el bitcóin como una amenaza. Después de todo, la tecnología usaba una red descentralizada para crear y mover dinero, y ninguna autoridad estaba a cargo. No obstante, después algunos miembros del gobierno se dieron cuenta de que tenía sus ventajas y sus desventajas. La criptomoneda también podía ser una manera en que Venezuela podría escapar de las sanciones impuestas por Estados Unidos y otras organizaciones internacionales.

En septiembre de 2017, un funcionario leal a Maduro propuso la idea de una moneda digital respaldada por las reservas petroleras de Venezuela. Eso era poco ortodoxo: uno de los principios del bitcóin es que su valor no nace de un recurso natural ni de un decreto gubernamental, sino de las leyes de las matemáticas. Sin embargo, la distinción desapareció ante la desesperación de Venezuela. Carlos Vargas, el funcionario, leyó sobre el trabajo de Jiménez con las criptomonedas en una publicación local y solicitó una reunión.

The Social Us preparó una presentación de venta breve para el proyecto del petro. Sin embargo, Venezuela está llena de personas que proponen planes dementes, y Jiménez no se esperanzó mucho. Después, a principios de diciembre, cuando Jiménez estaba en una conferencia en Colombia, recibió un mensaje de texto urgente: Maduro acababa de anunciar una criptomoneda nacional llamada petro. Jiménez abrió su laptop y encontró un video de Maduro, con su camisa habitual de trabajador, quien le decía a una multitud vociferante: “Esto es algo trascendental”.

Jiménez le envió un mensaje a Vargas: “¿Acaban de robarse nuestro proyecto?”.

Vargas respondió: “Este es el proyecto. Acaban de aprobarlo. Regresa de inmediato”.

Golpeando el aire acondicionado de Maduro

Jiménez llegó a Caracas entrada la noche y pronto estaba al teléfono con algunos funcionarios de gobierno y El Aissami. El vicepresidente tenía reputación de ser el segundo hombre más brutal de Venezuela. Sin embargo, conforme empezaba a cuestionar a Jiménez, parecía que había ocurrido algún revés extraño de poder.

El vicepresidente se mostraba amigable y curioso, y sugirió que este era el proyecto de Jiménez; ellos solo estaban ahí para aprender de él. El Aissami quería saber cuántos petros habría y si podrían crearse otros nuevos como bitcoines. Jiménez pensó que los funcionarios no tenían una idea particularmente clara de cómo funcionaban las criptomonedas.

Después de la llamada, Jiménez les envió un correo electrónico a sus empleados para que fueran a la oficina con el fin de organizar una reunión temprana. Cuando todos se reunieron, se paró sobre un escritorio y dijo que debían dejar todos los demás proyectos y enfocarse en el petro. Todos tenían la libertad de irse, dijo, pero si lo hacían bien, era la oportunidad de una vida para cambiar a Venezuela. “Liberaremos a la gente de los controles del gobierno”, comentó.

Jiménez optó por basar el petro en el ethereum, el principal competidor del bitcóin, que le permitiría participar en el tipo de mercado libre y públicamente visible que de otra manera estaba prohibido en Venezuela. Nadie en el bando del gobierno parecía preocupado ni consciente al respecto.

Como lo prometió, Jiménez presentó sus planes para el petro a finales de diciembre, en una conferencia de todo el día en un banco central que incluía a un grupo de expertos estadounidenses en criptomonedas. Cuando Vargas —el superintendente recién designado de criptoactivos venezolanos— subió al escenario, pareció haberse impregnado de las opiniones heréticas de Jiménez. “Hablamos de la necesidad de transformar nuestro sistema y movernos a un nuevo sistema económico”, comentó Vargas.

Sin embargo, la verdadera conversación ocurrió después de que se aplazó la conferencia. Vargas le dijo a Jiménez y a los estadounidenses que Maduro quería sostener una reunión.

Era de noche, y una furgoneta los llevó por barricadas fuertemente armadas hasta la base militar donde Maduro tenía su hogar privado, conocido como La Roca. Tenía una simpleza que ninguno había esperado. Un Chevy Camaro viejo se encontraba en el patio, al lado del trampolín de un niño.

El aire acondicionado arriba de la puerta hacía ruido. Maduro le pidió al vicepresidente que lo arreglara. Con su traje deportivo Adidas, se paró sobre el sillón y golpeó la máquina algunas veces. Para Jiménez, hubo cierto alivio al ver la falta de lujos, dada la privación del resto de Venezuela.

Maduro estaba vestido de manera casual, sentado en un sillón con su esposa, al lado de otros funcionarios de alto nivel. Estrechó manos con todos y conversó en inglés deficiente elogiando a Nick Spanos, un estadounidense, por su aparición en un documental reciente sobre el bitcóin que el dictador y su esposa acababan de ver en Netflix.

Maduro le dijo al grupo riendo que su anuncio del petro había inspirado a los inversionistas de la criptomoneda en todas partes y ayudado a impulsar los bitcoines a un máximo histórico de 20.000 dólares. No estaba claro si estaba bromeando, y todos simplemente se rieron.

Cuando Maduro le dio la palabra de Jiménez, repasó lo básico del petro, incluyendo una emisión inicial de 200 millones de dólares. Después el ministro de finanzas alzó la voz, y, por primera vez, los planes de Jiménez fueron cuestionados. El ministro sacó un fólder manila con un mapa de la faja del Orinoco y dijo que quería que el petro estuviera respaldado de manera constante mediante ciertas reservas de petróleo de ahí, que tenían un valor mucho mayor, de varios miles de millones de dólares.

Jiménez reviró: una cosa era vincular el precio inicial del petro al petróleo, pero, si no podía comerciar libremente después de eso —al precio que los inversionistas creyeran aceptable— entonces no sería un producto revolucionario. Un petro cuyo precio siempre reflejara las reservas de petróleo básicamente sería un bono, y las sanciones recientes habían vuelto ilegal que los estadounidenses los compraran.

Maduro no parecía seguir el debate tan de cerca. Mientras se dispersaba el grupo, Spanos no tuvo un buen presentimiento sobre el futuro de Jiménez. “Pensé que se convertiría en chivo expiatorio”, dijo después. “No creí volver a ver a ese chico de nuevo”.

Spanos recuerda haberle dicho a Jiménez antes de irse a Caracas: “Desearía tener una alfombra mágica para sacarte de aquí”.

‘No puedes contradecir al presidente’

Maduro lanzó su campaña pública para el petro. No tenía muchos trucos más bajo la manga para combatir la hiperinflación, que en tan solo cuatro meses había destruido el 90 por ciento del valor del bolívar. Los miembros de la oposición abiertamente estaban haciendo un llamado a favor de la remoción de Maduro.

Mientras Jiménez veía las charlas televisadas de Maduro, quedó sorprendido de lo mucho que sus palabras en La Roca se habían quedado grabadas en la mente de Maduro: mencionó el ethereum, los libros blancos y la transparencia.

Sin embargo, los discursos también le dejaron claro a Jiménez que ya no tenía el control del petro. Maduro anunció que, de hecho, la moneda estaría vinculada a un bloque específico de la franja del Orinoco, exactamente a lo que se había opuesto Jiménez. Se quejó con Vargas pero lo reprendieron: “No puedes contradecir al presidente”. Vargas le dijo a Jiménez que reescribiera el libro blanco del petro para reflejar la decisión de Maduro, y que lo hiciera rápidamente. Él y el vicepresidente estaban a punto de viajar a Turquía y Catar para comenzar a vender el petro a los inversionistas.

La situación se deterioró rápidamente. La emoción de Maduro convirtió el petro en un proyecto en el que todos querían participar, y a mediados de enero de 2018 una serie de reuniones en el Ministerio de Finanzas se tornaron contenciosas. El principal asesor económico del departamento quería que el petro tuviera un valor estable, controlado por el gobierno, con una opción de cambiarlo por petróleo. Jiménez logró hacerlos cambiar de parecer, pues ganó un acuerdo con el que se usaría el petróleo para crear un valor mínimo que el Estado prometería honrar, pero que también se permitiría la fluctuación del precio en los mercados abiertos. También se aseguró de que el petro existiera en una red de computadoras abiertas, vinculada a Ether, lo cual fundamentalmente limitaría el poder de interferencia del gobierno.

Al final, Jiménez se convenció de que perdería el control del proyecto ante el Ministerio de Finanzas. Cuando intentó resistirse a compartir una copia digital del libro blanco, comentó, el ministro le dijo por teléfono: “Debes entender que este ahora es un proyecto de Estado. Si no entregas el archivo, no me haré responsable de lo que te ocurra”.

A parte del personal de The Social Us le preocupaba que el deseo testarudo de Jiménez de volver realidad el petro los pusiera a todos en peligro. Durante otro enfrentamiento, Vargas le había mostrado a Jiménez las carpetas azules que contenían archivos de inteligencia recopilados de los empleados; después de una disputa más, iniciada en parte por el hecho de que a la empresa emergente no le habían pagado nada, el vicepresidente mandó a decirle a Jiménez que ahora lo consideraba un traidor.

Habría sido razonable en ese momento asumir que terminaría en la cárcel y que su papel en la creación del petro se había acabado. Pero Jiménez regresó al proyecto tras una serie caótica de sucesos. El gobierno le dijo a su equipo que necesitarían competir para tener un papel en el lanzamiento de Petro, en contra de un grupo ruso de origen poco claro. Los empleados de Jiménez no pudieron encontrar evidencia alguna de que tuvieran experiencia importante en materia de criptomonedas; la revista Time más tarde propuso la teoría de que representaban la iniciativa del Kremlin de controlar el petro.

En cualquier caso, los rusos mostraron poco interés en trabajar. Jiménez y su compañía tuvieron que encargarse casi de todo conforme se acercaba la fecha de lanzamiento del 20 de febrero de 2018. Así es como Jiménez terminó codificando febrilmente toda la noche vigilado por guardias armados para después presentarse en el palacio presidencial la mañana del día siguiente.

‘No sabía quiénes eran mis enemigos’

En el Palacio de Miraflores, llevaron a Jiménez a la sala ceremonial más grande, donde todo el gabinete estaba esperando con Maduro. Lo saludó cálidamente, le pidió que se sentara en la silla que estaba a su lado y le preguntó cómo habían salido las cosas desde su reunión en La Roca. Jiménez estaba consciente de todas las personas que lo rodeaban en la sala y de las cámaras que lo captaban todo, así que no hizo referencia alguna a los sucesos de la noche anterior ni a ninguno de los asuntos extraños; solo intentó enfatizar que su equipo tenía una versión del petro lista para lanzarse.

“No sabía quiénes eran mis enemigos ahí”, dijo después, recordando el suceso. “Yo era el que no tenía poder”.

Después de algo de charla, Maduro llevó a todos a una sala que había sido convertida en un estudio de televisión con temática del petro. Con una multitud que los observaba, un maestro de ceremonias les pidió a los rusos que subieran al escenario, y después hizo lo mismo con Jiménez. Le dieron una pluma y un contrato. Era un acuerdo que se había rehusado a firmar durante semanas, el cual lo limitaba a un papel como agente de ventas del petro, una censura por sus pequeños actos de rebelión en contra del régimen. En televisión en vivo, Jiménez no vio salida. Garabateó su firma y sonrió forzadamente mientras los fotógrafos entraban.

Jiménez tomó asiento y se preguntó qué acababa de hacer. Maduro dijo que Venezuela ya había recolectado 725 millones de dólares de los inversionistas. Le agradeció a Jiménez mencionando su nombre, así como a The Social Us. “Es una empresa fundada y dirigida por jóvenes genios venezolanos”, dijo Maduro. “Sigan pensando así”.

El petro jamás despegó realmente. El 19 de marzo, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva para prohibirles a los estadounidenses que lo usaran. El mismo día, un artículo de Associated Press sobre Jiménez señalaba que había ayudado a crear el petro para Maduro solo unos años después de haber sido becario de una miembro de la Cámara de Representantes que se oponía a Maduro. La congresista, Ileana Ros-Lehtinen, de inmediato escribió una carta para pedirle al Departamento del Tesoro que investigara “si el ciudadano venezolano Gabriel Jiménez cumplía los criterios para ser sancionado por las autoridades pertinentes”.

En Caracas, a Jiménez le llovieron las críticas de parte de la izquierda y la derecha políticas. A The Social Us le resultó imposible hacer nuevos negocios. En julio, un abogado entregó un documento de 68 páginas a la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela con la que pedía que Jiménez fuera investigado por “traición en contra de la nación”.

Jiménez se refugió en su departamento y, después, cuando ya no podía pagar la renta, en el departamento de su madre. Sus amigos decían que rara vez lo veían. Su exesposa lo convenció de irse de Venezuela antes de que las autoridades finalmente decidieran arrestarlo.

En abril de 2019, vendió su Toyota Autana 2007 y compró un boleto con destino a Estados Unidos. Cuando llegó, se mudó con su padre; debido a una serie de sucesos completamente independientes, el padre de Jiménez esperaba comenzar a cumplir una sentencia de tres años por su papel en un ardid de lavado de dinero en un banco caribeño.

Jiménez pasaba los días organizando una solicitud para pedir asilo. “Cuento con características, como el creador del petro, que me vuelven susceptible a la persecución debido a que el gobierno quiere silenciarme”, escribió.

De manera improbable, varios países habían comenzado a seguir el ejemplo de Venezuela y hablar de lanzar sus propias monedas digitales patrocinadas por el gobierno. China tomó la delantera, y el Banco Central Europeo dijo que se dirigía a la misma dirección. Venezuela volvió a lanzar el petro algunas veces más, y terminó por lanzar una moneda proporcionada a los pensionistas que no tenía ninguna de las propiedades abiertas del diseño original de Jiménez.

En octubre, Jiménez escuchó que obtuvo sus documentos de trabajo estadounidenses. Lloró de felicidad. Después comenzó a trabajar en un nuevo proyecto; implica usar criptomonedas para ayudar a que los venezolanos eviten el bolívar.

Jiménez aún no tenía dinero, pero una empresa emergente de criptomonedas en el área de la bahía de San Francisco le permitió trabajar en sus oficinas, comer de su refrigerador y quedarse en el sillón del departamento del director ejecutivo. Hace poco, nos reunimos en un restaurante cerca de ahí. Sacó un cuaderno negro, en el que estaba escribiéndoles cartas de disculpa a los amigos que había perdido.

“Siempre pensé que podría encontrar una solución, que podría compensar mis errores”, le había escrito Jiménez a uno de sus mejores amigos. “Sé que algunas de las disculpas no son suficientes. Sé que incluso merezco algo de dolor, pero créeme cuando te digo que la vida ya se encargó de hacer que pague”.

(c) The New York Times 2020

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