
Brasil es el país más parecido a Estados Unidos (aun cuando los brasileños no lo crean). Es un estado realmente federal donde los gobernadores y alcaldes gozan de autonomía frente al poder federal. Su economía impacta la región y el mundo y sus ciudadanos poseen un imbatible optimismo frente al futuro. Hoy sus democracias están siendo azotadas por la modernidad liquida magistralmente descrita por Zygmunt Bauman. Y lo hemos visto en vivo y en directo el 6 de enero del 2021 y el 7 de enero de 2023 cuando turbas enardecidas decidieron tomar las instalaciones de los poderes que se negaron a declarar inexistentes fraudes electorales.
Con una importante penetración de la internet, Brasil comparte con Estados Unidos la afición de su población por las redes sociales. Y esta afición como todo proceso en la vida tiene su lado luminoso y su lado oscuro. El lado oscuro está representado por la facilidad de acceso que las redes sociales ofrecen a las mentes de muchos ciudadanos poco educados y peor informados. Estos terminan siendo víctimas de extrañas teorías anti democráticas. Y así como las estalactitas se forman gota a gota, tanto en Brasil como en Estados Unidos se han venido formando estructuras autoritarias, segregacionistas y aislacionistas que niegan todo progreso que se base en la inclusión, la eficiencia y la solidaridad.
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Pretenden construir un mundo estanco en el que cada uno forme parte de un segmento poblacional del cual nunca deberá salir en toda su vida. La ciencia, el comercio y el conocimiento no existen en ese mundo. Solo hay slogans que son repetidos con obsesión hasta convertirlos en mantras que rigen la conducta del individuo y del grupo. Uno de esos mantras rechaza la competencia y solo acepta el estado de derecho cuando refuerza los mitos. Es un mundo de tinieblas magistralmente descrito por Platón en su mito de las cavernas.
Y así como aquellos asesinaron al individuo que rompió las cadenas y les develo la existencia de una realidad distinta a las sombras, los cavernícolas modernos son capaces de crear revoluciones instantáneas destinadas a impactar negativamente las instituciones en que asienta la democracia.
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Esas revoluciones instantáneas son posibles porque las redes sociales son una de las mas eficaces plataformas de transmisión de información, pero al no haber constatación de veracidad o de impacto ellas trasmiten con igual eficacia contenidos enriquecedores y contenidos destructivos. Su poder de diseminación y convocatoria es imbatible y al haber ausencia de contacto humano el llamado a la acción se transforma en epopeya fílmica en la que es fácil participar. Nadie, por supuesto, les indica a los adherentes los riesgos y nadie les cubre de las consecuencias. Así emergen como una ola de tsunami que destruye todo lo que encuentra a su paso para luego desaparecer. Y solo retornan a la comunicación publica cuando los protagonistas son arrestados por violar la ley.
Pero la marejada deja despojos y estos son la semilla de la próxima insurrección. De allí que una de las tareas urgentes sea la de iniciar el difícil camino de secar las fuentes de surgimiento de las revoluciones instantáneas que tanto daño están causando a democracias hemisféricas. Porque al igual como la consolidación de grandes consocios informativos amenazó la libertad de expresión base del sistema democrático, hoy las revoluciones instantáneas promovidas por redes sociales logran igual impacto. Walter Lippmann ya confrontó este dilema, ya que vivió el ascenso y consolidación de los consorcios informativos en Estados Unidos. El pensaba que proteger los derechos a la libertad de opinión y expresión era menos importante que proteger lo que él llamaba la “corriente de noticias” en la que se basaban las opiniones. “La protección de las fuentes de opinión”, insistió Lippmann, “es el problema básico de la democracia. Todo lo demás depende de ello”.
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