
Un resplandor azul intenso y más de 600 destellos de luz acompañan a Máxima de los Países Bajos en las ceremonias más memorables de la monarquía neerlandesa.
La tiara de zafiros y diamantes, compuesta por 33 zafiros de Ceilán, un zafiro central de más de cuarenta quilates y más de 600 diamantes, se ha consolidado como uno de los símbolos visuales más potentes de la Casa de Orange.
Esta joya, pensada desde su origen para brillar en la corte, encierra una historia de poder, adaptación y continuidad dinástica que sigue fascinando tanto dentro como fuera de los Países Bajos.

El origen y la composición de la tiara
La historia de esta pieza se remonta a 1881. Ese año, el rey Guillermo III encargó un conjunto de joyas excepcionales para su esposa, la reina Emma, en el contexto de una Europa donde las casas reales competían por establecer símbolos de legitimidad y permanencia.
El encargo incluyó, además de la tiara, pendientes, dos brazaletes y un broche.
Todos los elementos estaban destinados a grandes ocasiones de Estado y compartían un elemento central: el histórico zafiro Stuart, propiedad de la Casa de Orange desde el siglo XVII y símbolo de la dinastía.
El diseño, monumental y simétrico, corresponde al gusto del siglo XIX. Los zafiros de Ceilán, célebres por su azul profundo, contrastan con la profusión de diamantes dispuestos en formas florales.
La estructura de la tiara destaca por su considerable altura y la inclusión de elementos móviles, que permiten que las piedras reflejen la luz con cada movimiento, multiplicando el impacto visual durante los actos protocolarios.

La elaboración original fue obra de Maison van der Stichel, referencia de la orfebrería europea de su tiempo. Bajo su dirección, el conjunto fue concebido con una premisa de versatilidad: varias piezas podían desmontarse y adaptarse a las preferencias y necesidades de cada reina. Esta flexibilidad se mantiene hasta hoy como una de las señas de identidad de la joya, permitiendo su integración en distintos contextos y estilos.
Durante el siglo XX, la tiara experimentó una transformación estructural clave.
En 1928, el taller Van Kempen & Vos sustituyó la montura original de oro por una de platino. Este cambio técnico logró aligerar notablemente la pieza sin alterar su apariencia, facilitando su uso y adaptabilidad para las sucesivas reinas. Gracias a esta renovación, la tiara se mantuvo vigente en el guardarropa institucional de la monarquía neerlandesa, acompañando a figuras como Guillermina, Juliana y Beatriz en eventos oficiales de distintas épocas.

La posibilidad de desmontar y readaptar componentes —una idea avanzada para su tiempo— permitió que la tiara y el resto del conjunto se ajustaran no solo al estilo personal de cada soberana, sino también a las exigencias de cada época. Esta característica ha garantizado la preservación de la relevancia visual y simbólica de la joya a través de generaciones.
Papel institucional y visual de la tiara en la monarquía neerlandesa
Más allá de su esplendor material, la tiara ha funcionado como un instrumento de comunicación visual para la monarquía.
Desde los primeros retratos oficiales de la reina Emma, la presencia del adorno en eventos diplomáticos y cenas de Estado ha consolidado un mensaje de continuidad y renovación. La pieza proyecta autoridad y subraya el arraigo histórico de la Casa de Orange, atributos especialmente valorados en la cultura institucional de los Países Bajos.

El uso de joyas emblemáticas como esta no solo representa tradición, sino que también responde a una estrategia consciente de proyección y diferenciación respecto a otras casas reales europeas.
Mientras algunas reinas optan por la discreción, la monarquía neerlandesa ha convertido la exhibición de sus joyas históricas en parte central de su identidad visual.
Publicaciones internacionales como The New York Times y BBC han destacado en varias ocasiones el papel de las joyas reales europeas como símbolos vivos de poder y diplomacia, subrayando cómo piezas como la tiara de Máxima refuerzan la imagen de estabilidad monárquica ante la opinión pública global.

La tiara con Máxima vuelve al centro de la escena
La llegada de Máxima Zorreguieta en 2013 marcó un punto de inflexión para la visibilidad de la tiara.
Su elección para la coronación de Guillermo Alejandro no solo rescató la pieza del joyero histórico, sino que inauguró una nueva etapa en la que la reina integró la tiara en los actos de mayor repercusión institucional. Según Vanity Fair España, Máxima se diferencia de otras soberanas europeas por apostar abiertamente por este símbolo, combinando tradición y modernidad en su imagen pública.
El contraste entre la frecuencia y el carácter decidido del uso de la tiara por parte de Máxima, frente a la mayor discreción de otras reinas, revela una estrategia clara de proyección visual desde la corte neerlandesa. La joya sigue deslumbrando y evidenciando la continuidad histórica y la fortaleza de la Casa de Orange.
Hoy, la profundidad del azul de sus piedras y el marcado volumen de la estructura convierten la tiara en una expresión tangible de estabilidad y permanencia. Estos valores, centrales para la monarquía neerlandesa, encuentran en la tiara de zafiros y diamantes una de sus manifestaciones más emblemáticas.
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