
Turquía bajo el mando de Recep Erdogan, Venezuela con Nicolás Maduro, la Nicaragua de Daniel Ortega y —en el seno mismo de la Unión Europea— Hungría con Viktor Orbán, son ejemplos de una peligrosa tendencia que recorre el mundo: el repliegue de la democracia. Con los matices y las particularidades de cada caso, en todos ellos los gobiernos llegaron al poder en elecciones limpias, pero en los últimos años se volvieron cada vez más autoritarios.
Sin embargo, hay un país del Cáucaso Sur, en el límite entre Asia y Europa, que está demostrando que la historia no es nunca unidireccional. En medio de este clima de época favorable a las autocracias, Armenia empieza a transitar el difícil camino de la democratización.

El recorrido formal comenzó en 1991, cuando se independizó de la Unión Soviética. El 17 de octubre realizó su primera elección presidencial libre, que resultó en un triunfo abrumador de Levon Ter-Petrosyan, un dirigente muy identificado con la lucha por la reincorporación a Armenia de Nagorno Karabaj, territorio disputado con Azerbaiyán, por el que se desató una guerra en 1988.
Ese primer gobierno estuvo atravesado por el conflicto armado, que culminó en 1994 con un armisticio impulsado por Rusia, aunque sin la firma un tratado de paz. A medida que la política exterior perdió centralidad, se fue derrumbando la imagen de Ter-Petrosyan por el deterioro de la economía y la percepción de que había una corrupción generalizada.
En 1996 obtuvo la reelección, pero la oposición y observadores internacionales denunciaron que hubo fraude. En los días siguientes se produjeron protestas masivas, pero el mandatario se mantuvo en el poder hasta 1998, cuando debió renunciar.
Todos los comicios que vinieron después estuvieron plagados de irregularidades y se hizo cada vez más palpable la consolidación de un régimen dual. En la superficie, una democracia virtual con elecciones en las que nadie cree. Por debajo, un oscuro entramado de poder en el que distintos miembros de una elite dirigente muy vinculada a la oligarquía económica, que acaparó los recursos estratégicos tras la salida de la URSS, se fueron rotando en el gobierno.

Una caída inesperada
Contra ese orden se alzó la sorprendente revuelta pacífica que necesitó sólo unas semanas para dar vuelta al país. El blanco fue Serzh Sargsyan, el más ambicioso de los miembros de la casta política. Tras cumplir el 9 de abril una década como presidente, el jefe del Partido Republicano asumió como primer ministro en un intento de perpetuarse en el poder, ya que antes había reformado la Constitución para pasar de un sistema presidencialista a uno parlamentario.
"Medio año atrás, cuando Armenia cambió su sistema de gobierno, Sargsyan había anunciado que no buscaría ser primer ministro, pero luego rompió esa promesa. Fue la paja que rompió la espalda del camello y el descontento popular escaló a nuevos niveles", dijo a Infobae Asbed Kotchikian, profesor del Departamento de Estudios Globales de la Universidad Bentley, Massachusetts.
La indignación fue demasiado grande, y estuvo muy bien canalizada en un movimiento de protesta que algunos observadores se animan a llamar "Revolución de Terciopelo", por sus parecidos con el fenómeno que derribó al Partido Comunista checoslovaco en 1989. Sargsyan duró sólo seis días en su nuevo cargo.
"Debo admitir que la caída me tomó por sorpresa. Creía que Armenia era un régimen autoritario no demasiado represivo y relativamente estable. Ese equilibrio provenía de la estrecha conexión entre los intereses adinerados y la elite política. El dinero y el poder político están fusionados desde comienzos de los 90, y han manipulado las elecciones para que el Partido Republicano gane siempre durante los últimos 20 años", sostuvo Christoph H. Stefes, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Colorado Denver, consultado por Infobae.
La ruptura de esa estabilidad que parecía inquebrantable sólo se puede comprender por la eficacia de la resistencia civil cuando enfrenta inteligentemente a un gobierno con escaso respaldo popular y poca capacidad de reacción.
"No se podía vencer al Partido Republicano en las urnas, pero sí se lo podía derrotar en la calle —continuó Stefes—. En los últimos años, armenios jóvenes y viejos salieron a protestar por distintos motivos en diversas ocasiones, y en algunos casos tuvieron cierto éxito. Eso los alentó a pedir cambios más profundos y las movilizaciones previas les enseñaron a organizarse mejor y a actuar de manera pacífica. Lo que hacía falta para unir a todos esos grupos de oposición era un político carismático. Ese político es Nikol Pashinyan".

Periodista de profesión, ex editor de uno de los diarios más críticos del régimen, Pashinyan ingresó el año pasado al Parlamento, como uno de los referentes de la Alianza Yelk ("salida"), la principal coalición opositora. En los últimos meses se convirtió en el gran articulador del descontento con el gobierno. Ante la dimisión Sargsyan, se postuló para reemplazarlo.
Lo interesante es que Yelk controla apenas un 8% de las bancas en la Asamblea Nacional, así que la decisión estaba en manos del Partido Republicano, que ostenta una holgada mayoría. Los legisladores oficialistas se negaban a investirlo, pero terminaron cediendo para distender la presión popular, que continuaba firme. Pashinyan asumió el 8 de mayo como primer ministro.

Los desafíos del nuevo gobierno
"Durante los 10 años de Sargsyan en la presidencia, Armenia se estancó en muchos sentidos. Económicamente, oligarcas y monopolios exacerbaron y se beneficiaron de una situación que ya era difícil, con las dos fronteras más grandes, con Turquía y Azerbaiyán, cerradas. Geopolíticamente, trató de hacer equilibrio entre Rusia y Europa, pero no fue capaz de romper su profunda dependencia de Moscú. Demográficamente, los armenios han estado votando con los pies, yéndose del país, lo que incrementó la debilidad doméstica y la dependencia de las remesas", explicó Laurence Broers, investigador del Centro de Asia Central Contemporánea y el Cáucaso de la Universidad de Londres, en diálogo con Infobae.
La evidencia más contundente del deterioro socioeconómico de Armenia es la sostenida reducción de su población. De 3.5 millones de habitantes en 1990 pasó a 2.9 en la actualidad, casi un 20% menos. Es cierto que hubo una guerra, pero la caída continuó años después del armisticio. Revertir esa tendencia no será fácil.
"El gobierno de Pashinyan tiene tres grandes desafíos. Primero, mejorar la economía y las condiciones de vida para disminuir la emigración. Es preocupante la cantidad de gente que se va. Segundo, la gobernanza, lidiar con los asuntos de Estado, responder a las demandas sociales, hacer las leyes correctas y proveer bienes públicos. Tercero, mantener la alianza estratégica con Rusia y, al mismo tiempo, continuar las negociaciones con la Unión Europea (UE)", dijo a Infobae Ohannes Geukjian, profesor del Departamento de Estudios Políticos de la Universidad Americana de Beirut, Líbano.
Antes de avanzar con cualquier transformación, la nueva administración tendrá que sortear un obstáculo mayúsculo: el Congreso. El Partido Republicano no sólo tiene capacidad de bloquear cualquier proyecto. Incluso podría destituir a Pashinyan con un simple voto de censura.
"El principal desafío es modificar la ley electoral, que muchos consideran defectuosa, y convocar a elecciones anticipadas inmediatamente después", dijo Kotchikian. "Cuando esa reforma se apruebe, Pashinyan tiene que tratar de mantener el apoyo popular que consiguió en los últimos 40 días, para que se vote un Parlamento que deje de estar controlado por el Partido Republicano. Entonces su agenda podrá ser terminar con la corrupción, impulsar el crecimiento económico, alcanzar mayor equidad social e infundir a los ciudadanos confianza en las instituciones".

Es evidente que si el flamante primer ministro avanza con sus proyectos de transformación la principal perjudicada será la casta política postsoviética, que encuentra en la mayoría de la Asamblea Nacional a sus representantes más conspicuos. La misión de este grupo será evitar que prospere cualquier cambio significativo, así que cuesta imaginar que estén dispuestos a aceptar la realización de comicios transparentes. La única herramienta que tiene Pashinyan es la misma que lo llevó al gobierno: una movilización popular firme y sostenida.
"El mayor problema es claramente la corrupción —dijo Stefes—. Será muy difícil desenmarañar las redes informales que vinculan a los altos funcionarios con los oligarcas. Pashinyan dijo que no lanzaría un ataque directo contra ellos, pero no estoy seguro de que pueda dar resultado un abordaje más moderado. Él ha ganado un apoyo que le permitiría ser más enérgico. Si tiene el valor para atacar esas viejas estructuras es una pregunta diferente".
La política exterior será un frente igualmente complejo que el interno. En un gesto inequívoco de que la relación con el Kremlin seguirá siendo prioritaria, Pashinyan viajó esta semana a Sochi para reunirse con el presidente Vladimir Putin. Pero si no hay un esfuerzo verdadero por diversificar sus amistades, especialmente en dirección a Occidente, es probable que Armenia continúe encerrada en sus propios problemas.
"Hay importantes desafíos internacionales —indicó Broers—. La alianza de seguridad con Rusia es más grande que cualquier régimen individual en Armenia. Eso seguirá siendo así. Por eso no es fácil ver cómo podrá implementar sus reformas, considerando la paranoia rusa con las revoluciones de colores y las protestas populares".
El otro gran frente es Azerbaiyán. Los enfrentamientos terminaron en 1994 con un triunfo militar de Armenia, que tiene tropas desplegadas en torno a Nagorno Karabaj. Pero la región se encuentra en un limbo jurídico. Actualmente está bajo control de la autoproclamada República de Artsaj, un estado autónomo sin reconocimiento internacional, muy cercano a Ereván.
Encarar una negociación seria que permita sellar una paz definitiva debería ser una prioridad para cualquier gobierno que pretenda mayor prosperidad para el país. Mientras siga habiendo tanta tensión en la frontera, y formalmente persista la guerra, cualquier programa de desarrollo político y económico estará muy limitado.

¿Hacia una democratización verdadera?
"Hay que ver cómo se despliega la agenda de democratización, pero yo no subestimaría la importancia de este momento en la historia postsoviética de Armenia. Pashinyan no es un integrante del régimen anterior ni alguien que haya salido de un gobierno previo. Propone un abordaje nuevo y diferente, y el vigor de la tradición de protesta que se vio en estos años muestra que hay límites reales al autoritarismo en Armenia. Pero la resistencia de los miembros del antiguo régimen, el declive económico y una escalada de la violencia con Azerbaiyán podrían tener efectos negativos sobre el proceso", sostuvo Broers.
En la mayoría de los armenios prima hoy la esperanza, pero no son pocos los escépticos. Sobran los ejemplos de revueltas seguidas de cambios de gobierno que, tras las promesas de mayor libertad, volvieron a reproducir las prácticas que habían venido a desterrar.
Por otro lado, no se puede perder de vista que Armenia no tiene un pasado verdaderamente democrático, al igual que la mayoría de las ex repúblicas soviéticas. Eso explica que muchas de ellas sigan siendo gobernadas con criterios autocráticos. Como cualquier otra forma de organización, la democracia requiere práctica, así que su instauración puede llevar tiempo cuando no tiene antecedentes de los cuales tomarse.
"Creo que esto podría ser algo más que un mero cambio de elites —dijo Stefes—. Pashinyan es un político diferente. No tiene intereses en los negocios, es carismático y tiene mucho acompañamiento. Pero mucho dependerá de la vieja elite, que conserva poder por los lazos que hay entre el dinero y la política. Es necesario cortar esos vínculos para que se desarrolle una democracia duradera".
La señal más importante que dio el nuevo premier al asumir fue nombrar un gabinete de renovación, con personas sin relación con los gobiernos anteriores. Algunas de ellas son incluso muy jóvenes. Es un paso fundamental, aunque la contracara es la inexperiencia, que será un problema para que haya una gestión eficiente. El aprendizaje por el que pasa toda nueva administración al asumir deberá ser mucho más rápido y pronunciado en este caso, porque cuanto mayor es el cambio que se pretende impulsar, menor es el margen de error.
"La democratización es un proceso largo y difícil, y el riesgo de volver a los viejos hábitos es posible. Los próximos 8, 10 meses de las políticas de Pashinyan deberían darnos una idea más clara de la dirección que va a tomar el país", concluyó Kotchikian.
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