La ilusión de las potencias intermedias

El resurgimiento de países como Brasil y la expansión de los BRICS marcan un nuevo capítulo en la discusión sobre el margen de maniobra de las potencias intermedias frente a la renovada rivalidad entre Estados Unidos y China

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El primer ministro de Canadá,
El primer ministro de Canadá, Mark Carney. REUTERS/Patrick Doyle

Desde mediados de la década de 1950, diversos países del tercer mundo comenzaron a hablar del no alineamiento con los dos colosos de la Guerra Fría, o sea, los EEUU y la URSS. Cuando uno miraba atentamente el listado, veía que muchos de ellos tenían fuertes lazos políticos, económicos y militares, tanto sea con Washington como con Moscú. Uno de los tantos ejemplos, el Egipto de Nasser y su muy cercana relación con los soviéticos.

Si incorporamos como antecedente histórico la postura de Tercera Posición de Perón pre 1955, veremos que, luego de su derrocamiento, el tres veces presidente optó por exiliarse en países estrechamente ligados a los EEUU en la puja con el comunismo: Paraguay, Venezuela, República Dominicana, Panamá y la España del Generalísimo Franco. Las sucesivas sugerencias de John William Cooke para que Perón optara por Cuba de Fidel Castro o la China de Mao cayeron en saco roto. Volviendo al plano internacional, para la década de los 60 y 70 proliferaron en el tercer mundo referencias sobre el ascenso de potencias intermedias. Las cuales podrían y deberían desarrollar espacios de mayor maniobra frente a las dos superpotencias. En nuestra región, el Brasil pos 1974 es el principal ejemplo.

Momento en que el gobierno militar llegado al poder diez años antes decide dar fin, en parte, al alineamiento estratégico e ideológico con los EEUU. El colapso soviético en 1989-1991 y el inicio del largo momento unipolar encabezado por Washington tiró por tierra la efervescencia retórica y académica sobre potencias intermedias y márgenes de autonomía en el tercer mundo. Pasadas tres décadas, volvemos a encontrar un reverdecer de estas visiones. Podemos hablar de esquemas más que fallidos como el UNASUR, y otros a mayor escala como los BRICS (más todos los países que se vienen sumando, como son los casos de Irán, Egipto, Etiopia, etc.). Una de las particularidades de este último año es la extensión de ese relato al primer mundo, básicamente a países de la Unión Europea y a Canadá.

La política de aranceles ejecutada por Trump desde comienzos de 2025, sus referencias a Canadá como el Estado 51, la postura de la Casa Blanca de cargar sobre las cuentas públicas europeas la guerra ruso-ucraniana y más recientemente la cuestión de Groenlandia, han dado el marco a este fenómeno. Algunos de los hitos en esta versión 2.0 del relato de las oportunidades para las potencias intermedias, son el discurso del Premier canadiense en Davos y también la decisión de la prensa de izquierda occidental de poner a la gobernante de Dinamarca como la mujer que paró y venció las ambiciones de Trump.

En el caso canadiense, la euforia duró bastante poco. Días después de Davos, el gobierno comunicó que no se avanzaría con un amplio acuerdo comercial con China. Con respecto a Dinamarca, habrá que esperar qué dice la letra pública, y más aún la reservada, del acuerdo que se está elaborando por Groenlandia. Quizás conocido eso, los relatos épicos se atenúen.

El presidente de Estados Unidos,
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (AP Foto/Markus Schreiber)

El envío de algunas decenas de soldados británicos, franceses y de otros países europeos a esa isla colonizada por Copenhague tres siglos atrás terminó de escenificar un show de realismo mágico, pero en este caso no caribeño sino nórdico. Las mentes más lúcidas de Europa seguramente deben estar meditando sobre cómo la hegemonía estadounidense a partir de 1945 tuvo y tiene un rol fundamental en los 80 años de paz en Europa Occidental. Versus dos mil años de guerras y conflictos previos.

Los EEUU no tienen la menor intención de irse del Viejo Continente, pero sí de concentrarse más en la zona del Indo-Pacífico en clave anti China comunista. En el caso más que improbable que los estadounidenses abandonaran su inmensa cadena de bases e instalaciones europeas, cabría preguntarse cuántos años, lustros o décadas pasarían antes que afloraran las pujas históricas entre Alemania y Francia o entre británicos y franceses o entre alemanes y polacos, etc. ¿Un Berlín sin el paraguas nuclear estadounidense aceptaría el monopolio francés en esa materia dentro de la Unión Europea?

Otro factor a recordar es que diversos gobiernos y aspirantes a gobernar con ideologías de centro derecha y derecha de Europa tienden a ver con mejores ojos a Trump y a los EEUU que a sus pares de centro izquierda e izquierda de su vecindario. La literatura de las RRII tiene una amplia y muy elaborada bibliografía sobre los efectos de la bipolaridad en el sistema internacional. Comenzando por las dos monumentales obras de K. Waltz, El hombre, el Estado y la guerra de 1959 y Teoría de la política internacional de 1979. En ambas queda claro qué espacios quedan a los terceros y en especial a las potencias intermedias. Con conclusiones no muy esperanzadoras.

El presidente brasileño Luiz Inácio
El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. (AP Foto/Matías Delacroix)

Una mirada del anterior conflicto bipolar entre estadounidenses y soviéticos llevará a algunos a destacar cómo los EEUU no pudieron vencer ni la guerra de Corea ni la de Vietnam, así como los soviéticos fueron derrotados en Afganistán y perdieron su influencia sobre la China Comunista tras la muerte de Stalin. A partir de esos y otros casos, se podría decir que hubo sustanciales márgenes de maniobra para estados intermedios y aun de menor escala. De ser así, daría esperanza a los que señalan esos espacios para navegar dentro de la nueva bipolaridad Washington-Beijing.

La mala noticia es que en todos los casos mencionados encontramos una de las superpotencias por detrás. Sea la URSS apoyando a Corea del Norte y a Vietnam, o a los EEUU a los combatientes afganos y cobijando a China contra Moscú a partir de 1972. Tanto los europeos occidentales como los canadienses podrían comenzar a abrevar en la amplia literatura generada entre los años 50 y fines de los 70 en algunos de los principales países no alineados en general y en América Latina en particular. Quizás puedan ahorrarse falsas euforias a sus repentinas aspiraciones de protagonismo.