Las elecciones en EEUU en clave geopolítica

Las actuales divisiones son profundas e implican concepciones civilizatorias casi opuestas; los enfrentamientos internos han escalado hasta el grado de fuertes rupturas geográficas y populares

Donald Trump y Joe Biden (REUTERS/Brian Snyder/File Photo)
Donald Trump y Joe Biden (REUTERS/Brian Snyder/File Photo)

Las elecciones presidenciales hasta ahora no han tenido significancia geopolítica. Sin embargo, la del próximo 3 de noviembre será muy diferente a cualquiera otra que se haya realizado desde la Segunda Guerra Mundial. Se caracteriza por una enorme grieta, expresada en forma virulenta por los medios de comunicación masiva. Ya no se trata de una disputa entre dos partidos (demócratas y republicanos), que, tradicionalmente sólo diferían en cuestiones de índole doméstica, como los temas ambientales, los servicios sociales (medicina, seguros) o la política fiscal; ya que ambos tenían fuertes coincidencias en los fundamentos militares, geopolíticos y de política exterior. Las élites sostenían el sistema bipartidista inspirado en cuestiones básicas del capitalismo, el liberalismo y la expansión globalizante. Pero alrededor de los años 2008/2011 ese consenso fue perdiendo vigencia por divergencias internas, que fueron bifurcando algunas reflexiones geopolíticas. Las actuales divisiones son mucho más profundas e implican concepciones civilizatorias casi opuestas; los enfrentamientos internos han escalado hasta el grado de fuertes rupturas geográficas y populares.

Luego de la Guerra Fría y con la caída de la URSS (1989), el mundo se volvió unipolar, principalmente por el poderío militar norteamericano: la expansión de la globalización financiera alcanzó su apogeo. El bipartidismo apoyó esta expansión y todos los presidentes desde aquellas épocas, sean demócratas o republicanos, eran “colegas” de un pensamiento único y de acciones comunes (Carter, Clinton, los Bush, Obama); todos fueron adherentes de un mismo modelo globalizador. Los líderes de Rusia (Yeltsin) y China (Deng Xiaoping) copiaron el sistema capitalista, lo cual creó la ilusión del inminente “fin de la historia” (Francis Fukuyama). No hubo oposición real a la globalización, ya que hasta las (tan promocionadas en la TV) aparentes rebeliones del fundamentalismo islámico, estaban controladas por la CIA o por Arabia Saudita. El liberalismo filosófico y la expansión del mundo financiero se mostraban como el “único camino posible”. Según Thatcher ya no había sociedades, sino individuos sueltos, por lo que un “gobierno mundial” debía organizar las reglas de juego globales. Los intereses nacionales desaparecían.

El mundo deja de ser unipolar. En la década del 2000 la situación fue cambiando a favor de poderes nacionales (Rusia y China) que se fueron fortaleciendo e independizando del mundo unipolar. El descomunal crecimiento económico de China transparentó las enormes concesiones dadas por EEUU a China, expresada en pérdida de empleos fabriles, un enorme déficit comercial y transferencia gratuita de tecnologías. En cuatro décadas EEUU exportó 50 millones de empleos de calidad y miles de empresas llave en mano, a países “en desarrollo” como China, México, Vietnam y otros. Millones de trabajadores recibieron jubilaciones anticipadas, hubo un crecimiento descomunal del sector de servicios, decenas de millones pasaron a cobrar sueldos hasta tres veces menores que los anteriores, se eliminaron cientos de plantas definidas como “contaminantes” (se exportaba la contaminación), se cerraron minas, pozos y centrales termoeléctricas, se desalentó la educación técnica. China comenzó a participar de los debates mundiales, adaptando políticas competitivas en áreas estratégicas en Asia, África y en Iberoamérica. Eso motivó la alarma dentro de ciertos círculos del poder nacional norteamericano. En los países occidentales (EEUU y Europa) comenzaron las primeras manifestaciones de resistencia a la ideología globalizadora por las enormes desigualdades sociales y exclusiones que producía, expresadas por movimiento populares de derecha o de izquierda.

Inesperadamente en 2016 llega al gobierno Donald Trump, que no era ni demócrata ni republicano; era un outsider de la política tradicional, crítico de la tecnocracia globalista y de las élites políticas. Eso cambió las reglas de juego clásicas, siendo considerado un producto emergente de ese creciente malestar de las mayorías silenciosas. Su estilo directo, semejante a los liderazgos fuertes de estilo latinoamericano y su autónomo poder económico (no dependía de la recolección de las “cajas partidarias”) lo convirtió en una rara avis que modificó las relaciones intra-políticas tradicionales. Los republicanos volvieron a sus tradicionales posiciones nacionalistas (American First, Make America Great Again), y los demócratas se volvieron aún más liberales, en el sentido norteamericano.

Los candidatos. En estos cuatro años del gobierno Trump, EEUU recuperó una gran parte de los empleos perdidos en las últimas décadas a favor de China; su objetivo económico fue concentrarse en crear empleos y mejorar el nivel de vida de la población. Se crearon muchos millones de empleos, de los cuales se perdieron por la pandemia unos 18 millones, de los cuales aún quedan por recuperar unos 7 millones. Trump había logrado bajar el desempleo en las categorías población negra, hispánica, oriental y la de mujeres, a sus más bajos índices en la historia americana e iba hacia el pleno empleo cuando azotó el virus y tuvo que cerrar la economía. Aumentó el ingreso per cápita, el porcentaje de empleados sin título escolar, y rescató el subsidio alimentario a 4 millones de ciudadanos (food stamps) cuando apareció el virus. Los empleadores americanos habían incorporado al entrenamiento laboral a 4 millones de trabajadores y se impulsó la educación vocacional; todas medidas consideradas “populistas” por sus opositores. También comenzó a evitar la filtración (o robo) de las nuevas tecnologías, protegió a sus industrias locales, impuso aranceles especiales a China (que aún goza de ser considerada por la OMC como nación más favorecida); logrando la casi total independencia energética, ya que EEUU es uno de los principales exportadores de gas, petróleo y carbón. Además repatrió a la mayoría de las tropas estacionados en el exterior (para no seguir siendo el gendarme que protege a los globalizadores), siendo más querido por los soldados llanos que por los generales. También logró que sus aliados comenzaran a pagar sus propios gastos de defensa; endureció la lucha contra la inmigración ilegal; renegoció las condiciones del NAFTA, y se ha negado a reconocer tribunales internacionales.

El objetivo central de la política exterior de Trump es el debilitamiento de China, por todos los medios, económicos, políticos, militares y culturales. Intenta reforzar alianzas con Japón, India, Brasil, Europa, concentrando fuerzas en el Pacífico occidental. En Medio Oriente apoya a Israel y a algunos países árabes (Emiratos, Kuwait, Bahrein, Sudan), logrando que esos países normalicen relaciones con Israel, contribuyendo así a la terminación de las guerras en esa región. Trump ha encontrado un aliado imprevisto en el mexicano AMLO (López Obrador), quien le ha frenado la entrada de centroamericanos, y ha favorecido la lucha contra el narcotráfico (vía DEA).

Joe Biden propone lo opuesto a Trump, siendo coherente con el proceso globalizador en lo financiero y aceptando algunas concesiones hacia la izquierda liberal, de Bernie Sanders, Alexandra Ocasio-Cortés y Elizabeth Warren. El Green New Deal (Nuevo Acuerdo Verde) propone eliminar los vehículos con motor de combustión, bajar el transporte aéreo, y las centrales termoeléctricas, con un costo de 100 billones (millones de millones) de dólares, en 20 años; la extensión del Medicare a todos los habitantes, con un costo estimado 6 billones anuales, aunque el PB anual de los EEUU sea de sólo unos 20 billones. Propone dar la ciudadanía a 12 millones de indocumentados, abrir las fronteras a la inmigración y recibir refugiados sin demasiados controles. Biden exhibió la hostilidad de Trump contra China como prueba de xenofobia y lamentó que los europeos debieran sostener a la OTAN.

La campaña

Donald Trump es un controvertido personaje extrovertido y por momentos bastante grotesco, con expresiones dudosas o exageradas. Esas características personales han enardecido a sus oponentes, provocando una extrema polarización en toda la sociedad, lo cual muestra que esta compulsa electoral es absolutamente diferente a todas las anteriores. Los mainstream media son completamente unilaterales en su contra. Entre ellos la MSNBC, CNN, los diarios New York Times, Financial Times, Washington Post, a los que se han sumado varias redes sociales (Twiter), que tienen el objetivo de destruir a Trump. Las fake news, la censura y la desinformación son el producto de esta confrontación extremadamente directa, pocas veces visto en la historia de EEUU. Esto cuenta con el beneplácito del establishment político en Washington, al que Trump llama “the swamp” (el pantano).

División civilizatoria

En términos locales, Trump es un conservador popular, representante del capital y los intereses nacionales y Biden es un liberal que representa al globalismo y a la burocracia de Washington. Se trata de una división civilizatoria más que una diferenciación partidaria. Son dos sociedades muy opuestas entre sí y un punto de inflexión dentro de la historia de los EEUU. La división entre los adherentes a Trump y a Biden tiene una coherente coincidencia con los conceptos geopolíticos del político y geógrafo inglés Halford John Mackinder, quien expuso una teoría sobre los fundamentos del poder mundial, expresadas por las civilizaciones de la Tierra (Heartland) y las del Mar (Atlantismo).

La civilización de la Tierra está centrada en el espacio territorial y en su historia, en las identidades culturales, la estabilidad, la meritocracia, en las raíces profundas y en los valores permanentes propios de cada espacio; Europa, Rusia, China, la isla euroasiática, son sus ejemplos clásicos. Son más conservadoras, en el sentido de que cambian más lentamente y midiendo las consecuencias. Están generalmente localizadas lejos de las costas y los espacios marítimos.

En cambio la civilización del Mar encarna el espíritu expansivo, el comercio lejano, la colonización, el progreso continuo, los cambios constantes; con identidades nómades, raíces más lábiles y sociedades líquidas (como el mar), como describiera el filósofo Zygmunt Bauman. Históricamente son las dueñas de los mares (Inglaterra y su flota imperial es el mejor ejemplo; a la que siguió EEUU como heredero de esta tradición, pero no siempre actuó así). El poder financiero globalizador es un ejemplo no nacional de este mismo fenómeno civilizador.

Así entonces las principales fuerzas (azules) de Biden están en las grandes ciudades de las costas Este (Nueva York y otras) y Oeste (Los Angeles, San Francisco y otras), mientras que las adhesiones (rojas) a Trump provienen de todos los estados del interior agrícola e industrial de EEUU, algunos con grandes centros industriales, destruidos por la deslocalización de la industria y su exportación a países con mano de obra más barata; estados que fueron abandonados, traicionados, olvidados y humillados por la ola globalizadora. Son muchos estados pero aportan menos representantes individualmente que los estados litorales de las grandes ciudades cosmopolitas, con alta población

Implicancias del resultado de las elecciones

Es difícil predecir un resultado, pero por la descomunal agresión de la tecnocracia globalista contra Trump es presumible que éste no esté de ninguna manera derrotado como lo indican las encuestas difundida por la prensa mundial. El hostil bombardeo en todos los medios, especialmente diarios y TV, no tiene precedentes. Que gane uno u otro modificará la arquitectura del orden mundial. Si ganara Trump habrá mayor énfasis en los intereses nacionales, que obligaría a un ordenamiento equilibrado entre los más poderosos, aunque también significaría un eventual reparto de zonas de influencia. Esto posibilitaría una disminución de las grandes incertidumbres actuales y una mayor competencia por el progreso tecnológico, con ventajas para unos y para otros. Si ganara Biden se volverían a empoderar las fuerzas tecnocráticas de la globalización financiera, las que volverían a hacer jugar a las potencias nacionales unas contra otras, prolongando las grandes incertidumbres, en orden a favorecer un futuro “gobierno supranacional”, que será manejado por el mundo financiero (el verdadero cuarto poder global). Habrá una paulatina pérdida relativa de poder de los EEUU, que pasaría a un segundo plano político, abriendo económicamente las puertas a China como potencia emergente. Siempre es incierto saber si China ha conquistado Hong Kong o el sistema financiero (Londres/Hong Kong) ha conquistado al resto de China.

Argentina

Argentina ha dejado de tener especial interés estratégico para EEUU, dada la falta de un rumbo claro. En la situación actual, independientemente del resultado de estas elecciones, Argentina debería priorizar sus relaciones con todas las potencias, China, Japón, Corea, Rusia, Brasil, India, México, Indonesia y otras, ya que los intereses más inmediatos de EEUU y de Europa parecen pasar por otras prioridades. Es posible que un triunfo de Biden lleve a una mejora de las relaciones con Argentina en temas culturales, pero de escaso valor económico. En el caso de un triunfo de Trump, el problema del relacionamiento político o estratégico es la falta de ejercicio práctico, por parte de la Argentina, de sus escasas habilidades geopolíticas.

El autor es analista de temas geopolíticos