A 30 años de la creación del Foro de Sao Paulo

En la fecha de su creación, sólo un país latinoamericano era gobernado por un miembro del Foro (Cuba), mientras que desde entonces hasta ahora más de la mitad de los países de la región han tenido presidentes de esos partidos (Mariana MENDEZ / AFP)
En la fecha de su creación, sólo un país latinoamericano era gobernado por un miembro del Foro (Cuba), mientras que desde entonces hasta ahora más de la mitad de los países de la región han tenido presidentes de esos partidos (Mariana MENDEZ / AFP)

El Foro de Sao Paulo se constituyó en julio de 1990, convocado por el Partido de los Trabajadores de Brasil, para discutir la agenda de la izquierda en la región. Ese año se desmoronaba la Unión Soviética (que financiaba en Latinoamérica a partidos y movimientos de izquierda), y ello generó una preocupación sobre cómo sobrevivirían estos partidos sin ayuda externa.

A partir de entonces, en sus reuniones anuales y otras actividades, el Foro hizo un muy buen trabajo, tanto intelectual como político, que llevó al éxito a muchos de los partidos que lo integran. Prueba de ello es que en la fecha de su creación, sólo un país latinoamericano era gobernado por un miembro del Foro (Cuba), mientras que desde entonces hasta ahora más de la mitad de los países de la región han tenido presidentes de esos partidos. Sólo por recordar algunos, se pueden mencionar: Lula y Dilma en Brasil, Bachelet en Chile, Tabaré Vázquez y Mujica en Uruguay, Lugo en Paraguay, Morales en Bolivia, Ortega en Nicaragua, Correa en Ecuador, Chávez y Maduro en Venezuela, Funes en El Salvador, Medina en República Dominicana y López Obrador en México.

El Foro nuclea a aproximadamente 120 partidos y movimientos de izquierda, y tiene reuniones anuales, donde participan como invitados, representantes de otras regiones.

Argentina tiene una situación sui generis, pues si bien el peronismo no forma parte del Foro, sí lo hacen algunos partidos menores que integraron los distintos frentes electorales del kirchnerismo. Por lo demás, el matrimonio Kirchner fue muy cercano a los presidentes mencionados, y respecto de Alberto Fernández, recientemente en un discurso televisivo, dirigiéndose retóricamente al ex presidente Lula, lamentó ya no contar con la ayuda de otros líderes como Hugo, Dilma, Pepe, Evo, Michele o Rafael. Dijo que, en consecuencia, la lucha por la revolución progresista en Latinoamérica estaba en cabeza de él mismo y de López Obrador en México. Hábilmente, omitió mencionar a los actuales gobernantes de Venezuela, Cuba y Nicaragua, tres regímenes dictatoriales y sanguinarios difíciles de justificar, que también están vinculados al Foro.

A lo largo de estos 30 años, desde el Foro se fue sintetizando una estrategia exitosa, de la cual se pueden mencionar brevemente dos aspectos. Por un lado, la instalación de una batalla cultural, que como ha ocurrido en el último siglo y medio, intenta dignificar moralmente al socialismo y denostar al capitalismo. El éxito logrado en esta tarea se debe en buena medida a la permanente acción distorsiva del lenguaje y uno de sus elementos constitutivos, la lógica.

Esa lucha no es nueva, se viene realizando desde el siglo XIX. Se advierte en el modo en que los socialistas anglosajones se apoderaron de la palabra “liberal”, la vaciaron de su contenido original, y la convirtieron en lo opuesto de lo que siempre significó, reivindicando al mismo tiempo los valores positivos del liberalismo, pero bajo el ala de la ideología socialista. Joseph Schumpeter dijo al respecto: “Como suprema, aunque no intencionada prueba de admiración, los enemigos del sistema de libre empresa parecen haber juzgado oportuno adueñarse de su denominación” (History of Economic Analysis, Oxford, 1954). Algo similar ocurrió con la palabra “social”, que según Friedrich A. Hayek se convirtió en la principal fuente de confusión de nuestro vocabulario moral y político, al punto de haber adquirido tantos significados que terminó careciendo de todo sentido (The fatal conceit. The errors of socialism, Chicago, 1988).

Por eso no es de extrañar que un primer peldaño en la búsqueda de cambios sociales radicales sea modificar los diccionarios, y en esa batalla cultural, la izquierda latinoamericana ha sido muy exitosa. Otras tres palabras tergiversadas en pos de ese objetivo han sido: “pueblo”, “revolución” y “progresismo”.

Con un ingrediente positivista, la palabra “pueblo” pasó, de ser una referencia genérica a la gente, a significar una entidad con personalidad, voluntad y derechos, que está por encima de cualquier otro poder humano en términos políticos. El problema es que el pueblo no existe. Siempre remitirá, o bien a un grupo de personas, o a una sola que se atribuya la representación del grupo. Sin embargo, el socialismo convirtió al Pueblo en un ente supra-humano, y en su nombre ha justificado cualquier atropello a la legalidad.

El carácter “revolucionario” del socialismo es un elemento robado al liberalismo. Este último surgió como un movimiento tendiente a alzarse contra el poder estatal, para ponerle límites en nombre de los derechos superiores de cada individuo. Pero la noción socialista latinoamericana de “revolución”, en cambio, supone la lucha del grupo que aspira al poder para desplazar a quien lo detenta. Una vez que estos partidos o movimientos llegan a ocupar el gobierno, se convierten en los más autoritarios y conservadores, y persiguen con saña a cualquier oposición. Se invocan así contradictorias “revoluciones permanentes”, como la de Cuba de más de 60 años, o la chavista de más de 20. El uso de uniformes militares o terminología bélica por los gobernantes “revolucionarios”, es parte de ese folclore tendiente a hacer creer que la revolución continúa, no obstante que esos gobernantes ya tienen el poder absoluto desde hace años.

Algo similar puede decirse del concepto de “progresismo”. El discurso del socialismo latinoamericano aboga por la modernidad, el progreso y la realización del pueblo. La realidad muestra que las políticas socialistas han llevado a la miseria y imposibilidad de progreso. Como escuché alguna vez: “El progresista es al progreso, lo que el carterista es a la cartera”. Las políticas “progresistas” del socialismo han empobrecido a la población y los únicos que progresaron y se enriquecieron escandalosamente fueron los gobernantes, sus familiares, socios y amigos.

Pero la tergiversación de los conceptos permitió a los socialistas latinoamericanos invocar la condición de campeones de la moral y la libertad del pueblo, y al mismo tiempo diseñar un amplio catálogo de villanos a quienes echarles la culpa por sus futuros fracasos. El Foro ha contribuido mucho a difundir ese mensaje.

El otro aspecto destacable en la tarea del Foro es su contribución en la discusión de la estrategia para llegar al poder. Tal estrategia incluye inmediatas reformas legales y constitucionales tendientes a concentrar el poder político, económico y militar en el Presidente, y anular a los demás poderes y órganos de control. Ello se vio claramente en el caso de Hugo Chávez, quien incluso antes de asumir el gobierno tras ganar las elecciones, promovió una consulta popular para convocar a una asamblea constituyente, y el mismo día en que juró en su cargo, inició el proceso de reforma.

Estas medidas de concentración de poder político se unen a otras orientadas a acaparar el económico. Así, se buscará el inmediato control de distintas cajas de recaudación de dinero, del Banco Central y su poder de emitir billetes, del comercio interior y exterior, etc.; y una sostenida acción dirigida a restringir o eliminar la propiedad privada y sustituirla por empresas u organismos estatales.

Este conjunto de acciones, que se han visto repetidas en varios de los países gobernados por miembros del Foro de Sao Paulo, desembocan en una concentración de poder político, administrativo, militar y económico, cuyo punto culminante es lograr una reforma constitucional que garantice la reelección presidencial sin límites, y la cooptación del organismo electoral, que organiza y fiscaliza futuros comicios. Logrado eso, será muy difícil poner algún límite al gobernante.

Por supuesto que este proceso no es explicado de este modo desde el Foro. Uno de sus talentos ha sido utilizar la neolengua que ellos mismos contribuyen a crear, para explicar las bondades de que gobiernen férreamente los representantes del Pueblo, y que se evite el avance del neoliberalismo, el capitalismo y las grandes empresas, a quienes en última instancia le echarán la culpa por sus propios fracasos. Ello se ve por estos días en las manifestaciones en Chile contra la falta de “políticas sociales”, sin advertir que de los últimos 14 años, durante ocho gobernó una Presidente vinculada al Foro de Sao Paulo.

En definitiva, se están cumpliendo 30 años del inicio de un proceso de transformación de Latinoamérica, tristemente eficaz, que ha contribuido a la instalación de gobiernos autoritarios que aplican políticas empobrecedoras, y que sólo podrá contrarrestarse cuando se advierta la importancia de librar la batalla cultural e institucional que conduzca nuevamente a la limitación del poder y el reconocimiento de los derechos individuales.


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