
No hay que ser retrógrado ni nostálgico para que nos duela el terrorismo en todas sus dimensiones. No se trata de justificar ni de relativizar. Se trata de mirar a la violencia a los ojos y decirle por su nombre, sin importar de qué bando provenga ni qué bandera la encubra. El terrorismo, cuando irrumpe en la vida social y política, descompone los vínculos más esenciales de la convivencia. Y su normalización es una forma de locura colectiva. De vez en cuando enloquecemos y lo normalizamos. Esa es la triste verdad.
No hay muertos de primera y muertos de segunda. Toda muerte es la muerte, toda tortura es la tortura, y todas valen. Esa debería ser una máxima moral irrenunciable. Sin embargo, no lo es. Algunas víctimas tienen monumentos, fechas, homenajes. Otras, silencio. Las primeras son recordadas con solemnidad, las otras son ignoradas o, peor aún, despreciadas. Se las acusa de haber merecido su destino. Se las convierte en parias, en residuos incómodos de una historia que solo quiere tener héroes, mártires y mitos. Aún no logro entender esta lógica, me impacta y me duele.
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Hoy, en el Día Internacional de Conmemoración y Homenaje a las Víctimas del Terrorismo, declarado por Naciones Unidas, caben muchas preguntas. ¿Dónde están las voces que recuerdan a los secuestrados, asesinados, torturados por el terrorismo político de izquierda o de derecha, por el fundamentalismo religioso o el nacionalismo exacerbado? ¿Dónde están los espacios de memoria para quienes fueron víctimas de organizaciones armadas que se arrogaron el derecho de decidir sobre la vida de los demás? Solo de pensar el río de sangre de ETA en España o las FARC en Colombia, da para estremecer el alma de cualquier mortal.
En mi país, Uruguay, esas víctimas existen. Viven, algunas, en el anonimato. Otras no llegaron a contarlo. Otras andan por allí. Y sin embargo, la historia oficial rara vez las menciona. Se prefiere hablar de dictaduras, de represión estatal -algo que, por supuesto, debe condenarse y condeno-, pero se evita con igual fuerza hablar del terrorismo político insurgente, de los atentados, de los secuestros, de los “ajusticiamientos” que también marcaron el pasado. Como si unas violencias fueran más legítimas que otras. Yo no devalúo a estos segundos, son tan muertos como los primeros. Es cierto, sin un aparato del estado actuando, pero con gente matando a diestra y siniestra. Al final los muertos de un lado o del otro deben andar por los mismos lados espirituales. Supongo.
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Las tumbas son tumbas. No hay tumbas buenas para enseñar y malas para maldecir. La dignidad humana no debería ser selectiva. Toda vida truncada por el odio, por la ideología, por el poder armado, merece el mismo respeto. Pero la historia, cuando la cuentan los vencedores morales, suele repartirse en héroes y villanos, en víctimas puras y culpables inconfesables. Y eso no es justicia. Es relato.
Hoy vemos un ejemplo trágico y actual de lo que significa el terrorismo de Estado: Venezuela. Lo que ocurre allí no es otra cosa que una maquinaria del crimen, un narco-régimen ilegítimo que viola sistemáticamente los derechos humanos, persigue opositores, silencia medios y tortura disidentes. Eso también es terrorismo, aunque no venga con pasamontañas ni comunicados en nombre del pueblo, ni con el Che como númen inspirador. El silencio de muchos actores internacionales frente a ese horror es el mismo silencio que envuelve a las víctimas incómodas del pasado. Pongo este ejemplo para que se advierta que tanto desde el terrorismo de estado, así como desde el terrorismo político se cuelan nubes y no se advierte la realidad de lo que dolorosamente sucede.
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No se trata de reabrir heridas, sino de cerrar bien las que aún supuran. Y para eso se necesita una verdad completa, no parcial. Una verdad sin épicas maquilladas ni justificaciones ideológicas. Porque la verdad y el terrorismo siempre se llevan mal. Y sin verdad, no hay justicia posible. Solo repetición.
Las nuevas generaciones tienen derecho a una memoria íntegra, no fragmentada. A una historia que no se construya sobre falsos héroes ni sobre omisiones convenientes. Somos los mayores quienes debemos transmitir esas claves invisibles de la civilización: que la violencia no es el camino, que matar en nombre de una causa no es nobleza, que nadie tiene derecho a decidir quién vive y quién muere.
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Las víctimas del terrorismo político -en Uruguay, en España, en Colombia, en cualquier rincón del mundo- seguirán gritando su verdad, aunque sea desde el lodo, como tantas veces les ha tocado. No necesitan mármol ni homenajes. Necesitan justicia, palabra difícil en estos tiempos de trincheras morales.
No hay que ser de derecha para conmoverse con estas historias. No hay que ser facho para defender la vida. Hay que ser humano.
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