
A una semana de la fuga del equipo de María Corina Machado de la embajada de Argentina en Caracas, nos toca analizar las declaraciones y la cronología de los hechos. Podemos concluir que la “Operación Guacamaya” —o como prefieran llamarla— tenía como uno de sus objetivos principales golpear al “todopoderoso” ministro de Interior, Justicia y Paz, Diosdado Cabello, ese hijo pródigo de El Furrial que, a estas alturas, parece más un hijo que ha perdido el rumbo.
El superministro, ese hombre fuerte del PSUV que se encargó de la seguridad del país mientras Maduro estaba en Rusia, se encontró con la inesperada sorpresa de que cinco asilados escaparon de la embajada más custodiada y asediada del país. Y claro, eso no lo dejó precisamente como un gigante ante la opinión pública, sino más bien como un tipo débil, por decirlo de manera suave. Uno podría pensar que su jefe, Nicolás Maduro Moros, se habría sentido orgulloso de su “hombre en la cima”, pero parece que el orgullo se quedó en el aeropuerto.
¿Cómo pudo suceder esto? Hay dos hipótesis: complicidad o conspiración en su contra. En cualquiera de los dos casos, el de El Furrial sale aún más debilitado. Recordemos que el 28 de julio de 2024, Cabello se impuso ante Maduro en el noble arte del robo electoral. Pero ahora, en su programa rutinario de los miércoles, apenas 24 horas después de la fuga, intentó desmarcarse del escándalo. En lugar de un gran discurso épico digno de un líder revolucionario, solo logró deslizar que todo fue una “negociación”. ¡Ah, la negociación! Esa palabra mágica que puede convertir un fiasco en un éxito... si se usa con suficiente ironía.
Cabello, sin su famoso mazo en la mano y armado solo con una hojita de papel que parecía más un recordatorio de compras que un documento serio, intentó demostrar que sabía lo que hacía. “Yo sé hasta en qué carro se fueron”, dijo, como si eso fuera suficiente para borrar el hecho de que había sido burlado. Sin embargo, las fotos que mostró no eran más que una colección de recuerdos vacíos; lo único que evidenciaban era su desesperación.
Y aquí es donde la narrativa se vuelve aún más interesante: el régimen es conocido por su maestría en propaganda y vocería, pero esta vez dejaron a Cabello solo con el paquete. Ni Jorge Rodríguez, experto en mentir como quien respira, salió a defenderlo. Es casi poético pensar que si realmente las relaciones entre ellos fueran tan idílicas como pretenden hacer creer, Cabello habría recibido a Maduro con una alfombra roja y un espectáculo digno de Las Vegas tras su regreso triunfal. Pero no; la imagen del “hijo pródigo” esperando en la puerta del avión nunca llegó.
Y hablando de ausencias, tampoco vimos a Diosdado en el simulacro electoral del pasado sábado 10 de mayo. ¿Acaso estaba ocupado? Por si fuera poco, no ofreció su habitual rueda de prensa del lunes. En este punto, podríamos preguntarnos: ¿será que Maduro duda del trabajo de su “hombre fuerte”? ¿O quizás hay algo más profundo moviéndose?
Mientras tanto, el silencio de Maduro sobre la fuga es un misterio. ¿Duda sobre Cabello o está metido en la conspiración? Quién sabe. Lo cierto es que Omar González Moreno, uno de los cinco fugados y periodista experimentado, describió la operación como una ejecución “con la precisión de un relámpago”. Y claro, a las 3:00 a.m., cuando el cuerpo humano entra en completo relax y duerme placenteramente… como diría Nicolás, “dormían como un bebé”. Un bebé que, por cierto, parece haber olvidado cómo despertar a tiempo.
Usted se preguntará: ¿por qué ahora le toca jugar al de El Furrial? Y la respuesta, aunque parezca un laberinto, es más sencilla de lo que parece. Sin duda, ha habido una conspiración en su contra, un entramado que no solo se urde en las sombras, sino que también cuenta con el respaldo de un poder de fuego que no se limita a las balas, sino que se extiende a las palabras y los rumores, a las miradas furtivas y los gestos calculados. Lo que estamos presenciando son más detenciones, más allanamientos; en fin, la ejecución de un guion que se repite. Pero lo que realmente importa, lo que se juega en la penumbra de este teatro del absurdo, es la relación entre Nicolás Maduro y Diosdado Cabello.
Esos movimientos, esas piezas que se desplazan en el tablero del poder, los veremos desvelarse en el transcurrir de los días y, ante la “Operación Guacamaya” —o como se le quiera llamar—, hablando en términos beisbolísticos (porque en este país, donde la realidad parece un juego de pelota, todos somos aficionados a las metáforas), ahora le toca al de El Furrial: Diosdado Cabello Rondón.
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