Jacob López, 21, a la izquierda, y Roma Rodríguez, 23, en El Reflejo, un pequeño local que se fundó en Caguas, Puerto Rico, el 4 de julio de 2019. El huracán María condenó algunos de los espacios seguros de Puerto Rico para los grupos LGBT (Erika P. Rodriguez / The New York Times)
Jacob López, 21, a la izquierda, y Roma Rodríguez, 23, en El Reflejo, un pequeño local que se fundó en Caguas, Puerto Rico, el 4 de julio de 2019. El huracán María condenó algunos de los espacios seguros de Puerto Rico para los grupos LGBT (Erika P. Rodriguez / The New York Times)

SAN JUAN — Los puertorriqueños sufrieron tantas pérdidas tras el huracán María, que el cierre de un bar tiki en San Juan parecería insignificante, otra pérdida causada por la golpeada economía que dejó la tormenta. Sin embargo, este bar, El Escondite, no era solo un lugar para beber un coctel bien cargado: también era esencial para que los clientes homosexuales, bisexuales y trans pudieran pasar un buen rato o disfrutar de un espectáculo de drags.

Para Roma Rodríguez, una mujer trans de 23 años, y sus amigos, el cierre del bar el año pasado significó la pérdida de uno de los pocos lugares de reunión en la capital de Puerto Rico donde se sentían seguros de ser ellos mismos.

"Necesitaba que alguien se riera de mis chistes, que me abrazara, que me dijera que me veía bella", comentó Rodríguez.

Solo unos cuantos establecimientos atendían directamente a la clientela LGBT antes de que el huracán María devastara Puerto Rico en septiembre de 2017, destrozara miles de casas y dejara en ruinas la red eléctrica de la isla. Las dificultades económicas que siguieron a la tormenta obligaron a que al menos tres establecimientos muy conocidos en el área de San Juan cerraran sus puertas y quedaran todavía menos lugares para que los clientes habituales socializaran y se sintieran en contacto con una comunidad más amplia.

Ahora, a casi dos años del María, poco a poco están surgiendo nuevos espacios. En octubre, Rodríguez y una amiga abrieron su propio lugar para presentar los espectáculos drags con los que se deleitaban antes de la tormenta.

Carla J. Torres, de 35 años, fundó El Hangar hace dos años en el vecindario de Santurce, en San Juan (Érika P. Rodríguez para The New York Times)
Carla J. Torres, de 35 años, fundó El Hangar hace dos años en el vecindario de Santurce, en San Juan (Érika P. Rodríguez para The New York Times)

"Lo logramos", comentó Rodríguez. "Es muy difícil no tener luz, no tener agua. A veces mucha gente queer no tenía comida, no tenía casi nada, pero seguía ahí".

No obstante, la sensación de alivio y alegría por los nuevos espacios ha sido atenuada por el temor de que se ciernan aquí otras amenazas no relacionadas con los huracanes, desde batallas legislativas hasta violencia flagrante.

A principios de junio, la Cámara de Representantes de Puerto Rico aprobó una legislación para otorgar "acuerdos razonables" a los trabajadores del gobierno que no querían atender a personas cuyos puntos de vista pudieran estar en conflicto con sus creencias religiosas. Luego de que una campaña de relaciones públicas creada por organizaciones de defensoría argumentó que eso equivalía a legalizar la discriminación, el supuesto proyecto de ley de libertad religiosa fue archivado cuando el gobernador Ricardo Rosselló, quien al principio respaldó esta legislación, le retiró su apoyo.

En ese contexto, integrantes de la comunidad LGBT de la isla han intentado concentrarse en reconstruir los bares y los locales para el arte y la actuación que se perdieron con el María al tiempo que se obligan a poner atención a la política.

"Me duele, pero no me sorprende", comentó Moire Díaz, una mujer trans de 24 años, acerca de los intentos legislativos por complacer a los conservadores religiosos. "Me crie en una escuela católica. Mi abuelo era diácono. Mi maestra de religión me dijo, frente a todos mis compañeros, que tenían que hacerme un exorcismo".

Espectadores de una presentación drag en El Local, en Santurce, el 4 de julio (Érika P. Rodríguez para The New York Times)
Espectadores de una presentación drag en El Local, en Santurce, el 4 de julio (Érika P. Rodríguez para The New York Times)

Díaz solía trabajar como ayudante de cantinero en el Polo Norte, un bar gay en San Juan que cerró después del ciclón. También actuaba ahí una vez a la semana como Nansicótica, una drag queen que sensibilizaba a su público acerca de los problemas de salud mental. Desde que cerró Polo Norte, solo ha podido actuar dos veces, comentó Díaz.

"Muchas de las personas recurrentes dejaron de ir, porque se fueron de la isla", señaló. "La clientela empezó a bajar. La gente comenzó a salir mucho menos. Creo que le tuvieron que subir el precio a muchas cosas también, combinado con problemas con la infraestructura. Abrimos cuando estaban todavía los apagones fuertes. La gente llegaba y se tenía que ir".

Por ahora, un lugar de reunión en la capital es El Hangar, mismo que abrió hace dos años en el barrio de Santurce, en un lote baldío donde la gente de la localidad antes arrojaba basura. El Hangar tiene mercados comunitarios, talleres de arte y fiestas cada mes, pero es un reto que permanezca abierto, afirmó Carla Torres, de 35 años, fundadora del lugar. Es difícil que haya financiamiento, pese a que los clientes habituales cuidan el lugar lo mejor que pueden, añadió.

"La gente queda encantada porque no encuentran un espacio como este fácilmente en este país", señaló Torres. "La gente reconoce y aprecia el espacio, lo valora, lo cuida".

Luciferina Rola se presentó en el espectáculo en El Local (Érika P. Rodríguez para The New York Times)
Luciferina Rola se presentó en el espectáculo en El Local (Érika P. Rodríguez para The New York Times)

El 4 de julio, se reunió una multitud en El Local, en Santurce, para ver un espectáculo drag. En el público estaba Rodríguez, la mujer trans que actuaba en El Escondite. Mientras destellaban las luces azules, verdes y púrpuras, Rodríguez se puso a bailar, y a veces dejaba de hacerlo solo para sonreírles a sus amigos.

El año pasado, Rodríguez, quien realiza presentaciones como drag queen en el Roma Riviera, regresó a su pueblo, Caguas, en las afueras de San Juan. Seis meses después de que cerró El Escondite, ella y Jacob López inauguraron su propio espectáculo en Caguas y establecieron el tipo de comunidad que ellos hubieran querido tener cuando eran jóvenes.

"Cuando estaba en high school, existió una barra y duró como dos años", mencionó Rodríguez. "Luego de eso, la cerraron, pero nunca hubo un lugar preciso para las personas queer [donde] unirse y sentirse bien y seguras".

Polo Norte, alguna vez un popular bar gay en San Juan, ha permanecido cerrado desde la tormenta (Érika P. Rodríguez para The New York Times)
Polo Norte, alguna vez un popular bar gay en San Juan, ha permanecido cerrado desde la tormenta (Érika P. Rodríguez para The New York Times)

Rodríguez espera que llevar la cultura a lugares fuera de San Juan brinde consuelo a los residentes más aislados que luchan contra la depresión a partir del huracán. Señaló que sabía de "muchas" personas de la comunidad LGBT que se suicidaron después del huracán.

"Ser pobre y queer creo que te lleva a pensar: '¿Cómo voy a salir de esta si nadie me quiere?'", afirmó.

Alejandra Rosa reportó desde San Juan, Puerto Rico, y Patricia Mazzei, desde Miami.

*Copyright: c.2019 New York Times News Service