
En la Antigua Roma, los baños públicos, conocidos como foricae, representaban una solución práctica para la gestión de desechos en una ciudad densamente poblada y revelaban las profundas divisiones sociales y los desafíos sanitarios de la época. Según informó All That’s Interesting, estas instalaciones, diseñadas principalmente para las clases no privilegiadas, eran espacios comunales donde los ciudadanos podían aliviarse, socializar y, en algunos casos, incluso realizar rituales espirituales. Sin embargo, su diseño y uso también exponían a los usuarios a riesgos para la salud.
Las foricae eran estructuras abiertas, generalmente ubicadas cerca de los baños públicos, con bancos de piedra o mármol perforados con agujeros espaciados a pocos centímetros entre sí. Este diseño permitía que entre 20 y 80 personas usaran el espacio simultáneamente, dependiendo del tamaño de la instalación. Según detalló Smithsonian Magazine, debajo de los asientos corría un flujo constante de agua que arrastraba los desechos hacia el sistema de alcantarillado, como la famosa Cloaca Máxima de Roma, una de las primeras redes de alcantarillado del mundo.
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Aunque el diseño puede parecer intrusivo desde una perspectiva moderna, algunos expertos argumentan que la vestimenta romana, como las togas, ofrecía una barrera natural que proporcionaba cierta privacidad. Ann Olga Koloski-Ostrow, antropóloga de la Universidad de Brandeis, explicó a Smithsonian Magazine, que “las togas actuaban como una protección natural, permitiendo a las personas hacer sus necesidades con relativa discreción”.
Uno de los aspectos más llamativos de las foricae era el uso del tersorium, un palo con una esponja marina en un extremo, que servía como herramienta de limpieza personal. Según All That’s Interesting, estos utensilios eran compartidos por todos los usuarios y, en ocasiones, se sumergían en agua con vinagre o sal para desinfectarlos. Sin embargo, esta práctica no era suficiente para prevenir la propagación de enfermedades.
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El medio también destacó que las condiciones insalubres de los baños, combinadas con la falta de conocimiento sobre la transmisión de enfermedades, convertían a las foricae en focos de infecciones. Los usuarios no solo corrían el riesgo de contraer enfermedades a través del tersorium, sino también por el contacto con los asientos de mármol, que a menudo estaban sucios debido a la poca iluminación de los recintos.
Las foricae eran utilizadas casi exclusivamente por hombres de las clases trabajadoras, como comerciantes y obreros, y por los esclavos. Las mujeres, especialmente las de clase alta, rara vez se aventuraban en estos espacios. Según Whell History, los baños públicos no estaban diseñados para ellas, y su ubicación, generalmente en áreas comerciales o de trabajo, limitaba aún más su acceso.
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Las élites romanas, por su parte, evitaban las foricae a toda costa. En su lugar, utilizaban letrinas privadas en sus hogares u orinales que eran vaciados y limpiados por esclavos. Aunque los miembros de la clase alta financiaban la construcción de baños públicos, rara vez asociaban su nombre con estas instalaciones, a diferencia de los termales, donde los benefactores solían inscribir sus nombres como muestra de prestigio.

Sorprendentemente, las foricae eran además espacios de interacción social. Según Smithsonian Magazine, los usuarios a menudo conversaban sobre política, deportes y otros temas mientras utilizaban las instalaciones. En algunos sitios arqueológicos, se han encontrado juegos antiguos que sugieren que los baños también servían como lugares de entretenimiento.
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Además, las foricae reflejaban aspectos de la espiritualidad romana. En ciertos baños públicos, los arqueólogos han descubierto inscripciones y dedicatorias a deidades, así como encantamientos destinados a proteger a los usuarios de los peligros, tanto físicos como espirituales, asociados con estos espacios.
El desarrollo de las foricae formaba parte de un esfuerzo más amplio por parte de los romanos para gestionar los desechos en sus ciudades. Según All That’s Interesting, la construcción de sistemas de alcantarillado como la Cloaca Máxima, que comenzó alrededor del año 600 a.C., marcó un hito en la ingeniería urbana. Este sistema, que llegó a extenderse 1.600 metros y conectarse con 11 acueductos, sigue siendo funcional en algunas partes hasta la actualidad.
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