
La brutal y sangrienta represión de la revuelta iraní ha consolidado, según Roger Boyes, una inquietante verdad: el mayor beneficiario de la represión en Irán es la máquina de persecución digital china. Boyes identificó una alianza crucial entre el régimen de Beijing y Teherán que, gracias al flujo de nuevas tecnologías de vigilancia, sofocó las protestas “en un abrir y cerrar de ojos”. Apuntó como prueba definitiva: “Las órdenes de disparar a matar, las más de 16.000 bolsas para cadáveres y el silencio de cementerio”.
La columna publicada en The Times sostiene que el verdadero ganador de este “sangriento y desigual enfrentamiento” es el modelo de represión digital de China, replicado minuciosamente por la Guardia Revolucionaria iraní y pieza central de lo que Boyes denominó el “eje Dragón-Mullah”.
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El acuerdo bilateral firmado en 2021 marcó el inicio de un pacto tecnológico y de seguridad de 25 años: desde entonces, cámaras inteligentes fabricadas en China y herramientas cibernéticas de control han inundado las ciudades iraníes, “diseñadas para pulir la capacidad de Irán para controlar a su creciente población de la Generación Z”.
Boyes resaltó el alcance de la represión: en enero, el alzamiento fue nacional, se extendió a 207 ciudades y pueblos e involucró a todas las clases sociales tras el desastre sufrido por la élite política tras la explosión en las instalaciones nucleares de Irán. A juicio del analista, la “Internacional Iliberal” —cuyo núcleo identificó en China, Rusia y Corea del Norte—, celebró la preservación del régimen gracias a la importación de los métodos chinos.
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Uno de los momentos más emblemáticos para Boyes fue el “video de un manifestante vestido de negro, tambaleándose sobre una viga sobre la autopista de una ciudad”, cuya misión era inutilizar una de las cámaras de tráfico habilitadas con “tecnología china capaz de enviar datos de reconocimiento facial a un centro de control en Teherán”. Afirmó: “Estos equipos se enlazan con bases de datos nacionales de identificación, rastrean movimientos y pueden predecir patrones de conducta en tiempo real”.
Para el autor, esta inteligencia, corazón disruptivo de la “máquina iraní”, opera con una eficacia aún mayor en China, donde un “enorme volumen de datos personales alimenta un complejo sistema de modificación de comportamientos”. Aunque Irán carece de la capacidad para procesar semejante cantidad de datos, la frecuencia de intercambios entre el jefe de la Policía nacional Ahmad-Reza Radan y el ministro de Seguridad Pública chino Wang Xiaohong —especialmente en su última reunión en diciembre, apenas semanas antes de la revuelta— revela la “ansiedad de Teherán por absorber el conocimiento del líder de la industria”.
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Parte sustancial de esta colaboración, sostuvo Boyes, consiste en desentrañar las redes de protesta, sus medios de comunicación y las formas de liderazgo hacia objetivos específicos.
Destacó que estas temáticas integran el currículo del Programa de Formación Avanzada para Oficiales de Policía en la Universidad de Seguridad Pública del Pueblo de China, donde participan agentes de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní en ejercicios prácticos.
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Tras su regreso a Irán, “son ascendidos rápidamente y, presumiblemente, presionan para acceder a la tecnología china que les permite ejecutar su agenda”: cámaras con reconocimiento facial y sistemas de inteligencia artificial “capaces de señalar agrupaciones étnicas o demográficas”. El propio Boyes recordó que ciertas prácticas como “el filtrado de contenido supuestamente sospechoso en internet” ya eran aplicadas por Teherán antes del pacto formal, lo que demostró su afinidad previa con las herramientas de vigilancia.
Boyes enfatizó que la autoridad de China entre los regímenes autoritarios se funda en dos pilares: su “capacidad de probar estos modelos en tiempo real a gran escala —en Tíbet, contra los uigures en Xinjiang y en Hong Kong—” y el dominio mundial de compañías como Hikvision, Zhejiang Dahua y Tiandy Digital Technology, que cuentan con clientes desde Etiopía hasta Myanmar y ofrecen, además de equipos, programas de formación y asistencia específica.
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El despliegue de estos recursos tecnológicos, argumentó el editorialista de The Times, es parte esencial de la Iniciativa de Seguridad Global de Xi Jinping, lanzada en 2022. Detalló que este programa “ofrece ayudar a gobiernos a combatir el crimen —¿quién podría objetar?—, pero también a conservar el poder mediante la persecución de críticos subversivos”.
Xi Jinping convocó incluso un foro de seguridad internacional que aspira a convertirse en la réplica “iliberal” a la Conferencia anual de Seguridad de Múnich, símbolo occidental. La propuesta de Beijing, según Boyes, es una “diplomacia de seguridad sin valores”. Planteó que los acuerdos sellados en ese entorno podrían tener impacto mundial: “Imaginen los pactos que se podrían forjar allí”.
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La pregunta de Boyes sobre cómo opera el eje Dragón-Mullah en la práctica se responde con hechos: el corte de internet sigue vigente y la represión bajo esta “oscuridad digital” permite que “cientos de personas sigan siendo arrestadas”, mientras la mayoría de la resistencia se ha desplazado al ámbito clandestino. Explicó que la función de las cámaras con reconocimiento facial, aun vinculadas a una base de datos nacional incompleta, “es que los sospechosos pueden ser detenidos en sus domicilios días, incluso semanas después de que las cámaras los hayan identificado”.
Según el análisis de The Times, la guerra digital contra la propia ciudadanía permitió acortar dramáticamente el “momento revolucionario de este mes”: restringió la organización de los manifestantes, su comunicación en tiempo real y la difusión internacional de su mensaje. Si bien no había asesores chinos en el terreno, “Beijing salvó al ayatollah de un escape humillante”.
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Boyes remarcó que “la destreza técnica no elimina las causas del descontento”. Sostuvo que solo un “buen gobierno” puede enfrentar la miseria causada por la sequía, que únicamente una “economía saludable” restaura la confianza de los inversores y que “solo el verdadero liderazgo puede llevar a Irán a la conclusión racional de que fabricar armas nucleares condena a la región a una inseguridad permanente”. Alertó finalmente sobre una verdad central: ante la carencia de estas cualidades, el poder teocrático tambaleante “debe confiar en la caja de herramientas represiva que ofrece China”, mientras concluyó: “Los iraníes merecen algo mejor”.
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