
Fue una sorpresa, una grata sorpresa. Puse la televisión para ver entrevistas noticiosas sobre la actualidad, y me encontré con recuerdos de juventud, de mi etapa universitaria en Chile, de un grupo musical con el cual identificaba esos años de la década del setenta, el mismo sonido y lírica que volví a encontrar en la comunidad latinoamericana de la universidad inglesa de Essex, donde acudí a hacer el posgrado.
Fue compañía en muchas noches y muchas conversaciones para arreglar el mundo. Volví a escucharlos en grupos variados que les rundían tributo imitándolos, en países tan diversos como Polonia, Suecia o Israel en peñas latinoamericanas, la de la patria grande y nuestra, la de una cultura común que también gustaba a los nacidos en esas tierras.
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A treves de los años los seguí escuchando en discos, casetes, CD y la evolución de las plataformas, hasta las actuales de tipo digital, pero jamás había visto a esos interpretes en vivo y directo, al mismo tiempo conversando y contando anécdotas, pero lo más importante, tocando música, su música.
Nunca me he olvidado de ellos, pero nunca pensé en encontrarlos.
No soy especialista, mas bien soy ignorante. La música, simplemente me gusta o no me gusta, sea popular o docta. Mis preferencias son variadas e incluyen el tango, bolero y la ópera, Vivaldi y Beethoven.
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En música popular, creo que mi búsqueda se detuvo en Freddy Mercury y Queen. Excepcionalmente, sin buscar y sin esperarlo, aparecieron en mi vida y me han acompañado desde entonces las voces de Lady Gaga y sobre todo de Amy Winehouse, aun mas después de su trágico deceso. Me aparecieron en recitales de HBO y desde entonces las he seguido escuchando.

Pero Irakere fue como ese primer amor que nunca se olvida. Ni siquiera sabía que actuaban en público este 2024, solo los escuchaba
Por ello, cual seria mi sorpresa al encontrar a Arturo Sandoval, Chucho Valdés y Paquito D’ Rivera conversando un lunes a las 20 horas con Oscar Haza. Alegría fue poco al escucharlos y verlos, con esa naturalidad y humildad que tienen los grandes, aquellos que no necesitan probar nada.
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No solo eran sus rostros, era un sonido inconfundible, el del talento y la originalidad.
Era ver historia en pasado y presente, y por lo dicho, prolongándose en el futuro ya que su presencia tenia que ver con un concierto con el nombre de Irakere 50 en Miami, donde también se vincularían con nuevas generaciones que crecieron escuchando su música.
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La del jazz cubano, que ya a fines de la década del sesenta había encontrado un estilo que yo lo recuerdo desplegándose e influyendo en Chile en la década del 70, ya con el nombre de Irakere, que en años en que no existía Google ni celular, me costó esfuerzo averiguar que en lengua yoruba quiere decir Vegetación.
Viéndolos a ellos me veía a mí mismo en distintas etapas de mi vida.
Como buen ignorante no podría educar a otros, pero si disfrutar de esos sonidos.
Y agradecer la oportunidad de verlos.
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