
El caso de Ben Giles es un ejemplo singular de cómo la casualidad y la adaptación pueden transformar una actividad ordinaria en un negocio multimillonario. Giles, originario del oeste de Gales y criado en una familia de granjeros autosuficientes, nunca imaginó que sus días limpiando ventanas marcarían el inicio de una de las empresas más reconocidas en la limpieza de escenas extremas y crimen en el Reino Unido.
Según publicó BBC, Dejó la escuela a los 16 años con la certeza de que no deseaba ir a la universidad y su intención de permanecer en su región lo llevó a optar por la limpieza de vidrios como primer empleo.
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La vida de Giles dio un vuelco cuando recibió una solicitud fuera de lo común: un cliente, responsable de una propiedad vacía durante 10 años en el área de Cardigan, le pidió hacer una limpieza total. El lugar presentaba un estado deplorable, con una bañera y un inodoro repletos de heces, una cocina cubierta de suciedad y el suelo infestado de pulgas. Sin apenas más protección que una mascarilla de poliéster, se enfrentó a un hedor abrumador que provocó el vómito de uno de sus ayudantes en pleno trabajo.
Frente a esa escena, Giles facturó al cliente 2.664 dólares y recibió el pago sin cuestionamientos. “Pensamos: ‘Si pudiéramos ganar tanto dinero con esto, ¿qué sería lo peor que podríamos limpiar?’. Al final, limpiaríamos cualquier cosa”, recuerda.
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Movido por esa experiencia, Giles y su equipo se plantearon nuevos retos, lo que comenzó con dos o tres trabajos al mes pronto se multiplicó hasta llegar a cifras de entre 50 y 100 trabajos semanales. Pronto, la policía y distintas instituciones buscaron sus servicios para restaurar la normalidad en escenas marcadas por el crimen y la tragedia.
De manchas comunes a retos extremos

El salto profesional de Ben Giles de la limpieza convencional de suciedad doméstica a escenarios impregnados de sangre, tejidos humanos y desechos biológicos no fue sencillo ni inmediato.
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El primer caso que lo marcó ocurrió en una vieja casa de campo, donde el cadáver de un hombre permaneció dos meses sin ser hallado. De acuerdo con BBC, Al abrir la puerta, Giles y su equipo fueron recibidos por un enjambre de moscas y un insoportable olor a descomposición.
Los fluidos corporales habían traspasado la alfombra, los listones del suelo y llegado hasta el hormigón. “Abrimos la puerta y un enjambre de moscas azules pasó volando junto a nosotros. No teníamos ni idea de si portaban algún patógeno y tuvimos que intentar extraer fluido corporal de ocho semanas del hormigón”, relata.
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Recuerda con ironía haber utilizado Vicks en la nariz para soportar el olor, mientras uno de sus colaboradores intentaba disimularlo introduciendo cáscara de naranja en su mascarilla, con resultados fallidos: “Recuerdo que nos estábamos poniendo Vicks debajo de la nariz; un chico tosió y dos trozos de cáscara de naranja salieron disparados de su mascarilla. Se había puesto cáscara de naranja para intentar disimular el olor”.
A medida que fueron aceptando tareas más extremas, Giles se inició formalmente en la limpieza de riesgos biológicos, aunque reconoce que su primera “acreditación” en el sector se limitó a limpiar salsa de tomate de un escritorio en el año 2000: “Lo describí como divertidísimo, ya que no reflejaba en absoluto el trabajo que realmente iba a desempeñar”. Giles y su equipo han abordado limpiezas impensables para la mayoría: desde un baño atiborrado de heces hasta el desmontaje y eliminación de una ballena de 20 toneladas. “No hemos rechazado ningún encargo; al final, limpiaríamos cualquier cosa”, señala.
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Técnicas, método y sobrellevar lo inimaginable

Aunque la mayoría de las limpiezas exigen disolventes y desinfectantes potentes, Giles ha confiado en técnicas simples y efectivas. Para manchas de alfombra, su método preferido consiste en aplicar detergente en polvo o líquido y agua tibia, seguido de movimientos circulares con un vaso de cristal para levantar la suciedad hacia el interior del vaso y luego retirarla fácilmente.
“Aplica con toques suaves y luego coge un vaso de cristal y frota la mancha con movimientos circulares, sujetando la base del vaso con la palma de la mano y la boca abierta sobre la alfombra. El movimiento de rotación levanta la mancha hacia el vidrio y se puede limpiar el interior del vidrio para eliminar los residuos acumulados”, explica.
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Sin embargo, los desafíos físicos del trabajo son menores comparados con el peso emocional. Giles asegura que “reprime y reprime” el impacto de lo que ve para poder realizar su labor. Escenarios como la limpieza de sangre tras un ataque doméstico o la atención de lugares donde han ocurrido muertes violentas lo han marcado profundamente.
“En toda mi vida, nunca había visto algo tan violento”, reconoce sobre el caso de una mujer brutalmente maltratada por su esposo. Admite que en momentos así debe “ponerse la gorra de trabajo”, forzándose a centrarse y dejar para después las emociones: “Ha habido momentos así en los que he tenido que ponerme la gorra de trabajo y hacerlo, sabiendo que es mi trabajo, simplemente tengo que hacer esto y poder irme. Lo aprieto y lo empujo hacia abajo”.
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Entre sus estrategias para afrontar el trauma, Giles menciona actividades que le conectan con la naturaleza: caminar por la playa, jugar al golf o pasar tiempo acariciando a sus vacas de las Highlands. Solo al escribir su autobiografía permitió aflorar las emociones largamente contenidas, admitiendo sobre ese proceso: “Fue como si todas las emociones afloraran. No lo llamaría terapia, ya que no puedo decir que me siento mejor, pero las dejé salir”.
Expansión y respaldo emocional
El éxito del negocio convirtió a Giles en formador de otros profesionales. Ha entrenado a unas 3.500 personas, siempre advirtiendo que no es una tarea apta para cualquiera y que resulta difícil dejar el trabajo en la oficina: “No es un trabajo para todos”, aclara.
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Además, remarca la necesidad de contar con soporte emocional y ahí, su familia juega un papel decisivo. Giles reconoce a su esposa Lindsey y a sus hijos como su “refugio”, el espacio seguro donde puede desligarse, aunque sea temporalmente, de una realidad laboral marcada por la muerte, la violencia y el dolor ajeno: “Sabía que, pasara lo que pasara en el trabajo, al llegar a casa me encontraba en un refugio con gente a la que quiero y que me quiere”.
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