
El 28 de julio de 2024 quedó grabado a fuego en la historia contemporánea de Venezuela. No por el resultado electoral que Nicolás Maduro proclamó como victoria, sino por lo que vino después: el año que convirtió a un presidente en fugitivo, a un gobierno en cartel narcoterrorista y a una retórica diplomática en declaración de guerra. Hoy, estamos ante un escenario donde las palabras han dejado de ser advertencias para convertirse en profecías autocumplidas. El peso de las palabras siempre se hace sentir.
Todo comenzó con la meticulosa construcción de un relato. Marco Rubio, el actual secretario de Estado de Estados Unidos, que ya en 2018 sugería que el mundo apoyaría un golpe contra Maduro, ha perfeccionado el arte de la escalada retórica. Sus declaraciones del 14 de agosto de 2025 no son improvisadas: “El régimen de Maduro no es un gobierno legítimo. Son una organización criminal que básicamente tomó el control del territorio nacional”.
La designación del Cartel de los Soles como organización terrorista internacional en julio de 2025 marcó un punto de no retorno. Pero lo extraordinario no es la acusación en sí, sino su instrumentalización como casus belli potencial. Cuando Estados Unidos ofrece 50 millones de dólares por la captura de un presidente en ejercicio, ya no estamos en el terreno de las sanciones convencionales sino en el de la criminalización total.
Pam Bondi, la fiscal general de la nación norteamericana, ha tejido la narrativa jurídica con hilos gruesos. Su acusación de un “puente aéreo” narcotraficante que operaría mediante sobornos a Honduras, Guatemala y México completa el círculo: ya no se trata sólo de Venezuela, sino de una red regional de complicidades que justificaría una respuesta igualmente regional.
El despliegue de tres destructores cerca de aguas venezolanas—el USS Gravely, el USS Jason Dunham y el USS Sampson—constituye lo que Sun Tzu llamaría “vencer sin luchar”. Cada uno de estos buques porta hasta 96 misiles Tomahawk, un poder de fuego superior a toda la Marina venezolana combinada.
Pero más elocuente que los buques es el silencio estratégico de quienes deberían ser aliados de Caracas: Gustavo Petro, presidente de Colombia, no sólo no defiende a Maduro, sino que exige que expulse a las FARC y al ELN de territorio venezolano. Y Lula da Silva, mandatario de Brasil, se niega obstinadamente a reconocer la presidencia de Maduro, rompiendo con una tradición de solidaridad ideológica.
La soledad de Maduro se hace evidente cuando dice que moviliza 4.5 millones de milicianos, una cifra que no tiene ni en votos, mientras su Fuerza Armada regular opera con equipos obsoletos y un presupuesto que representa apenas el 0.07% del estadounidense.
La respuesta venezolana—la Ley Orgánica Libertador Simón Bolívar contra el Bloqueo Imperialista —podría leerse como un acto de resistencia soberana o como un síntoma de paranoia institucionalizada. Sus disposiciones son draconianas: hasta 30 años de cárcel por apoyar sanciones, inhabilitación por 60 años para ejercer cargos públicos, y confiscación de propiedades.
Diosdado Cabello, el número dos del régimen, la definió como “muy severa”. Roy Daza, diputado oficialista, admitió “nerviosismo” durante su aprobación. Cuando los propios arquitectos de una ley muestran dudas, sabemos que estamos ante un experimento jurídico nacido del pánico.
La gran incógnita es, ¿qué busca realmente Donald Trump con esta escalada, la creación de una matriz de opinión que justifique una acción militar o el exilio de Maduro con sus más cercanos colaboradores? Lo que dejando el poder daría paso a Edmundo González Urrutia como presidente electo por 7.443.584 venezolanos el 28 de julio del 2024, día histórico y épico para Venezuela y el mundo, pues a pesar de que las condiciones electorales no estaban del todo dadas, en unidad los ciudadanos salieron, votaron y defendieron el voto y las actas que demuestran la inequívoca victoria de Edmundo González.
Las analogías históricas resultan inevitables. Cuando Trump cruza el Rubicón retórico de llamar “cartel” a un gobierno y “narcoterrorista” a su Presidente, activa fantasmas de Iraq 2003 y Panamá 1989. Pero el contexto es radicalmente distinto: América Latina ya no es el patio trasero, sino un espacio de influencia compartida con China y Rusia.
El propio Maduro parece consciente de la teatralidad del momento: “Llevamos la fuerza de David contra Goliat”. La pregunta es si estamos ante un David bíblico o ante un acto de circo donde ambos bandos interpretan papeles escritos por intereses que trascienden la moralidad simple.
¿Ha cruzado Trump su Rubicón? Probablemente sí, pero los ríos de la geopolítica moderna tienen múltiples afluentes y corrientes subterráneas.
Lo que sabemos es que algo va a pasar. Cuando un secretario de Estado, una fiscal general, un presidente y tres destructores dicen simultáneamente que un gobierno no es gobierno, sino cartel, están creando una realidad alternativa que deberá converger con la realidad factual.
Maduro dice movilizar milicianos; Trump sus destructores; Petro su crítica; Lula su silencio; mientras que hay millones de venezolanos atrapados en el fuego cruzado de un ajedrez geopolítico que todavía no entiende completamente sus propias reglas.
La suerte está echada y hoy tanto en Caracas como en el interior de Venezuela se susurra “parece que el cambio ahora sí es indetenible solo que no se sabe el cuándo, pero de que algo está pasando, está pasando”.
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