
Despedirse, decir adiós, es algo difícil, ya que nos enfrenta, así sea simbólicamente, con el misterio de la existencia. Y es que todo tendrá un final, en particular nuestra vida. Encomendamos “a Dios” (decir adiós), al ser querido esperando sea protegido y si es en el final de su vida que esa instancia superior, vele por ellos. Forma parte de nuestra matriz cultural, humana.
Escenas fuertemente emotivas de despedidas en muelles, estaciones de tren, aeropuertos nos muestran que algo más allá de lo racional o visible está sucediendo, al punto de que hay quienes deciden evitar estas instancias. La literatura y el cine usan estas etapas como imagen de pasaje, de cierre de algo importante. La repetición y cotidianeidad del mismo nos hace olvidar, a veces, la trascendencia emocional y vital que reside en este instante que supera el sentido cronológico. Solo un instante nos replantea la finitud de todo. “Morituri te salutan” decían los gladiadores romanos, los que van a morir te saludan, aceptaban la muerte, pero necesitaban despedirse.
Porque decir adiós es llevar a lo inmediato, el aspecto más trascendente de la vida y es que nada es eterno, todo está destinado a terminar, idea que nos conmueve de tal manera que evitamos enfrentarla, hasta que ya no es posible.

La muerte -el pasaje que implica y los rituales alrededor de ella como despedida última- se ha convertido en el elemento más constitutivo de las culturas del hombre desde el origen de los tiempos. Los ritos funerarios, los cultos, los intentos de no entrar en el olvido, mediante edificios y esculturas, recordatorios son lo que nos han definido en nuestra característica humana. Recordamos aniversarios de fallecimiento, y honramos a los muertos en batallas, hacemos actos, ritos, monumentos solo para poder seguir diciendo que, a pesar de haberlos despedido, aún siguen con nosotros, en última instancia esperamos permanecer, la angustia de la nada, que todo termina allí es imposible de procesar sino fuera por ese ritual de cierre y despedida. A todos se nos ha confiado alguna vez, el “nunca pude hacer el duelo”, o “nunca pude despedirme”, y ese acto frustro genera un vacío difícil de superar.
Todo ello nos ayuda a procesar el dolor, el sufrimiento, es decir el duelo, frente a lo inevitable, a lo incomprensible, al misterio de la vida y la muerte, que significa esa pérdida de ese ser querido, y poder empezar a soportar la ausencia, que sabemos puede ser insoportable. Elaborar una pérdida, para que la mismo no nos atormente toda nuestra existencia, es esencial para poder continuar. La doctora Kubler-Ross, especialista en acompañamiento ante la muerte, ha hecho famosas las cinco etapas del duelo: negación, enojo, negociación, depresión, y finalmente aceptación.
En estos meses nuestra sociedad se ha visto atormentada por una pandemia en la cual estamos enfrentados a la muerte de manera mediática cuando no directa todos los días y en todo momento. La muerte existe y ha existido siempre y aún en cifras mucho mayores que las actuales, pero la persistencia en el mensaje, la vuelve omnipresente, obsesiva.

Sin embargo, hay otra situación quizás inexplicable, que se ha vislumbrado en estos días y nos interpela de manera preocupante. Personas que han visto su vida alterada de manera quizás definitiva al no haber podido, ver, compartir, acompañar, a ese ser que era parte de su propia existencia, en la certeza de su inminente muerte.
En el duelo no elaborado, el ser queda detenido en un círculo de eterno sufrimiento e intentos frustros de reparación del cual no puede salir. El “si hubiese”, o “podría haber hecho”, adquiere la característica de látigo que autoflagela una y otra vez, interminablemente a veces, o se resuelve de manera traumática.
También pasa en las sociedades, quizás en estos episodios sin la menor compasión por el otro, llenos de normas, vacíos de humanidad, estemos viendo los reflejos de una sociedad en el trauma de sus duelos no deja de autoflagelarse.
*Enrique De Rosa es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y perito forense
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