
Como indígena Shuar del corazón de la Amazonía ecuatoriana, mi vida ha sido un entramado de las luchas de mi pueblo y la tierra que consideramos sagrada. Recientemente nominado para el Premio Nobel de la Paz, quiero reconocer que este título no es sobre mí, sino sobre el espíritu colectivo que nos une y nuestro compromiso compartido de preservar a la Madre Tierra.
Hace más de dos décadas, en los años 90, mi viaje de resistencia comenzó con una histórica acción colectiva contra el Bloque 24, un proyecto que buscaba explotar petróleo en las tierras ancestrales Shuar y Achuar. Por más de 20 años, luchamos no solo por nuestros derechos, sino por la esencia misma de la vida y el derecho a determinar nuestro propio destino; porque siempre entendimos que nuestro porvenir está íntimamente ligado con el cuidado de la naturaleza que nos rodea. En esos años, el incansable movimiento Shuar, Achuar y el Comité Interfederacional lograron detener la amenaza inmediata, pero el deseo de explotar las entrañas de la Amazonía nunca muere, hoy seguimos defendiendo cada centímetro de tierra que nuestros ancestros han preservado.
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Las lecciones de esa lucha, grabadas en mi ser por la sabiduría de mi abuelo y mi padre, me guían hoy mientras enfrentamos un nuevo desafío: la lucha contra la minería de oro en las montañas y ríos de Napo. El campo de batalla puede haber cambiado, pero la esencia sigue siendo la misma: defender nuestra tierra de aquellos que buscan riqueza sin pensar en el delicado equilibrio que debe existir entre la humanidad y la enorme naturaleza que nos da vida.

Hoy la lucha se ha vuelto más compleja, con líneas legales e ilegales cada día más difusas. Las compañías y gobiernos se han vuelto expertos navegantes de las entrelíneas, con permisos obscuros y juegos de palabras, caminan de puntillas para avanzar en los territorios sin que haya ley que proteja la tierra sagrada. Los empresarios conocen nuestras comunidades, se acercan a nosotros y toman ventaja de las más crudas necesidades, ellos saben que pueden jugar con la desigualdad para hacer falsas promesas de “desarrollo”. Pero los empresarios de estas compañías chinas y ecuatorianas no tienen un interés sincero, hoy nos prometen pan y mañana, miseria. Para ellos la meta es romper nuestros lazos colectivos para extraer cada gramo de oro de las venas de los ríos y montañas.
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Sin embargo, mi determinación permanece inquebrantable, porque sé que esta lucha es colectiva, que los pueblos hacemos una gran maloca que resiste a la explotación y el desarraigo. Cada día me conecto con mis ancestros y los que me rodean para dar fuego a ese espíritu colectivo que atemoriza a los inversores y empresarios. Sé que en nuestra resistencia yace la clave para afrontar esta crisis climática y llevarnos a la paz con la naturaleza que nos rodea.
En el ámbito internacional llevo un mensaje claro e inquebrantable: el destino de los bosques, los ecosistemas y la biodiversidad del mundo no puede discutirse sin los guardianes primarios, los pueblos indígenas y comunidades locales. Nuestra conexión con la Tierra es profunda, arraigada en generaciones de sabiduría; el hombre y la naturaleza son uno mismo.
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Para los Shuar, la paz implica la armonía con la naturaleza, reconociéndonos como un solo cuerpo en lugar de entidades separadas. Esta filosofía se refleja claramente en la ceremonia Uwi, que tiene lugar durante la floración de este fruto amazónico. El Uwi se utiliza simbólicamente en la recolección ceremonial como representación de prosperidad y abundancia. Cuando los Shuar llevan a cabo esta ceremonia, están experimentando un momento de paz, aprovechando el tiempo de floración del Uwi para meditar junto a las cascadas, expresar gratitud a la Madre Tierra, reflexionar sobre el pasado y sanar. Las conexiones espirituales son fundamentales para el significado de Uwi, ya que permiten a los Shuar experimentar una profunda conexión con la naturaleza.
Más allá de la posibilidad de premios y reconocimientos, hoy quiero que mi historia sea ejemplo de los cientos de años de conocimiento, conexión con la naturaleza y resistencia que los pueblos estamos liderando. Esta nominación no es para mí, sino para los pueblos indígenas de todo el mundo. Es un llamado a reconocer la importancia de nuestro papel como guardianes de la Tierra y para que nos volvamos uno con la naturaleza, una responsabilidad que trasciende fronteras y es solo posible en el colectivo.
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Frente a estos desafíos, mi viaje es un testimonio del poder de la acción colectiva, la resistencia de las comunidades indígenas y la necesidad urgente de una relación pacífica con la Madre Tierra. El Premio Nobel de la Paz debería ser para todos los pueblos indígenas del mundo que, en la vida cotidiana y desde las profundidades de los ecosistemas más ricos, nos llaman a un mundo donde la humanidad y la naturaleza coexistan en armonía.
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