
El pez guitarra se posiciona hoy como una de las especies más amenazadas de los mares del Atlántico Sudoccidental, que abarca sectores de Argentina, Brasil y Uruguay. Su imagen, de aspecto parecido a una raya y un tiburón, despierta el interés de científicos, pescadores y comunidades costeras que reconocen en este animal un elemento central para la salud y el equilibrio de los ecosistemas acuáticos. La urgencia por protegerlo no responde solo a su rareza, sino a la función clave que desempeña en los fondos marinos, donde actúa como regulador natural de diversas especies y procesos ecológicos.
En las costas de la provincia de Buenos Aires, la preocupación sobre la supervivencia del pez guitarra motivó una colaboración inédita entre investigadores, pescadores deportivos y habitantes de localidades como Pehuén-Co, Monte Hermoso y Claromecó. El esfuerzo conjunto se orienta a evitar la extinción de una especie crítica, cuyas poblaciones muestran un declive alarmante.
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Un animal fundamental para el ecosistema
Según la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC), el pez guitarra vive a escasa profundidad cerca de la costa bonaerense y se reconoce por su cuerpo alargado, su forma aplanada y la semejanza con una guitarra. A menudo recibe nombres como melgacho o pez violín, y puede alcanzar longitudes de hasta un metro y medio.
Su función ecológica no pasa inadvertida: es considerado un predador tope bentónico, lo que significa que controla poblaciones de crustáceos, moluscos y peces pequeños en el fondo del mar, por lo que promueve el equilibrio natural de la comunidad. El biólogo Andrés Jaureguizar, integrante de la CIC y del grupo Ecosistemas Costeros del Sudoeste Bonaerense, remarca que “no es solo lo que come, sino cómo lo hace”, en referencia al movimiento constante con el que remueve el sedimento y oxigena el lecho marino.
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El animal pertenece al grupo de los condrictios, que incluye tiburones y rayas, y comparte con ellos una reproducción vivípara, una sola camada anual y un crecimiento lento: las hembras alcanzan la madurez sexual cuando superan los 90 centímetros, entre los 7 y 9 años, mientras que los machos lo hacen entre los 5 y 6. Cada hembra puede dar a luz entre 4 y 12 crías por año. La CIC advierte que este ciclo reproductivo largo y la baja fecundidad explican su vulnerabilidad ante la presión pesquera.
En enero pasado, el equipo científico recorrió diferentes puntos de la costa bonaerense y detectó embriones de 8 a 10 centímetros, lo que sugiere que la región podría funcionar como área de cría. Sin embargo, el propio Jaureguizar reconoce: “Encontramos madres, embriones, indicios de cópula, pero no los neonatos. Es algo que no solo nos falta a nosotros, Brasil tampoco tiene esa información”.
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Colaboración entre ciencia, pesca y comunidades costeras
La preocupación por el futuro del pez guitarra impulsó iniciativas de ciencia ciudadana en localidades costeras. Desde hace dos años, biólogos, pescadores y turistas participan en charlas, mediciones y liberación de ejemplares, lo que construye una red de confianza y acción colectiva. Según la CIC, el trabajo en Claromecó, Pehuén-Co, Reta y Monte Hermoso permitió que pescadores deportivos, antes reacios a cambiar sus prácticas, acepten la devolución de las capturas.
El proyecto incorpora tecnología sencilla pero efectiva: pescadores miden, fotografían y marcan los peces guitarra, luego registran la información y los liberan. Un sistema de código QR permite cargar datos como tamaño, sexo, temperatura del agua y lugar de captura al equipo de investigación. “Cada dato suma. Incluso si el pez no está marcado, la información sirve”, explica Jaureguizar.
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De acuerdo con la Universidad Provincial del Sudoeste (UPSO), la conservación del pez guitarra no depende solo de leyes o regulaciones, sino de la convicción y el respeto que las comunidades costeras muestran por el entorno.
Estado de conservación y amenazas en la región
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) incluyó en 2020 al pez guitarra común (Rhinobatos rhinobatos) en la categoría de peligro crítico de extinción. La entidad advierte que el declive poblacional responde principalmente a la sobrepesca. El caso del pez guitarra brasileño (Rhinobatos horkelii), analizado por el Servicio Nacional de Pesca Marina de Estados Unidos, resulta emblemático: la especie, antes común en el litoral de Brasil, sufrió un colapso poblacional en 1986 debido a la captura intensiva, especialmente de hembras preñadas.
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El rango del pez guitarra brasileño se extiende desde Río de Janeiro hasta Mar del Plata, aunque su zona de mayor abundancia se concentra en la costa sur de Brasil. Las hembras pueden vivir hasta 28 años y los machos hasta 15, pero la pesca indiscriminada en áreas de cría y la captura incidental en redes comerciales y artesanales redujeron drásticamente sus números.

En el sur de Brasil, la presencia del guitarra grande cayó un 96% en solo una década, según la CIC. Esta tendencia resulta preocupante porque el pez guitarra cruza fronteras y enfrenta amenazas similares en Argentina y Uruguay. Las entidades científicas coinciden en que la falta de datos sobre las poblaciones locales y la escasez de ejemplares dificultan el diseño de estrategias de manejo efectivas.
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La CIC remarca que durante años el pez guitarra fue capturado sin controles estrictos, y aunque la pesca artesanal no lo buscaba de forma prioritaria, su carne es apreciada y la pesca deportiva lo considera un trofeo por su resistencia.
Tanto los científicos como los actores locales coinciden en que la supervivencia del pez guitarra depende de una alianza sostenida entre investigación, educación y compromiso comunitario, así como del monitoreo constante de sus poblaciones y hábitats.
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