
Los ecos de la resistencia surgieron entre las montañas del Tíbet, donde el río Jinsha serpentea majestuoso a través de profundos valles sagrados. En febrero, una manifestación inédita reunió a cientos de tibetanos en el territorio que abarca los condados de Dege y Jiangda, en la provincia de Sichuan. Allí, el proyecto para la construcción del embalse Gangtuo —conocido como Kamtok en tibetano— se convirtió en un símbolo de desarraigo cultural y opresión política.
Desde su aprobación en 2012, los planes para erigir esta gigantesca represa hidroeléctrica habían permanecido en los márgenes de la conversación pública. Sin embargo, cuando las autoridades anunciaron el desalojo inminente de más de 4.200 personas, el silencio se rompió. Los manifestantes, en su mayoría campesinos y monjes budistas, desafiaron la severa vigilancia estatal y tomaron las calles.
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—Por favor, permítanos quedarnos —clamaron, hincados sobre el polvo y con los pulgares erguidos, un gesto tradicional tibetano para pedir clemencia.
El eco de su súplica no llegó lejos. Lo que siguió fue una represalia despiadada. Según fuentes tibetanas y material audiovisual verificado por la BBC, cientos de personas fueron arrestadas. Los relatos de golpizas y abusos comenzaron a filtrarse poco después, aunque las comunicaciones con el área se volvieron casi imposibles debido al endurecimiento de las restricciones.
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Un patrimonio en peligro

El embalse Gangtuo no es solo una obra de infraestructura; su construcción amenaza con borrar siglos de historia y espiritualidad. En el área se encuentran varios monasterios antiguos, incluyendo el de Wangdui, un templo de 700 años cuyas paredes albergan raros murales budistas. La inundación del valle prevista por el embalse también desplazará comunidades agrícolas y ganaderas, desarraigando a generaciones de tibetanos de su tierra ancestral.
—Dicen que todo será reubicado —explicó un aldeano antes de ser silenciado—. ¿Cómo pueden mover un templo y su espíritu?
Desde su exilio, otros tibetanos comparten relatos de un proceso de consulta insuficiente. Según una carta enviada por relatores especiales de la ONU al gobierno chino, los residentes no fueron informados en su idioma natal y jamás se obtuvo el consentimiento requerido del 80% de la población afectada. A pesar de ello, Beijing asegura que todos los traslados han sido consensuados y que los desplazados recibirán viviendas, subsidios y empleo.
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El precio de la resistencia

Las escenas de represión quedaron grabadas en videos filtrados, donde se ve a policías chinos empujando a monjes con violencia. Según testimonios recogidos por la BBC, los interrogatorios fueron brutales. Uno de los detenidos, amigo de la infancia de un informante, describió los métodos: primero, preguntas con tono cordial. Luego, cuando no pudieron obtener las respuestas deseadas, fue golpeado por hasta siete agentes.
—Le preguntaron quién lo había instigado —narró su amigo—. Cuando no pudo responder, lo atacaron durante días.
Las heridas de muchos detenidos fueron más graves. Un anciano de 70 años, junto con otros manifestantes, sufrió lesiones en las costillas y riñones debido a las palizas. A pesar de las denuncias, las autoridades chinas niegan haber actuado con violencia y aseguran que la seguridad pública se mantiene dentro de los parámetros legales.
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La retórica oficial presenta proyectos como Gangtuo como hitos de la “civilización ecológica” promovida por el presidente Xi Jinping, cuya política de “electricidad del oeste hacia el este” busca alimentar los centros urbanos con energía limpia generada en regiones rurales. Pero para muchos tibetanos, las represas representan explotación, no progreso. Desde el año 2000, más de 930.000 tibetanos rurales han sido desplazados en nombre del desarrollo, según Human Rights Watch.

—Nos quitan todo: nuestras casas, nuestra historia, nuestra forma de vida —lamentó un activista desde el exilio.
A esto se suman las preocupaciones ambientales. La región del río Jinsha, rica en biodiversidad, está marcada por líneas de falla sísmica. Los científicos han advertido que la acumulación de agua en los embalses puede aumentar el riesgo de terremotos, un peligro demostrado en 2018, cuando deslizamientos de tierra provocaron inundaciones catastróficas cerca de un sitio de construcción en el mismo río.
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El silencio como estrategia
La narrativa oficial china sobre el progreso contrasta con el silencio impuesto en las zonas tibetanas. Tras las protestas, las autoridades intensificaron la vigilancia y limitaron severamente las comunicaciones. Aquellos que lograron huir o contactar a familiares han sido categóricos: el miedo domina las aldeas.
—Es peligroso hablar —dijo una joven prima de un manifestante detenido antes de cortar la llamada—. Han golpeado a muchos. No sabemos qué pasará.
El valle Gangtuo, ahora atrapado entre el pasado y el futuro, permanece quieto en las imágenes satelitales. Ni la construcción de la represa ni la demolición de aldeas ha comenzado. Pero la incertidumbre persiste, como un río represado, a punto de desbordarse.
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