
En la región de Alsacia, al noreste de Francia, una investigación reciente reveló un capítulo violento y poco conocido del Neolítico europeo. Publicado en Science Advances, el trabajo identificó fosas funerarias de más de seis mil años de antigüedad con restos humanos que mostraron evidencia de violencia extrema, incluidas mutilaciones y amputaciones vinculadas a prácticas de guerra y obtención de trofeos humanos.
Estos hallazgos cuestionaron la hipótesis de una prehistoria pacífica y sugirieron que la brutalidad y la deshumanización del adversario formaron parte de la vida cotidiana en ciertos grupos neolíticos.
Las excavaciones en los yacimientos de Achenheim y Bergheim permitieron localizar fosas circulares utilizadas para depositar al azar los restos de varios individuos. En el pozo 124 de Achenheim y el pozo 157 de Bergheim, los arqueólogos descubrieron esqueletos completos o casi completos junto a segmentos amputados de extremidades superiores izquierdas.
Los análisis osteológicos revelaron múltiples traumatismos sin señales de curación y daños que superaron lo necesario para causar la muerte. Algunos huesos presentaron fracturas y cortes que evidenciaron la extracción deliberada de miembros como trofeos, práctica que, según los autores, representa uno de los ejemplos más antiguos y mejor documentados de celebraciones de victorias marciales en la prehistoria europea.

Origen y dieta: revelaciones de los análisis isotópicos
Para descifrar el origen y la identidad de las víctimas, el equipo encabezado por Teresa Fernández-Crespo empleó un enfoque multiisotópico innovador. Se examinaron muestras de dientes y huesos de 82 individuos, tanto víctimas de violencia como enterrados con tratamiento normativo.
Los datos mostraron diferencias significativas entre ambos grupos. Las víctimas presentaron valores isotópicos que indicaron una dieta distinta, mayor movilidad infantil y procedencias geográficas diversas, en comparación con los no víctimas cuyo perfil resultó compatible con una vida local y estable.
En particular, los análisis de isótopos de nitrógeno y azufre demostraron que las víctimas de Bergheim consumieron más proteínas animales o padecieron niveles de estrés fisiológico superiores. La variabilidad en los valores de azufre indica su origen en entornos heterogéneos.
Además, los cambios detectados en las proporciones de estroncio en los dientes de las víctimas señalaron una movilidad infantil elevada, lo que refuerza la hipótesis de que estos individuos no eran originarios de la región. El estudio sostiene que estos datos apoyan la interpretación de que los fallecidos pertenecieron a grupos invasores capturados y asesinados por las comunidades locales, y que sus extremidades amputadas se exhibieron como trofeos de guerra.
Violencia, guerra y rituales de deshumanización
Los investigadores afirman que la coexistencia de esqueletos completos y miembros amputados en las mismas fosas solo se explica en un contexto de guerra de conquista. Los trofeos humanos, como brazos y manos, se extraían de los enemigos abatidos en batalla para ser expuestos en el asentamiento y finalmente depositados en ceremonias rituales.
En ocasiones, los enemigos capturados vivos eran ejecutados con exceso de violencia y expuestos ante la comunidad, como parte de ceremonias de triunfo para reforzar la solidaridad grupal y la imagen de alteridad del enemigo. La ausencia o dispersión de huesos de las manos en la base de las fosas sugiere que podrían haberse conservado durante cierto periodo antes del enterramiento final, lo que aportó una dimensión ritual y simbólica a estas prácticas.
El periodo descrito coincidió con cambios culturales intensos en el valle del Alto Rin, marcados por la llegada de grupos de la cuenca de París, el reemplazo de tradiciones locales y episodios de conflicto armado. Evidencias de fortificaciones, grandes asentamientos y violencia organizada indican que la guerra y la conquista definieron la vida de las comunidades neolíticas de la región.

El equipo de Fernández-Crespo sostiene que la violencia pudo legitimarse por creencias religiosas y la deshumanización del enemigo, mecanismos que facilitaron la justificación comunitaria de la brutalidad y el asesinato.
Según los autores, “las víctimas pueden haber cumplido objetivos espirituales, como servir de alimento y fuerza laboral para los antepasados o deidades, legitimar la autoridad política a través de la brutalidad y rendir tributo a la gloria”, señalaron los investigadores.
El estudio destaca que el retrato deshumanizado del enemigo, presentado como depravado y merecedor de cruel trato, facilitó la desvinculación moral necesaria para que la comunidad apoyara la violencia.
Metodología e implicancias para la interpretación histórica
La investigación utilizó análisis multiisotópico de restos óseos y dentales humanos, animales y vegetales, mediante espectrometría de masas para medir isótopos de carbono, nitrógeno, azufre, oxígeno y estroncio. Esto permitió reconstruir la dieta, la movilidad y la procedencia de los individuos.
El muestreo siguió estrictos protocolos de conservación y contó con el respaldo de instituciones arqueológicas locales, asegurando la integridad de los restos y la posibilidad de replicar los análisis en el futuro.
Los hallazgos llevan a replantear la visión idealizada del Neolítico como una era de paz. La violencia organizada, las mutilaciones y la celebración de victorias marciales formaron parte de la realidad cotidiana de estas comunidades. Los autores subrayan que el temor a un enemigo demonizado constituyó un poderoso factor para mantener e intensificar la violencia, fenómeno que perdura en la historia humana.
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