
En Kurakhove, un pequeño enclave en el sur de la región de Donetsk, la guerra no es solo un eco lejano; es una presencia constante que resuena en cada bomba, en cada vuelo de drones mortales y en el silencio que sigue a las explosiones. Aquí, en un paisaje dominado por ruinas, es donde Vasyl Pipa y los Ángeles Blancos, una unidad de la policía ucraniana, enfrentan peligros comparables a los del campo de batalla. Pero su misión no es atacar, sino salvar.
Con apenas 800 habitantes de una población previa a la guerra de más de 18.000, Kurakhove ha quedado como un refugio desolado para quienes no tienen la fuerza, los medios o la voluntad de escapar. Ancianos, personas con discapacidad y familias empobrecidas se esconden en sótanos oscuros, privados de electricidad, agua corriente y calefacción. La guerra los rodea: el centro de la ciudad está bajo control ruso, y las calles que conducen a la central eléctrica son el escenario de una lucha feroz.
—Cuando perdimos el vehículo blindado por un dron, improvisamos con lo que teníamos —relata Pipa a The New York Times mientras describe un rescate reciente—. Una mujer con una grave herida en la mandíbula y un hombre herido se refugiaron en una casa abandonada. Otro dron controlaba la caída de granadas. Nos persiguieron hasta que logramos llevarlos a un lugar seguro.
El éxodo forzado y las sombras de Pokrovsk

En el cercano Pokrovsk, donde la población se redujo de 60.000 habitantes a menos de 12.000 en cuestión de meses, la guerra avanza como una enfermedad terminal. Natalia, una residente, camina entre las formidables barreras antitanque conocidas como “dientes de dragón”. Busca algo de comida: grasa salada y vegetales en conserva.
—No hay agua ni calefacción. Pero ¿a dónde ir? —pregunta con resignación.
La artillería rusa no da tregua. Los drones, ahora con un alcance devastador de 15 millas, cazan tanto a civiles como a trabajadores humanitarios. Serhii Dobriak, jefe de la administración militar local, cuenta una tragedia reciente:
—Una familia iba en su Lada a Novotroitske. Un dron los atacó. El hijo murió; a la madre le arrancó el brazo.
Los ataques constantes han dejado a la ciudad sin gas ni agua potable. Los convoyes humanitarios son la única esperanza, pero incluso ellos enfrentan el riesgo de convertirse en blancos móviles.
Historias de lucha y supervivencia

En un modesto apartamento de Kurakhove, Vasyl y Viktor Chupak, dos hermanos con un pasado problemático, enfrentaron su propia batalla. Viktor, debilitado por una cirrosis hepática, necesitaba ayuda urgente. Los Ángeles Blancos llegaron en un vehículo blindado, atravesando las calles bombardeadas, para trasladarlo al hospital.
En la vecina Myrnohrad, la situación es igual de desesperante. Este antiguo pueblo minero, que en 2020 contaba con casi 49,000 habitantes, ha quedado reducido a un pueblo fantasma con apenas 1,658 almas. En la plaza central, una mujer vende comida junto a una mancha negra en el pavimento.
—Es sangre —dice, señalando la marca—. Una mujer fue decapitada por un cohete.
Sus palabras son confirmadas por testigos, hombres cuyas miradas están cargadas de la resignación que la guerra les ha impuesto.
La lucha de los Ángeles Blancos

Pipa y sus colegas no solo evacúan; llevan alimentos a los que quedan. En un esfuerzo conjunto con organizaciones como la Global Empowerment Mission, distribuyen cajas de víveres esenciales. Viktor Shotropa, de la agencia de ayuda, abre las puertas de un camión blindado en Myrnohrad mientras una multitud desesperada se apresura con carretillas y cochecitos de bebé para recoger lo que puedan.
—La situación en Pokrovsk apenas comienza —advierte Shotropa—. Debemos prepararnos para lo peor.
Mientras tanto, Pipa recuerda a un hombre que no pudo salvar.
—Es duro cuando alguien muere en tus brazos. Esa sensación de vacío, de impotencia, se queda contigo.
Un futuro incierto bajo las sombras del Donbás
El Donbás, una vez el corazón industrial de Ucrania, ahora es un terreno baldío. Avdiivka, Bakhmut y Vuhledar, ciudades que albergaban a decenas de miles de personas, han caído bajo el control ruso o están devastadas por los combates. Cada kilómetro que retrocede Ucrania acerca más a los civiles al abismo.
Para los Ángeles Blancos, el tiempo es el enemigo. Cada misión es una carrera contra la muerte, una lucha por mantener viva una chispa de humanidad en medio de la desolación. Y mientras las bombas siguen cayendo, la pregunta persiste: ¿quién quedará para contarlo?
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