
Con 22 años, Tom Hart Dyke soñaba con encontrar una orquídea inédita nunca antes descubierta y ponerle el nombre de su abuela, pero ese anhelo lo llevó a vivir una experiencia extrema que transformó su vida para siempre. Al iniciar el año 2000, junto a Paul Winder, un banquero mercantil de 29 años, Hart Dyke se internó en las selvas que dividen Panamá y Colombia. Ambos sabían de los peligros: animales salvajes, traficantes y los grupos insurgentes que protagonizaban la guerra civil. Ignoraron las advertencias del gobierno británico y partieron sin mapas, energizados por la pasión botánica y el impulso de la aventura.
En las primeras jornadas de la travesía, se dejaron asombrar por el follaje selvático. Según detallaron tiempo después en una entrevista con BBC, avanzaban confiados, pese a la hostilidad del terreno y la escasez de recursos. “El follaje que nos rodeaba era maravilloso... era el más intimidante pero hermoso lugar, y no había nadie alrededor”, relató Hart Dyke. En ese entorno inhóspito, rechazaron la ayuda de posibles guías hasta que, cerca de Colombia, encontraron a Carlos y a su amigo, quienes se ofrecieron como guías y terminaron siendo indispensables cuando el camino se complicó.
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Durante dos días, las orquídeas se convirtieron en la gran motivación. “Las maravillosas orquídeas que colgaban de los árboles entraron en juego: cualquier pensamiento de peligro simplemente se disipó”, reconoció. Pero la aventura dio un giro el 16 de marzo, cuando tres jóvenes los abordaron a pocos minutos de cruzar a Colombia. Armados con rifles M16 y AK-47, los redujeron junto a sus guías, dando inicio a nueve meses de cautiverio en manos de la guerrilla.

El secuestro marcó una etapa de supervivencia y resiliencia. Según consignó The Guardian, los captores pidieron inicialmente 5 millones de dólares de rescate por cada uno, aunque la exigencia nunca avanzó. Las condiciones alternaban entre cuidados básicos y momentos de peligro extremo.
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A Winder le otorgaron antibióticos cuando tuvo una infección en su pie, y en ocasiones bromeaban con los captores sobre cuánto peso ganaron por la dieta de carne y bananas. No obstante, la marcha forzada, el terreno difícil y el estrés se acumulaban. “No estamos acostumbrados a ese ambiente. Ellos eran muy fuertes y no siempre podíamos seguirles el ritmo”, comentó Tom a BBC.
El elemento que mantuvo en pie a Hart Dyke fueron las plantas. Incluso durante el encierro, su interés científico prosperó: “Me dejaban ir en patrullas armadas para traerlas al campamento. Hice jardines de orquídeas en cautiverio, y cada una, hasta donde yo sabía, era completamente nueva para la ciencia”. Las colecciones ambulantes terminaron cuando la paciencia de sus captores se agotó y le prohibieron perder tiempo con las plantas.
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La convivencia con los guerrilleros fue impredecible. Aunque en varios momentos lograron establecer una relativa cordialidad, en otros padecieron amenazas y miedo absoluto. Un día les anunciaron que los matarían y los confinaron en chozas separadas. Hart Dyke experimentó entonces una desconexión de la realidad y se aferró a la idea de crear, algún día, un jardín propio. “Fue una fantasía que no solo me salvó la mente, me salvó la vida, no solo ese día, sino los que siguieron”.

Tras unas duras seis semanas de traslados forzados, los rebeldes les permitieron marcharse, devolviéndoles sus pertenencias y US$1.500 en cheques viajeros a Paul. “Si alguna vez regresan o traen a alguien aquí, los torturaremos a ustedes y a sus amigos y los ejecutaremos”, les advirtieron. Cuando creían que la pesadilla había terminado, otra facción armada los detuvo. Finalmente, tras explicar la situación, los dejaron ir de nuevo, pero una elección errónea de ruta los sumergió en un pantano, agotados física y mentalmente.
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Allí, volvieron a caer detenidos, pero una vez esclarecida la confusión les indicaron el rumbo correcto. Horas después, encontraron dos guardaparques que los ayudaron a comunicarse con la embajada británica. Al principio, nadie podía creer su supervivencia: “Nunca había visto un caso como el nuestro. Sencillamente no podían creer que estábamos vivos”, relató Tom.
El rescate fue inmediato. Una lancha de la Cruz Roja, vehículos blindados y un avión privado los trasladaron a Bogotá. El 21 de diciembre, Tambos volvieron a casa, justo para Navidad, aunque las secuelas emocionales perduraron. “Pasé dos semanas en mi cama”, contó Tom sobre su regreso.
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En enero, al revisar su diario de la selva, recordó la visión que le dio sentido en el cautiverio. Cinco años después, concretó ese sueño y abrió The World Garden en la residencia familiar, donde hoy cultiva unas 8.000 especies y recibe aproximadamente 10.000 visitantes por año. El jardín también alberga el Penstemon Crac’s Delight, una especie que halló más tarde en México y que bautizó en honor a su abuela, llamada cariñosamente Crac.
Hart Dyke reflexionó sobre la huella que Colombia dejó en su vida: “Colombia me hizo quien soy. Me hizo darme cuenta de que debo vivir cada día al máximo”.
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