
Faltaba un día para que termine 2019. Pero el 30 de diciembre pasado, Li Wenliang sacudió al grupo de WeChat (el WhatsApp chino) que comparte con ex compañeros de la escuela de medicina: siete pacientes de un mercado local de Wuhan habían sido diagnosticados con una enfermedad similar al SARS y puestos en cuarentena en su hospital.
Li les explicó que, según las pruebas que había visto, la enfermedad era un coronavirus, una gran familia de virus que incluye el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS).
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El SRAS trae los peores recuerdos en China. La pandemia de 2003 dejó cientos de muertos que el gobierno intentó ocultar. Por eso, Li quiso alertar a sus amigos, les recomendó que utilizaran trajes protectores para evitar el contagio, pero al mismo tiempo les pidió que mantuvieran cautela con la difusión de la información.
Pero ocurrió lo que suele ocurrir en China cuando comienza a trascender información que el régimen no quiere. El 3 de enero, Li fue convocado a una estación de policía donde le presentaron una notificación en la que lo acusaban, junto a otros siete médicos que habían comenzado a alertar del nuevo virus, de “hacer comentarios falsos que perturban severamente el orden público”. La nota advertía que si continuaba con esa conducta sería llevado ante la Justicia. Li fue obligado a firmar al lado de la palabra “Entendido”.
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Las autoridades chinas desestimaron las alertas de los médicos. En los primeros días se Enero, seguían diciendo que sólo podían contraer el virus quienes tomaran contacto con animales infectados. Por eso, no hicieron mucho más que cerrar el mercado de Wuhan donde había comenzado todo. Ninguna otra medida de prevención ni protección para los médicos.
El 10 de enero, Li fue a tratar a una mujer que sufría glaucoma. Lo que no sabía es que también estaba infectada por el nuevo tipo de coronavirus. Ese mismo día, Li comenzó a toser de una manera fuerte y persistente. Al día siguiente comenzó a tener fiebre. Un día más tarde, fue internado en el hospital. Al poco tiempo fue trasladado a la unidad de cuidados intensivos.
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Unas semanas más tarde, la historia de los “ocho chismosos” (como los llamaron en la prensa china) que se habían animado a hablar del virus cuando el régimen lo ocultaba, se había extendido por toda la región y la gente reclamaba su reivindicación.
El periódico estatal Beijing Youth Daily entrevistó a Li y el artículo se volvió viral. Fue censurado pocas horas después, pero el alboroto se mantuvo, según contó la CNN.
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La Corte Suprema de China criticó el 28 de enero a la policía de Wuhan por castigar a los “chismosos”.
“Podría haber sido algo afortunado para contener el nuevo coronavirus, si el público hubiera escuchado este ‘rumor’ en ese momento y hubiera adoptado medidas como usar máscaras, desinfección estricta y evitar ir al mercado de vida silvestre”, dijo la corte.
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El 31 de enero, Li publicó una carta en la red social Weibo contando su historia, lo que le había ocurrido, y cómo se había sentido al ser reprendido por el Gobierno. “Me preguntaba por qué los avisos oficiales seguían diciendo que no había transmisión de persona a persona y que no había trabajadores de la salud infectados”, escribió. Miles de personas le dejaron mensajes de aliento, pidiendo por su pronta recuperación y agredeciéndole por su valor.
El 1° de febrero se confirmó el resultado positivo de su test de coronavirus.
Este jueves 6, Li Wenliang falleció en el Hospital de Wuhan, según confirmó el Global Times. Los infectados por el coronavirus ya suman casi 25 mil y cerca de 500 muertos.
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