
El lenguaje es un arma de doble filo. Comparemos lo que experimentamos al ver un cuadro, dar un beso, comer algo delicioso, o sentir el perfume de la persona que amamos con el relato de esas experiencias. Contarlo nos permite proyectarlas en la mente de los otros, al precio de eliminar tonalidades y matices. Este es el lado B de las palabras: el mundo a través de ellas es pixelado, como un Minecraft.
Una palabra sirve para encapsular una idea o un sentimiento. Pensemos en la palabra meme. Todos sabemos lo que es. Sin embargo, si no existiese esa palabra, describir ese concepto nos resultaría engorroso. Lo mismo pasa con las emociones y, por eso, descubrir o inventar nuevas palabras es una de las maneras más efectivas de tomar el timón de la experiencia emocional.
Estos son algunos ejemplos del diccionario de John Koenig: en mandarín yù yi es el anhelo de volver a sentir con la intensidad de un niño; en polaco, jouska es el tipo de conversación hipotética y compulsiva que tiene lugar en nuestra mente; en alemán, zielschmerz designa el miedo a conseguir lo que uno busca. ¿Resultan menos reales esas emociones una vez que nos cuentan que las palabras son inventadas? Tener más palabras nos ayuda a reconocer y expresar mejor lo que nos sucede. Son faros para ir a lugares interesantes de nuestra vida emocional.

Por el contrario, una palabra es perniciosa cuando confunde en un saco emociones diferentes. Es lo que sucede con la palabra amor. La usamos para expresar el vínculo que nos une a un hijo, a un amigo o a una pareja y, dentro de las relaciones de pareja, para referirnos al sentimiento fogoso de los primeros días o al cariño sereno de vida compartida. Esto, como es lógico, provoca todo tipo de confusiones. Cuando uno dice “ya no siento amor”, lo que en realidad puede estar queriendo insinuar es que siente otro tipo de amor. Confundir esta mutación con una pérdida por no disponer de términos más precisos para describir lo que sentimos puede llevarnos a sufrir grandes e innecesarias decepciones.
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