Mientras un avión sobrevuela la Franja de Gaza bajo un cielo azul despejado, pequeños paquetes de ayuda humanitaria caen lentamente suspendidos por paracaídas. Desde el suelo, decenas de personas corren hacia la zona de aterrizaje. A cada paso levantan una nube de polvo que se eleva y se mezcla con el aire seco, enturbiando brevemente la claridad del cielo. Los paracaídas descienden con lentitud, pero en tierra todo es velocidad: la necesidad empuja los cuerpos hacia adelante, sin tregua.
Con cada paquete que cae, crece la tensión. Cientos de personas —en su mayoría hombres jóvenes— se abalanzan hacia la carga. Algunos tropiezan, otros se empujan, se montan unos sobre otros tratando de llegar primero. Cuando los paquetes tocan el suelo, estalla el caos. Manos que agarran, cuerpos que empujan, gritos, forcejeos. Una multitud desenfrenada gira en torno a un solo punto donde puede haber harina, arroz, alguna conserva.
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En medio del tumulto, se escuchan disparos. Nadie sabe si provienen de soldados, de bandas armadas o de personas intentando dispersar a la multitud. Algunos se agachan por reflejo. Otros siguen corriendo. La comida está ahí, a la vista, a pocos metros, y eso lo cambia todo.
Un hombre logra levantar una caja sobre su cabeza. Corre algunos pasos, pero lo alcanzan. Lo rodean. La caja desaparece en la pelea. Vuelan manotazos, gritos, algunos golpes con palos. Alguien saca una lata. Otro huye con una bolsa. Algunos se quedan tirados en el suelo. Uno de ellos es Muhammad Musa, desplazado gazatí. Con la voz temblorosa, cuenta que casi muere aplastado: “Si no fuera por la gente buena que me levantó de debajo, ni yo ni esta lata hubiéramos sobrevivido”.
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Las escenas, registradas en un video reciente, muestran con nitidez la desesperación por un puñado de comida. El lanzamiento aéreo de ayuda humanitaria —una medida adoptada para intentar esquivar el colapso de la distribución terrestre— no cambia lo esencial: el hambre. Ya sea frente a un camión, en un cruce fronterizo o bajo un paracaídas, la reacción de la población es la misma: correr, arriesgarse, empujar, sobrevivir.
Desde marzo, cuando Israel suspendió las importaciones tras el fin de un alto el fuego, la situación humanitaria en Gaza se agravó drásticamente. Los camiones que intentan ingresar son frecuentemente interceptados por bandas armadas o por multitudes desesperadas. Algunos son saqueados. Otros, como en el caso ocurrido en Nuseirat esta semana, terminan volcados sobre la gente: murieron al menos 20 personas.
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El 29 de julio, un conductor de ayuda humanitaria, Ashraf Selim, padre de ocho hijos, fue alcanzado por una bala mientras conducía. Su cuerpo llegó sin vida al hospital Shifa, con un disparo en la cabeza. Otro conductor, Ali al-Derbashi, renunció tras haber sido emboscado. Le robaron el combustible, las baterías, el celular y le dispararon a las ruedas del camión. “Ponemos nuestras vidas en peligro por esto. Dejamos a nuestras familias dos o tres días cada vez. Y ni siquiera tenemos agua ni comida”, dijo.

La ONU ha advertido que Gaza se enfrenta a una emergencia alimentaria sin precedentes. Más de 100 organizaciones humanitarias alertan sobre el riesgo de hambruna masiva. Según cifras del Ministerio de Salud de Gaza, al menos 193 personas han muerto por desnutrición, entre ellas 96 niños. La ONU estima que el 90 % de los 2,1 millones de habitantes de Gaza ha sido desplazado al menos una vez desde el inicio de la guerra.
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La ayuda humanitaria llega por tierra y por aire, pero sigue siendo insuficiente. El ejército israelí anunció la apertura de corredores humanitarios y la implementación de “pausas tácticas localizadas” para facilitar el paso de la ayuda. También se autorizan lanzamientos aéreos como el que se muestra en el video. Pero en cada modalidad, la distribución en tierra termina envuelta en caos, violencia o colapso.

El conflicto comenzó el 7 de octubre de 2023, cuando Hamas lanzó un ataque masivo contra el sur de Israel, que dejó 1.219 muertos y 251 secuestrados, según cifras oficiales israelíes. La ofensiva de represalia por parte de Israel ha dejado hasta el momento más de 61.000 muertos en Gaza, según el Ministerio de Salud del enclave, cuyas cifras son consideradas confiables por la ONU.
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En medio de esa devastación, las imágenes de la gente corriendo detrás de un paracaídas con comida muestran un drama que no necesita subtítulos. No importa desde dónde llegue la ayuda. Mientras caiga del cielo o llegue en camiones, lo que se repite es la misma escena: el hambre transformado en estampida.
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