
El 26 de septiembre de 1960, los estudios de CBS en Chicago retransmiten el primer debate político televisado de la historia, con una audiencia de unas 70 millones de personas. En él se enfrentaron los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, el republicano Richard Nixon y el demócrata John F. Kennedy.
Aunque el enfrentamiento oral fue bastante intenso, la diferencia la marcó la comunicación no verbal y el aspecto.
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Kennedy, más joven y consciente del poder de la naciente televisión, no solo se preparó para una batalla discursiva, sino que también se reunió previamente con productores para discutir ángulos de cámara y elegir cuáles serían más beneficiosos para dirigirse a la audiencia. Le dio una gran importancia a su imagen: se maquilló, tomó sol, durmió una siesta, buscó sonreír y le habló directamente a los espectadores.
Del otro lado, lo observaron unas 70 millones de personas.
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Vistió un traje azul y una camisa opaca para reducir el brillo de las luces del estudio y diferenciarse del fondo gris. Cabe recordar que aunque el 90% de los estadounidenses poseían una televisión, no muchos tenían una a color, por lo que vieron el debate en blanco y negro.
Por otro lado, Nixon, un político de larga experiencia, reflejó un nerviosismo e incomodidad que los espectadores pudieron notar fácilmente. Había estado internado pocos días antes por una cirugía en la rodilla izquierda. Se lo veía flaco y cansado. Tenía fiebre y se encontraba de malhumor. La transpiración de su frente pasó a ser un ejemplo célebre que aún se estudia en los cursos de comunicación política. Transmitía nervios, duda. Lo contrario a la imagen presidenciable del joven demócrata.
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No quiso maquillarse, lo cual lo mostró pálido en comparación a su oponente, y utilizó un traje gris muy apagado que lo camuflaba con el fondo.
La comparación visual entre los dos candidatos perjudicó la imagen del Republicano
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Nixon no quiso ir a la reunión preparatoria a la que Don Hewitt, productor y director del debate, invitó a los dos candidatos; para él, el debate parecía ser “solo una presentación más de la campaña”. Kennedy asistió y aprovechó la ocasión para interrogar a fondo al director sobre todos los detalles de la puesta en escena: “¿Dónde me paro? ¿O me quedo sentado? ¿Me siento o no? ¿Cuánto tiempo tengo para responder? ¿Me puede interrumpir? ¿Puedo interrumpirlo?”, recordó Hewitt a Deadline.
REPERCUSIONES
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Aunque hoy en día los expertos aseguran que los debates no suelen cambiar demasiado la intención de voto. La actuación del candidato demócrata pasó a la historia como definitoria. El 8 de noviembre Kennedy ganaría por tan solo 100 mil votos, uno de los márgenes más estrechos de los comicios de los Estados Unidos.
Quienes escucharon el debate por la radio consideraron que estuvo muy parejo, incluso con una leve ventaja para el republicano. Pero aquellos que lo vieron por televisión pensaron lo contrario, dándole la victoria al joven demócrata.
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Según un estudio 4 millones de votantes decidieron gracias al debate su voto. 3 millones de ellos votaron por Kennedy.
“Esperemos que estos debates televisados se eliminen de las campañas presidenciales futuras”, escribió en The New York Times el historiador Henry Steel Commanger.
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El título de su artículo, “Washington hubiera perdido en un debate televisado”, no dejaba dudas sobre su perspectiva. “La fórmula actual del debate televisivo está hecha para corromper el criterio del público y, al final, el proceso político en su totalidad. La presidencia de los Estados Unidos es un puesto demasiado grande como para que se lo someta a la indignidad de esta técnica”, protestó. “En televisión, cada candidato debería tener la oportunidad de hablar sobre cualquier asunto importante todo lo que tuviera para decir, sin que otros le impongan límites de tiempo”.

El senador Bob Dole, quien sería candidato republicano a la presidencia más de 30 años después, sintetizó “Lo escuché en la radio mientras viajaba a Lincoln, Kansas, y pensé que Nixon estaba haciéndolo muy bien. Pero entonces miré los clips, a la mañana siguiente, y... no lo vi tan bien. Kennedy era joven y articulado y... ¡lo aniquiló!”.
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En su libro The Making of the President, Theodore White describió el programa como un contraste entre la apariencia “calma, sin nervios” de JFK y la de Nixon, “tensa, casi asustada, cada tanto con el ceño fruncido y en ocasiones macilenta al punto de parecer enfermo”. Para el republicano, resumió White, “todo lo que podría haber salido mal esa noche, salió mal”. En cambio, JFK no reveló jamás el dolor crónico que lo atormentaba —sufrió cuatro operaciones de columna— y su actitud fue la de un hombre alerta, sonriente y seguro de sí mismo.
“Los Grandes Debates marcaron el ingreso de la televisión, por la puerta grande, a la política presidencial”, escribió Erika Tyner Allen en la Enciclopedia de la Televisión. “Permitieron que los votantes tuvieran la primera oportunidad realmente verdadera de ver a sus candidatos en competencia, y el contraste visual fue dramático”.

Así seguirían en el futuro: Jimmy Carter vs. Gerald Ford, Ronald Reagan vs. Walter Mondale, Bill Clinton y George W.H. Bush, Barack Obama y John McCain, Trump y Hillary Clinton y el último entre Trump y Joe Biden. Como una dramatización de la democracia, hasta que la televisión —como hoy la redes sociales— se convirtió en una herramienta política tan potente que nadie que realmente ambicionara el poder pudo prescindir de ella.
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