De Nobel de la Paz a criminal de guerra en dos años

Abiy Ahmed, el primer ministro de Etiopía, recibió el premio en Estocolmo en 2019. Hace cinco meses envió al ejército a aplastar a los separatistas de la región de Tigrey. Produjo una masacre y 6 millones de personas están muriendo de hambre.

El primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, durante uno de los actos de campaña poco antes de las controvertidas elecciones del 21 de Junio. REUTERS/Tiksa Negeri
El primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, durante uno de los actos de campaña poco antes de las controvertidas elecciones del 21 de Junio. REUTERS/Tiksa Negeri

Hace apenas dos años, Abiy Ahmed, el primer ministro de Etiopía, era aclamado en los centros de poder global como un pacificador y reformista moderado. En Europa se lo ponía como ejemplo para todos los otros países africanos. En su país se convirtió en una especie de “rock star”. A los 43 años, ganó el Premio Nobel de la Paz 2019 por vaciar las cárceles de su país de presos políticos, hacer la paz con los grupos de la oposición y poner fin a un estado de guerra con la vecina Eritrea. Pero se gastó ese capital moral y político en tiempo récord. Hoy es considerado un criminal de guerra.

Abiy lanzó un conflicto armado en la región norteña etíope de Tigray que desató un horror de violaciones, masacres y limpieza étnica. Tras meses de combates, el espectro de la hambruna se cierne sobre Tigray, en un país en el que dos décadas de impresionante desarrollo económico habían parecido desterrar la amenaza del hambre. Murieron cientos de miles de civiles, la mayoría étnicamente tigrinos, 1,7 millones de personas se convirtieron en desplazados internos y más de 60.000 huyeron al vecino Sudán. Los organismos internacionales ya hablan de la peor crisis alimentaria a nivel mundial de la última década.

Y lo que Abiy calificó de una “operación de orden público” contra una “camarilla criminal”, terminó siendo un rotundo fracaso militar. después de ocho meses de combates, el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) volvió a entrar esta semana en Mekelle, la capital de la provincia, lo que supone un devastador revés para el gobierno central.

Miembros de las milicias aliadas del Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF), se dirigen al frente de guerra. REUTERS/Tiksa Negeri
Miembros de las milicias aliadas del Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF), se dirigen al frente de guerra. REUTERS/Tiksa Negeri

Etiopía es un delicado cóctel de etnias y milicias descentralizadas del gobierno federal en Addis Ababa. Y allí está la raíz de todo. El conflicto se desató cuando el gobierno de Abiy decidió retrasar las elecciones generales, programadas para agosto de 2020, por la pandemia del coronavirus. El TPLF, una organización política y militar de etnia Tigray que había dominado la coalición gobernante de Etiopía durante décadas -hasta la llegada en 2018 de Abiy, de etnia oromo, quien los apartó del poder-, celebró unilateralmente sus propias elecciones en la región, aduciendo que Abiy era un líder ilegítimo. El gobierno federal se negó a reconocer los resultados y el ministerio de Finanzas dejó de distribuir fondos al gobierno regional de Tigray. En respuesta, el TPLF atacó una base militar de tropas federales. Fue un llamado de guerra para Abiy. El 4 de noviembre de 2020, ordenó el avance del ejército sobre Tigray.

La ofensiva llevó a atrocidades como la cometida en la ciudad de Togoga en la que el ejército etíope bombardeó un mercado callejero a la hora de mayor tráfico de personas matando a decenas. Los refugiados tigrinos huidos a Sudán, relatan el uso de la violación como arma de guerra y asesinatos masivos de civiles. Está prohibida la entrada a la región de los periodistas y el personal de las agencias humanitarias. También están cortadas las redes de teléfono e internet. El coordinador de Ayuda de Emergencia de la ONU, Mark Lowcock, denunció que el ejército etíope estaba “matando de hambre a la población de Tigray” al bloquear suministros y saqueando. “La comida definitivamente se está utilizando como arma de guerra”, aseguró.

Además de tropas federadas etíopes, en la región actúan fuerzas de Eritrea, que mantienen una larga contienda con las fuerzas tigrinas, pese al acuerdo de paz firmado por Abiy que le valió el Nobel. Y también hay milicias de Amhara, otra región etíope de distinta etnia y tradicional rival de los tigrinos.

Cola para recibir alimentos en la zona de Tigray, Etiopía, donde hay seis millones de personas desplazadas y necesitadas de ayuda por la guerra. EFE/EPA/ALA KHEIR.
Cola para recibir alimentos en la zona de Tigray, Etiopía, donde hay seis millones de personas desplazadas y necesitadas de ayuda por la guerra. EFE/EPA/ALA KHEIR.

Cuando Abiy se convirtió en primer ministro tras la dimisión de su predecesor y las protestas que sacudieron el país en 2018, emprendió una ambiciosa lista de reformas. Sacó de la cárcel a cerca de 60.000 prisioneros políticos, incluyendo a todos los periodistas, levantó la prohibición sobre los partidos políticos de la oposición, catalogados hasta entonces como grupos terroristas, se disculpó por la brutalidad policial y presentó un gobierno compuesto por mujeres y representantes de algunas minorías, incluida la primera presidenta de la historia etíope, más allá de que se trate de una figura sin mayor peso político. “Necesitamos democracia y libertad”, afirmó en su discurso inaugural. Todo este proceso reformista debía culminar en las elecciones etíopes “más libres, justas y creíbles” de la historia del país, según el propio Abiy. Programadas inicialmente para agosto de 2020, y retrasadas por el Covid, finalmente se celebraron el 21 de junio. Previsiblemente, el Partido de la Prosperidad de Abiy ganó por enorme mayoría, en unos comicios donde no se votó en el 30% del territorio del país, muchas de las etnias no pudieron presentar candidatos y la Unión Europea se negó a enviar observadores por la falta de garantías.

Todo en Etiopía tiene que ver con el origen étnico. Abiy nació en un pequeño pueblo de Oromia, un antiguo estado independiente alejado del centro del poder etíope. Su padre era un agricultor oromo y musulmán. Abiy fue el decimotercer hijo de su cuarta esposa. Los oromos, que constituyen aproximadamente el 35% de los 117 millones de habitantes de Etiopía, se sentían marginados desde hacía mucho tiempo, tras haber sido colonizados a finales del siglo XIX por el emperador Menelik II.

Abiy, fue un niño soldado, luchó en las últimas etapas del levantamiento guerrillero para derrocar el denominado régimen del Derg, respaldado por la Unión Soviética. Los combatientes de la guerrilla de Tigray del TPLF lideraron la rebelión. Abiy luchó junto a ellos y aprendió la lengua tigrina. Tras la caída del Derg en 1991, Abiy trabajó en los servicios de inteligencia y comunicaciones, convirtiéndose en un alto cargo del temido aparato de seguridad. El TPLF dominó el poder durante los siguientes 27 años como miembro principal del cuatripartito Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF). Etiopía se convirtió en un estado policial a pesar de registrar un rápido desarrollo económico. Para muchos etíopes era intolerable que los tigrinos, que representan apenas el 6% de la población, ejercieran tanto poder. Las tensiones estallaron en 2018 tras años de protestas en las que murieron miles de personas.

El primer ministro etíope, Abiy Ahmed, negando que las tropas rebeldes hayan retomado el control de Tigray a pesar de todas las evidencias en contra. EFE/EPA/STR
El primer ministro etíope, Abiy Ahmed, negando que las tropas rebeldes hayan retomado el control de Tigray a pesar de todas las evidencias en contra. EFE/EPA/STR

El gobernante EPRDF buscó un nuevo líder. Apareció la opción de Abiy, que era entonces un parlamentario, y que como oromo podría ayudar a enfriar las tensiones étnicas. Al principio, Abiy no decepcionó. Los discursos en los que admitió el uso de la tortura por parte del régimen, electrizaron al país. Tras reunirse con Isaias Afwerki, el dictador eritreo, concluyó una paz relámpago que provocó escenas de júbilo al reunirse familias separadas desde hacía años. Estalló la “Abiymanía”, aunque varios del círculo cercano al nuevo líder advirtieron de los defectos de su carácter. Creían que era un mesiánico que estaba convencido de que cumpliría con la profecía de su madre que le había dicho que sería “un nuevo rey”. Algo de esto se veía en su enorme devoción pentecostalista, decía que consultaba a Dios todas sus decisiones y descartaba cualquier consejo terrenal.

Las cosas empezaron a deteriorarse cuando las rivalidades étnicas, reprimidas durante mucho tiempo por el EPRDF, estallaron, desplazando a 2 millones de personas. En la propia región natal de Abiy, Oromia, hubo un levantamiento violento. Allí siguen adornado al emperador Haile Selassie, que gobernó Etiopía entre 1930 y 1974 y es considerado por los rastafarianos como el mesías redentor. El premier hizo responsable de todo a los dirigentes del TPLF a quienes acusó de avivar las llamas del odio étnico y comenzó a denominarlos como “hienas”. Todo terminó en la actual crisis y en una enorme incertidumbre sobre el futuro del país. Una situación que desestabiliza a toda la región del denominado Cuerno de África que incluye a Djibouti, Eritrea y Somalia, además de la esfera de influencia con Kenya, los dos Sudán y Uganda. Jeffrey Feltman, nombrado recientemente como embajador en esa región por el gobierno de Joe Biden, lo expresó así: “Etiopía tiene 117 millones de personas. Si las tensiones y el conflicto civil en Etiopía y Tigray continúan escalando, la crisis en Siria va a parecer un juego de niños”.

“La guerra crea hombres amargados. Hombres despiadados y salvajes”, dijo Abiy en su discurso cuando recibió el premio Nobel. Premonitorio de su parte. Ojalá relea las palabras que escribió. Tal vez lo hagan reflexionar. Por ahora la violencia continúa a pesar de que él dice haber retirado las tropas de Tigray para pacificar al país, seis millones de sus compatriotas están desesperados de hambre y Abiy se encuentra encerrado y amargado en su palacete de gobierno.

SEGUIR LEYENDO: