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Vivo en Maryland y mando a mis hijos a escuelas públicas de Maryland, a un paso de Washington DC. La secundaria Great Mills queda a un par de horas en auto, hacia el sureste. Hoy tocó allá, demasiado cerca esta vez, y el impacto nos sacude a todos. Los padres corremos a prendernos de las noticias, tratando de entender y calibrar el peligro.

Pero no hay nada que entender en medio del espanto. Es algo aleatorio: la tragedia a manos de un desquiciado con armas de fuego puede golpear en cualquier momento y en cualquier lugar.

Hay una rueda de la desgracia que gira descontrolada y nadie parece hacer mucho por detenerla.

Seguramente en la secundaria Great Mills en las últimas semanas les hablaron a los alumnos sobre la tragedia de Parkland, en Florida, el día de San Valentín, donde 17 personas fueron asesinadas por un ex alumno armado hasta los dientes. En todas las escuelas del Estado lo hicieron.

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Desde los condados de Maryland -como en los de todo el país- se bajaron directivas para que las medidas de seguridad sean reforzadas, los chicos participaron de simulacros de situaciones de emergencia y los padres fueron invitados a hablar con sus hijos sobre el tema.

Para los más chiquitos la amenaza fue traducida a lenguaje de cuento: "Imaginen que viene un lobo…". Seguramente, también, los alumnos de Great Mills High School marcharon la semana pasada dentro o fuera del colegio para que las víctimas de la matanza en Florida no sean olvidadas y para demandar más controles a la tenencia de armas.

Frente al Capitolio fueron dejados 7000 pares de zapatos, ordenados en filas, una imagen contundente y un número que espanta: son los menores muertos en tiroteos en Estados Unidos desde el año 2012.

El reclamo de los compañeros de las víctimas en Florida se hizo viral, como corresponde a la época.

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Cobró fuerza y llegó a todos los rincones del país. Habrá más protestas en los próximos días y la capital norteamericana será el epicentro. La decisión de hacer algo para frenar la locura, entendieron bien los jóvenes, pasa por influir en la política. Y es en ese terreno donde pulsean ahora contra los fabricantes de armas y el poderoso lobby de la NRA, la Asociación Nacional del Rifle.

El presidente Donald Trump recibió a un grupo de alumnos de la escuela de Parkland en la Casa Blanca y les dijo que "escuchó su mensaje". Hoy ese mensaje volvió a resonar. Fueron tres los heridos, según se informa, pero podría haber sido un desastre mucho mayor.

Los chicos sienten que están en la línea de fuego y ya no quieren escuchar aquello de "nuestros pensamientos y oraciones están con ustedes".

Exigen acciones concretas. Prohibiciones para lo que debería estar prohibido hace mucho tiempo. La pregunta que hacen es sencilla y dramática a la vez: ¿cuántos más tienen que morir antes de que se haga algo al respecto?

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