
El intento del gobierno de Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia de acusar a Israel de genocidio en su guerra contra Hamas debe ser combatido y rechazado enérgicamente. La acusación no se acerca a ese concepto extremo ni por el contexto de lo que sucede ni por la clara intención de Israel en su lucha contra un grupo terrorista.
No olvidemos que la operación militar de Israel en Gaza solo se produjo porque, el 7 de octubre de 2023, Hamas perpetró el ataque más bárbaro contra civiles israelíes. Más de 1.200 israelíes fueron asesinados, decenas de mujeres fueron violadas y más de 200 personas fueron tomadas como rehenes. Hamas ha dejado claro que este esfuerzo de asesinar al mayor número posible de israelíes continuaría en el futuro si Israel no actuaba en su contra.
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En resumen, Israel no tuvo más remedio que actuar de la forma más contundente, no solamente para redimir la confianza entre la opinión pública israelí y sus dirigentes tras el peor día de la historia de Israel, sino también para evitar futuras masacres.
De hecho, si alguna vez ha sido pertinente el término “genocida”, este representa a Hamas y su carta fundacional que establece muy claramente la intención genocida del grupo respecto a Israel y los judíos. A este contexto se añade la predisposición de Sudáfrica contra Israel desde mucho antes de esta guerra. Ese gobierno ha calificado a Israel de Estado de apartheid y ha utilizado otros términos extremos que dejan claro que su iniciativa en este asunto carece de toda credibilidad y refleja una inherente hostilidad hacia el Estado judío.
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Pero los hechos sobre la guerra son claros: La combinación de los múltiples esfuerzos de Israel por evitar víctimas civiles, el reiterado propósito declarado de la guerra y el desprecio de Hamas por su propia seguridad civil, convierten en una burla la acusación de genocidio contra Israel.
He aquí algunas de las medidas que Israel ha adoptado para evitar víctimas civiles:

Para limitar el peligro que corren, ha pedido con antelación a los palestinos que abandonen las zonas en las que se encuentran los terroristas de Hamas, lo que supone que Israel dé aviso a Hamas sobre la procedencia de los ataques.
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Ha avisado con antelación a los civiles cuando un edificio específico va a ser blanco de ataques por ser un escondite de Hamas.
Ha permitido que se distribuya ayuda humanitaria a los civiles, aun cuando Israel reconoce que parte de esa ayuda será robada por Hamas.
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Y ha dejado claro en repetidas declaraciones, respaldadas por acciones, que el objetivo de Israel es destruir a Hamas, no hacer daño a los civiles palestinos.
Por otra parte, mostrando lo absurda que es la propuesta sudafricana, está la forma en que Hamas se comporta en Gaza con el fin de maximizar las víctimas civiles palestinas para aumentar la presión pública sobre Israel. Hamas se ubica deliberadamente en zonas densamente pobladas y en lugares específicos —como los hospitales— para disuadir a Israel de atacar esas zonas y ha llegado incluso a impedir el movimiento de civiles desde zonas que Israel planea atacar.
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La ironía final de la intervención de Sudáfrica es que una completa derrota de Hamas supondría en realidad una oportunidad para que los palestinos de Gaza siguieran otro camino y prosperaran. Por tanto, es fundamental que los gobiernos de las naciones cuyos jueces ocupan el banquillo de la Corte Internacional de Justicia y decidirán este caso dejen claro su rechazo inequívoco de la acusación de genocidio contra Israel, incluso si tienen preocupaciones legítimas sobre las víctimas civiles.
Apoyar la acusación de genocidio tendrá múltiples efectos negativos, entre ellos permitir que Hamas sobreviva y continúe con su terrorismo, socavar el derecho básico de Israel a defenderse, generar más ataques contra judíos en todo el mundo y socavar la credibilidad de la Corte Internacional de Justicia como órgano judicial imparcial.
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El mundo debe levantarse para evitar otra atrocidad contra el Estado de Israel y el pueblo judío.
*Kenneth Jacobson es subdirector nacional de la Liga Antidifamación (@ADL_es).
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