
Sri Lanka es un país emplazado en una isla -la única del sur de Asia- que se encuentra a pocos kilómetros de la India. Por su ubicación privilegiada, en medio de un entramado de rutas marítimas que conectan Occidente y Oriente, y por la posibilidad de utilizar puertos de aguas profundas, se ha convertido en un lugar muy disputado en sus casi tres mil años de historia.
Luego de ser ocupada por diversos reinos que competían por partes del territorio, fue colonizada durante casi cuatro siglos por Portugal, Holanda y, finalmente, por Inglaterra, de quien se independizó en 1948. Recién en 1972 se cambió el nombre del país que había sido impuesto por los portugueses: así la vieja Ceilán se convirtió en Sri Lanka.
“La lagrima de Asia” (como se la conoce por la forma de la isla) fue el primer Estado asiático en tener elecciones democráticas, aún bajo el imperio inglés, y en implementar el voto femenino. Es más, fue el primero en elegir una mujer como Primera Ministro. Los rápidos avances económicos y sociales del período postcolonial la convirtieron en promesa regional y le valieron el mote de “la India ordenada”. El futuro en Asia era para Sri Lanka.
De la promesa a la realidad
La inestabilidad política y la violencia truncaron el futuro promisorio de la isla, que pasó el resto del siglo XX envuelta en distintos enfrentamientos. El inicio de los problemas se remontaba a la colonia, cuando los ingleses produjeron cambios decisivos al focalizar el sistema productivo en pocos cultivos, especialmente, el café y el té (el famoso té de Ceilán).
Para implementar esto, importaron mano de obra desde la vecina India, particularmente, de estados con mayoría tamil, lo que transformó la composición étnica de la isla. La maniobra inglesa logró conformar una importante minoría (en ese momento casi del 25%) que, además, fue beneficiada económicamente en detrimento de sus nuevos vecinos, apostando así a mantener dividida a la población local, enfrentando a tamiles con cingaleses.

Sri Lanka posee hoy poco más de 20 millones de habitantes y la mayoría de ellos (el 75%), son cingaleses que profesan el budismo. Los tamiles representan el 11% y en su mayoría son hinduistas, aunque también los hay cristianos y musulmanes y casi el 10% de la población son árabes, en su mayoría musulmanes. Hay dos lenguas oficiales: el cingalés y el tamil, aunque no siempre fue así, y el inglés también se usa frecuentemente, heredado del pasado colonial.
Los problemas internos se agudizaron con la independencia, cuando sostenidos en su mayoría demográfica, los cingaleses tomaron el poder. Se deportó a decenas de miles de tamiles indios y se le quitaron las garantías constitucionales a los que se quedaron. En 1956, se decidió que el cingalés fuera el único idioma nacional y se prohibió a los tamiles el acceso a cargos estatales.
La violencia entre los grupos se fue incrementando hasta que en 1976 aparecieron los Tigres de Liberación de Tamil Ealam (LTTE por sus siglas en inglés). Esta organización –conocida como los tigres tamiles- fue creciendo tras una mezcla de reclamos étnicos y nacionalistas (exigían la independencia del norte del país) con ideas marxistas-leninistas e hinduistas.
La guerra civil
Con el tiempo, LTTE se convirtió en una nutrida e innovadora fuerza combatiente que ocupó el noroeste del país y que influyó en el repertorio de la violencia en toda la región. Contaban con fuerzas aéreas y navales (submarinos-bomba caseros), redes de exiliados que obtenían financiamiento y, en los últimos años, grupos que realizaban ciberataques.
Los tigres tamiles reclutaban mujeres, que formaban una división especial dentro de las milicias, niños y suicidas, con quienes difundieron el uso del cinturón con explosivos. Con ese método dieron los golpes más impactantes, como el asesinato del ex primer ministro indio Rajiv Ghandi en 1991 y el del propio presidente de Sri Lanka, Ranasinghe Premadasa en 1993.
En 2005, la situación comenzó a cambiar. Asumió el poder el presidente Mahinda Rajapksa quien beneficiado por el contexto post 11-S, desató una intensa -e ilegal- represión que incluyó secuestros, torturas, ejecuciones extrajudiciales y escuadrones de la muerte. Así, terminó con la resistencia tamil al matar al líder histórico y exterminar su ejército durante el año 2009.
La guerra civil se había extendido casi treinta años y ocasionado una cifra entre 80.000 y 100.000 muertos. Se cree que la mitad ocurrieron en los meses finales del conflicto. Para empeorar las cosas, Sri Lanka sufrió también el tsunami de 2004 que, además de la gran destrucción, mató aproximadamente a 35.000 personas, y provocó decenas de miles de desplazados, que se sumaron a los 250.000 que abandonaron sus hogares por la guerra civil.
Rajapksa dejó el gobierno en medio de severas críticas, rechazos y denuncias por corrupción, en particular, con los fondos internacionales recibidos para lidiar con las consecuencias del tsunami. Con el fin del conflicto en 2009, la economía avanzó notablemente de la mano del turismo y las exportaciones. A la vez comenzó un periodo de revisión de la represión ilegal, con la intervención de la ONU y la aplicación de programas para reconciliar a las diferentes comunidades de ciudadanos esrilanqueses. Sin embargo, las tensiones resurgieron con nuevas disputas entre los grupos políticos que representan los intereses de China e India en el país.
Sin final feliz
En la Semana Santa de 2019, una serie de ataques ejecutados por terroristas islámicos en iglesias y hoteles mataron a casi 300 personas, dejando más de 500 heridos. La incertidumbre fue en aumentó al plantearse que el gobierno tuvo la información anticipadamente y no atinó a evitar los atentados por incompetencia y disputas internas.

En medio de una creciente crisis política la figura del ex presidente Mahinda Rajapksa apareció nuevamente como quien podía afrontar la amenaza del terrorismo islámico, tal cual como lo había hecho contra los tigres tamiles. Por ello, pocos meses atrás, a fines de 2019, fue designado como Primer Ministro, luego que su propio hermano fuera electo como presidente.
La elección, sostenida en la mayoría cingalesa, alertó a las minorías del norte del país y a la opinión pública internacional. Los métodos utilizados por los hermanos Rajapksa en la represión a los tamiles también habían incluido a políticos opositores, disidentes y periodistas de origen cingalés y cristiano. Esto se agudizó cuando el flamante primer ministro anunció, entre sus primeras medidas de gobierno, el restablecimiento de la pena de muerte.
Es la economía…
Las disputas políticas y étnicas conspiraron contra la estabilidad macroeconómica y el desarrollo de la isla. A pesar de todas sus potencialidades, el país ha navegado entre diferentes programas de estabilización del FMI. Estos fueron necesarios para afrontar el déficit fiscal agudizado por los gastos de la guerra civil, la reconstrucción posterior (la de posguerra sumada a la del tsunami) y la imposibilidad de contar con un eficiente marco impositivo nacional.
Cuando dejó de llegar el dinero de Occidente, Sri Lanka utilizó fondos ofrecidos por China para proyectos de infraestructura, como el puerto de Hambantota. Pero las deudas resultaron impagables, por lo cual Sri Lanka se vio obligado a ceder a empresas chinas los derechos de uso del puerto recién construido. Un negocio redondo para el gigante de Oriente.
Según Arvind Subramanian, ex asesor económico del gobierno de India y profesor en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de Harvard “si el nuevo gobierno aplica políticas no inclusivas, esto seguramente conducirá a una débil movilización de recursos internos, aumentará la dependencia del financiamiento externo, las bajas tasas de inversión extranjera directa y el estancamiento de las exportaciones”.
En un artículo para Project Syndicate, Subramanian afirmó que “El desafío [económico] para el nuevo presidente de Sri Lanka es tan simple como duro: evitar que, la alguna vez considerada la ‘Escandinavia del sur de Asia’, se convierta en Argentina”.
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