
Elise Baynard tenía 21 años cuando su vida cambió de repente. Hasta enero de 2020, nunca había tenido problemas para comer, pero de un día para otro empezó a sentir que sus alimentos se atascaban en su pecho. Al principio, pensó que era algo pasajero. Su médico le diagnosticó reflujo ácido y le recetó medicación, pero el problema no desapareció. En cambio, empeoró.
En poco tiempo, comer pan o pasta se convirtió en una lucha y, más adelante, incluso los líquidos comenzaron a provocarle náuseas. Llegó a vomitar hasta 63 veces en un solo día.
Cuatro años después, Elise, una trabajadora sanitaria, sigue sin poder comer como una persona común. La única forma en que puede ingerir alimentos sin riesgo de asfixia es estando de pie, permitiendo que la gravedad ayude a su cuerpo a procesarlos. Cualquier error la hace devolver lo poco que ha logrado tragar. Finalmente, en noviembre de 2024, tras años de frustración y diagnósticos erróneos, un especialista en le dio un nombre a su sufrimiento: acalasia, un trastorno raro que impide que los músculos del esófago se contraigan correctamente.
Años de diagnósticos fallidos y un deterioro constante
Los primeros síntomas fueron sutiles. Al principio, la mujer solo sentía una leve presión en el pecho, pero rápidamente la dificultad para tragar se hizo más evidente. Su médico de cabecera le recetó antiácidos, convencido de que se trataba de reflujo gastroesofágico, una afección común. Sin embargo, la medicación no tuvo efecto.
Con el tiempo, la joven comenzó a notar que ciertos alimentos quedaban atascados en su garganta, especialmente el pan y la pasta. Luego, el problema se extendió a otros sólidos y, más tarde, incluso al agua. Su peso cayó drásticamente hasta alcanzar los 44 kilogramos. Cada intento de comer se convertía en una prueba de resistencia.
“Un día llegué a vomitar 63 veces”, relató a Daily Mail. “Me despertaba en medio de la noche con sed, pero si intentaba beber agua, la devolvía inmediatamente”, agregó.
El impacto físico y emocional
La acalasia no solo redujo su dieta a unos pocos alimentos blandos, como cereales con leche y patatas fritas, sino que también le ha provocado un miedo profundo a comer. “Me da pavor probar algo nuevo porque sé que podría terminar vomitando”, confiesa.
Pero lo más aterrador no es la náusea constante, sino los espasmos esofágicos. “Se sienten como un infarto“, explicó. “El dolor recorre mi mandíbula, mi cuello y mi espalda. Algunos días termino en el suelo, llorando del dolor”, añadió Elise.
Más allá del sufrimiento físico, la enfermedad ha cambiado completamente su vida social. Ir a un restaurante con amigos se ha vuelto imposible. “Tengo que estar siempre cerca de un baño, por sea acaso”, dijo.
El diagnóstico final: un alivio tras años de incertidumbre
En 2021, después de meses sin mejoría, fue enviada a un especialista. Sin embargo, el proceso fue frustrante. “Nunca llegué a verlo en persona, todo fue por teléfono”, recordó. Mientras tanto, su estado seguía empeorando. Finalmente, tras insistir, le realizaron una endoscopía, un procedimiento en el que una cámara examina el interior del esófago. Pero los resultados fueron normales.
No fue hasta noviembre de 2024 que un médico en Londres supo reconocer sus síntomas. Le realizaron una prueba llamada manometría esofágica, que mide la actividad muscular del esófago. El resultado fue claro: su esófago no tenía actividad. “Está básicamente roto. No empuja la comida hacia el estómago como debería”, explicó.
Las causas de la acalasia siguen siendo un misterio. En algunos casos, es genética; en otros, puede deberse a infecciones virales o al estrés extremo. “Nunca sabré con certeza qué la causó en mi caso”, lamentó Elise.
La única esperanza: una cirugía que podría cambiar su vida
Elise investigó todas las opciones de tratamiento y ha llegado a la conclusión de que su única esperanza para recuperar una vida normal es someterse a un procedimiento llamado miotomía endoscópica peroral (POEM). La cirugía consiste en cortar parte del músculo del esfínter esofágico inferior, facilitando el paso de los alimentos al estómago.
Pero la burocracia médica sigue siendo un obstáculo, según dijo. “Tengo que esperar a que mi especialista me derive para la operación. Ya tardaron cuatro años en diagnosticarme, así que no sé cuánto más tendré que esperar", manifestó.
“Quiero que más gente sepa sobre esta enfermedad”
Aunque Elise enfrenta un futuro incierto, tiene una misión clara: visibilizar la acalasia. “Es una condición difícil de diagnosticar y muchas personas pueden estar sufriendo sin saber qué les pasa”, advierte.
Además, espera que su historia sirva para que los médicos actúen con más rapidez en casos similares. “Si hablar de esto hace que un solo médico preste más atención a un paciente con síntomas parecidos, habrá valido la pena”, concluyó.
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