Por qué Irán está detrás del ataque contra la embajada de los Estados Unidos en Bagdad

Kataeb Hezbollah responde al régimen teocrático en tierra iraquí. Es una de las tantas milicias terroristas que Teherán creó para apoderarse del territorio vecino

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El comandante de las Fuerzas
El comandante de las Fuerzas Quds iraníes, Qassem Soleimani, junto a Abu Mahdi al Muhandes, cabeza visible de Kataeb Hezbollah (Crédito gentileza FARS)

En su escalada de tensión contra los Estados Unidos, el régimen iraní ha desatado a sus milicias operativas en Irak para hostigar objetivos norteamericanos. Tal como se preveía, utiliza para ello a Kataeb Hezbollah, una fuerza terrorista chiíta -como su homóloga en el Líbano- con gran presencia en tierra iraquí. Quizás sea demasiado tarde para que la teocracia los aplaque: la furia penetró el perímetro de la embajada de Washington en Bagdad. No se contabilizan bajas, por el momento.

La agresión llega dos días después de que el Pentágono anunciara que había bombardeado cinco bases de aquel grupo extremista provocando la baja de 25 de sus integrantes. Los objetivos eran centros de almacenamiento de armas tanto en Irak como en Siria. Fue en respuesta por un ataque previo en el que murió un contratista norteamericano en Kirkuk. Teherán y sus terroristas habían cruzado una línea. Mike Pompeo, secretario de Estado norteamericano, informó que los bombardeos constituían un mensaje claro: los Estados Unidos no tolerarían acciones de Irán que pongan en riesgo las vidas de estadounidenses.

Kataeb Hezbollah -Brigadas del Partido de Dios, en árabe- es una milicia creada en 2003 por Abu Mahdi al-Muhandis para combatir a las tropas occidentales en Irak. Nació bajo el paraguas protector y económico de las Fuerzas Quds de Qassem Soleimani, uno de los laderos del Ayatollah Khamenei y el hombre más poderoso dentro de la estructura militar iraní. Este comandante originario de la aldea de Qanat e Malek, en Kerman, es el alfil que utiliza el clérigo máximo de Irán para hostigar a sus enemigos en la región. Todo movimiento insurgente en Irak y Siria deben contar con el consentimiento de Soleimani. “La mitad de los muertos allí llevan su acta de defunción”, comentó tiempo atrás un analista conocedor de Medio Oriente a Infobae en referencia a la guerra civil siria.

Nacido como Jamal Jaafar Ibrahimi, Al-Muhandis es un terrorista de largo curriculum que adoptó esa identidad como nombre de guerra. Estuvo implicado en los atentados a las embajadas de los Estados Unidos y Francia en Kuwait en diciembre de 1983. En aquella oportunidad una por entonces desconocida organización extremista llamada Jihad Islámica se hizo responsable por los ataques por medio de un llamado a la redacción de la agencia de noticias France Presse en Beirut. Ese grupo era el germen del terror llamado Hezbollah.

El momento elegido por Teherán para pulsear con Washington no parece el mejor. El régimen enfrenta una serie de protestas internas que no logra sofocar. Masacró al menos a 1.500 iraníes en todo el país que se levantaron espontáneamente ante los aumentos desorbitantes de combustibles anunciados por el gobierno de Hassan Rouhani. Entre las víctimas se contabilizaron 400 mujeres. "Hagan lo que sea necesario”, fue la brutal orden de Khamenei. Los desbordes continúan y Teherán recurre a un viejo axioma para explicar lo inexplicable: detrás del descontento está el demonio. El demonio es Estados Unidos.

La situación económica iraní es cada vez más delicada. Además de no conseguir contener las marchas en las calles, el régimen no logra estabilizar sus números: inflación y desempleo parecen ser sus más grandes amenazas, además de las externas. Las sanciones impuestas por el Tesoro norteamericano sí resultaron. Las amonestaciones son únicamente a empresas y entes financieros. También golpean sobre miembros del establishment. Las últimas fueron anunciadas el pasado 19 de diciembre y tuvieron como blanco a dos jueces por violación a los derechos humanos.

Es probable que Irán crea que de persistir en los hostigamientos tendrá más fuerza para sentarse a una misma mesa de negociación. Sin embargo, los recientes ataques -la muerte del contratista norteamericano y el acoso contra la sede diplomática en Bagdad- podrían constituir un límite no negociable para Washington. El escalamiento pudo haber llegado a un límite. Cruzar líneas rojas tiene sus consecuencias.

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