
En los últimos tres días, mi vida cambió completamente. Vivo en Piacenza, a unos pocos kilómetros de las zonas más afectadas por el coronavirus en Italia. La ciudad no se encuentra en una situación de cuarentena absoluta. Sin embargo, pareciera que nos encontraramos en el foco del brote.
La situación en el país comenzó a complicarse el sábado por la mañana. En ese momento, yo me encontraba arreglando una reunión normal con mis amigos. Algunos intentaban lidiar con las noticias con la mayor calma posible, pero otros comenzaron a cancelar su presencia.

La paranoia de estar tan cerca de un lugar donde -posiblemente- había casos positivos gradualmente se apoderó de todos. “Mejor no salgamos”, “Mi familia no quiere que estemos en la calle”, fueron algunos de los comentarios que se multiplicaron con el correr de las horas. Finalmente, la fiesta fue cancelada.
Por la tarde salí a caminar a la calle. Todo parecía estar bien, si no tenía en cuenta la cantidad de personas que circulaban; en contraste con la usual imagen de un centro repleto, solo un par de valientes se animaron a salir a dar una vuelta. Ya se vislumbraban los primeros barbijos.
Pero todo cambió el domingo. Las góndolas de los supermercados estaban completamente vacías. Se hacía imposible conseguir los productos más básicos: agua, harina, pasta, congelados. Y hasta se desataron distintas peleas por las últimas botellas de agua y paquetes de azúcar.

El desabastecimiento era total. Y a los barbijos, las personas les sumaron guantes de látex. Todo ello, nuevamente, sin que las autoridades hubieran declarado la cuarentena.
En la tarde del domingo, el presidente de la región anunció el cierre de escuelas, universidades, bares y restaurantes por una semana. Al llegar la noche, la semana se había convertido en dos.
Los fines de semana son siempre muy tranquilos en Piacenza. Pero la calma habitual se convirtió en un silencio aterrador. No hay un solo ruido en la calle; pocos se animan a salir y solo lo hacen en auto y para buscar alimentos o bebidas.
La paranoia pasó a ser el estado dominante. Una conocida estornudó en la oficina del correo y la cajera se negó a atenderla. Y las personas que esperaban junto a ella le dejaron en claro su aprensión. Es la nueva normalidad: quien muestra siquiera el más mínimo esbozo de síntoma de enfermedad respiratoria queda completamente aislado.
El lunes se asemejó a un domingo como nunca en los últimos cinco años. Las calles siguen vacías, circulan pocos autos y ver a más de diez personas al caminar por el centro es una anomalía. Y quienes lo hacen están pertrechados con guantes y máscaras.

Piacenza parece muerta. Como toda ciudad cerca de Lombardía, donde se registró el primer caso positivo del país. Solo se escuchan las campanadas de las iglesias que anuncian el paso de una nueva hora. Hace dos días que no escucho a nadie hablando afuera de mi casa. Todas las personas que conozco están en sus respectivas casas, nadie se anima a salir. Agua y cigarrillos son los productos más deseados, y no se encuentran en ninguna parte.
La situación es aterradora.
Puedo afirmar, sin ninguna duda, que esto me va a marcar de por vida. En 72 horas la cantidad de afectados pasó de 2 a más de 15. Y para el martes la cifra se había elevado a 222, con siete muertos. Todos tenemos miedo.
Y, de nuevo, Piacenza se encuentra solo bajo medidas preventivas., ¿Cómo se vivirá entonces en los pueblos en cuarentena? Me da escalofríos de solo pensarlo.
Solo queda esperar, estar en casa y rezar por no tener ningún síntoma.
Instagram: @Garacciolo
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