El primer ministro François Bayrou advirtió que la deuda francesa ha alcanzado un nivel crítico. Tan crítico, de hecho, que puso su cargo sobre la mesa y convocó una moción de confianza para demostrarlo: si este lunes el Parlamento rechaza su plan de austeridad, Bayrou deberá renunciar.
El líder centrista asegura que la crisis institucional que se aproxima tras su muy probable dimisión es un riesgo que está dispuesto a asumir para que “los franceses tomen conciencia” del gran problema fiscal que arrastra el país desde 1974. Insiste que “la cuestión del 8 de septiembre tiene poco que ver con el destino del primer ministro y mucho más con el destino de Francia”.
Pero parece que ni su discurso existencial y sacrificial, ni el déficit de 3,3 billones de euros bastan para que los franceses y los diputados apoyen su ambicioso ajuste de 44.000 millones de euros.
Una inusual alianza de socialistas, izquierdistas, y ultraderechistas anticiparon que se unirán para rechazar el plan presupuestario que incluye reducir empleos en la administración pública, recortar miles de millones de euros en atención médica, y suprimir dos días festivos.
Marine Le Pen, referente de Agrupación Nacional, y Jean-Luc Mélenchon, líder de La Francia Insumisa, lo acusan de “mentiroso” y de confundir cifras y argumentos. Incluso Boris Vallaud, jefe del grupo parlamentario socialista, cuyo apoyo era considerado clave, reiteró: “Necesitamos cambiar la política y, para ello, necesitamos cambiar de primer ministro”.
Las encuestas ciudadanas reflejan el mismo repudio: un 76% considera ineficaz su proyecto para reducir la deuda pública, y hasta un 69% desea la salida de Bayrou junto con la convocatoria de nuevas elecciones legislativas. The Guardian señaló que el político de 74 años se ha convertido en el primer ministro francés más rechazado desde el inicio de la Quinta República en 1958.
El póker de Bayrou: ¿estrategia o verdad?
La moción de confianza podría ser parte de una gran estrategia para forzar al Parlamento a dar luz verde a un plan que, de otro modo, sería imposible aprobar. Tras la escandalosa dimisión del ex primer ministro Michel Barnier hace menos de un año, Bayrou confía en que nadie elegirá el caos político por encima de él. “Definitivamente no me estoy despidiendo”, afirmó en una entrevista unos días atrás.
Otra alternativa es que él mismo esté detrás de su cuenta regresiva, decidido a renunciar y ser recordado en los libros de historia con dignidad, como el hombre que sacrificó su carrera por el bienestar de su pueblo.
Tras haber fracasado en las elecciones presidenciales de 2002, 2007 y 2012, podría ser también que Bayrou esté pensando en los comicios de 2027, con la esperanza de que para entonces los votantes reconozcan que siempre tuvo razón y, por fin, alcance su tan ansiado sueño.
O capaz, más allá de cualquier cálculo, su decisión sea en verdad un intento por “escapar de la inminente maldición de la deuda” que tanto denuncia.
¿Qué pasará mañana?
La única certeza es que, pase lo que pase este lunes en la Asamblea, Francia se encamina a la inestabilidad. Si, contra todo pronóstico, Bayrou gana, el 10 de septiembre enfrentará un amplio malestar social en forma de protestas masivas bajo el lema ‘bloquear todo’. En cuanto a la sociedad, la victoria implicaría, además de inminentes medidas de austeridad, un primer ministro que acaba de concentrar en sí mismo un poder —y un ego— peligrosos.
Si pierde, toda responsabilidad recaerá sobre el presidente Emmanuel Macron, quien podrá optar por nombrar a un nuevo primer ministro, convocar elecciones anticipadas o, como anhela más de dos tercios de la sociedad, presentar él mismo su renuncia.
Francia es el tercer país más endeudado de la Unión Europea, con un una deuda superior al 114% de su producto interior bruto. El dirigente centrista advirtió que la deuda crece “5.000 euros por segundo” y alertó que, sin disciplina fiscal, podría desembocar en un colapso similar al de Grecia en 2015.
El mero anuncio de la moción bastó para hundir la bolsa de París, arrastrar a los bancos franceses y encarecer el endeudamiento. Ahora, Macron deberá hallar un nuevo defensor de la austeridad capaz de convencer a los mercados de que Francia aún puede contener una crisis.
Al arriesgar su cargo, Bayrou lanza un desafío directo al Parlamento: obliga a sus adversarios de izquierda y de extrema derecha a calcular si están dispuestos a cargar con la responsabilidad de derribar a un gobierno minoritario en plena presión de los mercados y en medio de un caos económico y social. Pero el verdadero desafío no es Bayrou, sino la deuda que amenaza con devorar a Francia.
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