
Era un sábado soleado en Buenos Aires. Perduraba en el aire la sospecha o la certeza de que el futuro sería un inventario de desgracias. Alguna gente me preguntaba si la derrota en octubre era inevitable y yo ponía cara de circunstancias. Como el futuro es una ficción, y como somos náufragos que el proceloso mar del pasado ha arrojado a la orilla, y como no sabía cuándo, si acaso, volvería a Buenos Aires, decidí viajar a mi pasado.
No fue una travesía larga. Mi pasado se encontraba a media hora en auto, en los extramuros al norte de la ciudad, cerca del río marrón. El conductor me habló todo el camino de cosas que ahora no recuerdo. Sólo recuerdo que se llamaba Quique y no practicaba la austeridad verbal. Las cosas espesas de la política lo tenían preocupado. Yo no tenía ganas de hablar de política. En realidad, no tenía ganas de hablar de nada.
Cuando llegamos a la plaza Pueyrredón, en el corazón de Barrio Parque Aguirre, le pedí al chofer que se detuviera y me esperase. Voy a dar un paseo, le dije. Volveré en una hora, añadí. Me preguntó si quería que me acompañase. Le respondí que prefería caminar solo por ese barrio laberíntico, de calles empedradas, por el que tantas veces había caminado extraviado, herido de melancolía, sin rumbo fijo, cuando vivía en la calle Roque Sáenz Peña, a pocas cuadras de ese vecindario intrincado, en un departamento con vistas al barrio de casas señoriales y al club de rugby donde los muchachos más apuestos se entrenaban para colisionar brutalmente entre ellos, dejando cada tanto a uno lisiado.
El aire entró en mis pulmones como un bálsamo bienhechor. No pesaba como el aire de la capital, no arañaba la garganta como el aire tóxico de Recoleta, tantas veces ultrajado por los autos y los colectivos. Caminando a paso moroso por esas calles que aún me resultaban familiares y sentía en cierto modo mías, el territorio de los afectos y las nostalgias, comprendí la superioridad de los árboles sobre nosotros, los humanos.
Aquellos árboles añosos, que tantas sombras convenientes me habían procurado cuando los visitaba cada tarde a principios de siglo, seguían allí, en pie, invictos y espigados, testigos señoriales de que el tiempo lo revuelve todo para que, al final, todo siga igual. El ombú y el algarrobo, el incienso y el coronillo, el alcornoque y el tardo, esos árboles centenarios, ven pasar a la gente, ven mudarse a la gente, ven enemistarse y reñir y reconciliarse a la gente, ven morirse a la gente, y ellos no se mueren, no se rinden, no se desploman, parecen inmortales.
Hay, además, una sabiduría escondida en la mirada de los árboles, o así me pareció entenderlo aquella tarde, mientras recorría las calles Ascasubi y Labardén, del Campo y Obligado, Cruz Varela y Hernández: los árboles, esos árboles argentinos, no dependen de los políticos, ni de los humanos en general, para sobrevivir. No votan, no leen las noticias, no se contaminan con el veneno de la política. No se angustian ni se preocupan por el futuro incierto, no aspiran a progresar ni a prosperar, no anhelan viajar ni mudarse a tierras mejores. No trabajan, no necesitan dinero, no temen al desempleo ni a la decadencia. El estado de ánimo de esos árboles que parecen inmortales es el aplomo, la invicta serenidad, el sosiego que lleva siglos. Sólo adoran a un dios, el dios de la lluvia, y a él ofrecen sus hojas y sus flores, ofrendas que caerán en otoño y serán pisadas por los humanos que caminamos a toda prisa rumbo a la muerte.
Derrotado por la elegancia tranquila y silente de esos árboles, empequeñecida mi vanidad, quieta mi lengua viperina, me senté en una banca a mirarlos. Porque esos árboles, con los que había intercambiado miradas y afectos tantos años atrás, cuando me mudé a Buenos Aires, no competían entre sí, no se afanaban por destacar o llamar la atención, ninguno aspiraba a mandar sobre los demás, a darles órdenes, a gobernar su modo de crecer y echar sombras. Los árboles son una familia de amigos nobles sin otra aspiración que la de hacerse compañía distante y sobrevivir años, décadas, siglos. Allí seguirán en pie, respirando la lluvia y el aire de San Isidro, cuando nosotros seamos polvo y olvido, el eco apagado de los pasos que recorrieron aquellas calles adoquinadas. Pasamos los humanos, quedan los árboles, salvo aquellos que son talados por los humanos más idiotas e insensibles.
A pesar de que entonces me sentía enamorado, no fueron tiempos felices los que pasé en ese barrio, tanto tiempo atrás. Me había retirado de la televisión. Estaba harto de viajar. Quería escribir una novela sobre mi padre que estaba muriendo de cáncer y sobre una empleada doméstica que cuidaba a mis hijas y que, siendo niña, había sido vendida por su madre para salvarla de la miseria, una madre humillada por la vida a la que ella, la empleada vendida, no había vuelto a ver, y no sabía si seguía con vida. Eran días terribles porque no podía dormir. Pasaba las noches en pie, tratando de escribir, comiendo helados de chocolate. A las cinco de la mañana, los vecinos alemanes del piso de arriba subían sus cortinas metálicas y comenzaban a discutir con aspereza. Yo sentía que estaba muriendo de cansancio o que estaba a punto de enloquecer o que debía suicidarme. En esas condiciones deplorables llegaba por las tardes a Barrio Parque Aguirre y me sentaba a mirar los árboles, a hablarles, a preguntarles qué carajos debía hacer con mi vida inútil. Y ellos, los árboles, me acompañaban, me confortaban: de ellos debía aprender las raras virtudes de la quietud y el aplomo, del desapego a las cosas que no son esenciales, de la independencia o prescindencia del poder y la fama, de la conveniencia de estar a solas en un mismo lugar, con un punto de vista, mirando cómo se mueven como hormigas los demás. Un escritor, me pareció entender entonces, es como un árbol, y debe aprender a estar quieto, en silencio, observándolo todo, y el dios que debe adorar es también el de la lluvia, la lluvia de las palabras y las historias que sólo caerán cuando dejemos de escuchar a los políticos y miremos al cielo esperando a que se abra y nos bañe con el agua bendita de la inspiración.
Terminado el paseo, sin saber cuándo volvería a recorrer aquellas calles tan estimables, esquivando la tentación bastarda de tomar una sola foto, regresé al auto y le pedí a Quique que me llevase de vuelta al hotel. El conductor habló apasionadamente todo lo que no me habían hablado los árboles. Yo lo oía, pero no lo escuchaba. Estaba absorto, ensimismado, sobrecogido por ese viaje al pasado. Quince años después, mi padre estaba muerto, la madre de la empleada doméstica estaba muerta, mi novela había sido publicada y estaba muerta, mi amor por una criatura enjuta de origen argentino estaba muerto, pero los árboles y yo seguíamos vivos, en pie, resistiendo las tormentas, aguardando la lluvia, hablándonos en el improbable comercio verbal que entrelazaba a un ombú centenario con un peruano sin patria ni futuro.
Horas más tarde, ya de noche, cuando el avión despegaba de regreso a casa, a la isla en la que vivo, donde no hay tantos árboles como palmeras, unas palmeras que parecen livianas y frívolas por comparación con los circunspectos árboles argentinos, me invadió una tristeza profunda porque sentí que tal vez pasaría mucho tiempo sin que volviera a Buenos Aires, a Recoleta, a Barrio Parque Aguirre, a hablar con esos árboles que me salvaron la vida. Pero enseguida me sobrepuse: recordé que no debía inquietarme ni alarmarme por las cosas pasajeras de la política y debía vivir como viven los árboles, con la austeridad y el aplomo del que acepta su suerte tranquila y se contenta con esperar de pie la próxima lluvia. Siempre habrá una próxima lluvia, siempre habrá un árbol dando sombra, acaso seremos inmortales imitando la sabiduría de los árboles y olvidando a los charlatanes de la política.
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