
La montaña Bogd Khan Uul, reconocida como la primera reserva natural protegida del mundo, enfrenta una amenaza creciente por el cambio climático, que afecta tanto su entorno como la vida de los nómadas mongoles.
Situada cerca de Ulán Bator, la montaña se consolidó como símbolo histórico, natural y cultural de Mongolia y es punto central de acciones de conservación ambiental y resistencia comunitaria, según National Geographic.
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Declarada parque nacional en 1778 por orden de Tooril Kan, aliado de Gengis Kan, Bogd Khan Uul recibió protección oficial siglos antes que Yellowstone y fue reconocida posteriormente como reserva de la biosfera por la UNESCO.

El área resguarda vestigios de la Edad de Bronce, templos budistas, antiguos asentamientos y petroglifos. Renovaciones periódicas de su protección por distintos gobiernos reflejan la relevancia patrimonial y ecológica de la zona.
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Nómadas y tradiciones en transformación
La identidad de Mongolia está profundamente vinculada a sus nómadas, quienes recorren las praderas desde hace más de 3.500 años. Estas familias se desplazan estacionalmente para evitar el sobrepastoreo y aprovechar los recursos, utilizando rutas que en muchos casos se integraron a la Ruta de la Seda y facilitaron intercambios culturales y la supervivencia en la estepa.
El porcentaje de población nómada, que alcanzaba el 90% en tiempos recientes, descendió al 35% en la actualidad.

El cambio climático agravó el impacto del fenómeno dzud, que se manifiesta en inviernos más fríos, vientos intensos y sequías, lo que causó una mortalidad masiva de ganado.
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Entre 2023 y 2024, el dzud provocó la muerte de cerca del 10 % del ganado del país, unos 8,1 millones de animales. “Estos cambios no son abstractos. Se sienten en los duros inviernos, que se volvieron más frecuentes y devastadores, causando pérdidas masivas de ganado y amenazando los medios de vida de los pastores rurales”, afirmó Galbadrakh (Gala) Davaa, director de The Nature Conservancy en Mongolia, a National Geographic.

Para familias nómadas como la de Batbayar Dashtsermaa y Dejidmaa, la incertidumbre aumenta. “Tuvimos que pedir un préstamo para comprar más trigo y alimento para que los animales sobrevivan al invierno, ya que ya no pueden vivir solo de los pastos. Eso significa que la vida se nos complica. No nos quedará dinero para la atención médica si nos enfermamos”, explicó Batbayar al mismo medio.
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Ante la falta de recursos, muchas familias consideran abandonar la tradición nómada: de diez familias que conocen en la estepa, al menos tres o cuatro migraron en busca de mejores condiciones urbanas.
Éxodo rural y nuevos desafíos urbanos

La migración interna hacia Ulán Bator generó nuevos refugiados climáticos, que hoy representan un porcentaje considerable de la población de la capital. Los jóvenes, atraídos por el estudio o el trabajo en la ciudad, tienden a establecerse allí, lo que acelera la pérdida de prácticas ancestrales y contribuye al desarraigo de las comunidades rurales.
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El gobierno de Mongolia, junto a entidades internacionales como The Nature Conservancy, implementó un plan que destina USD 189 millones para proteger el 30% de la tierra y el agua dulce del país hacia 2030.
Esta estrategia, centrada en la conservación comunitaria, busca involucrar a 24.000 familias ganaderas y preservar 34 millones de hectáreas. “Para los mongoles, estas praderas son más que un activo ecológico. Regulan los ciclos del agua, almacenan carbono y amortiguan los extremos climáticos en toda Asia Central. Son la columna vertebral del patrimonio nómada y de un modo de vida centenario”, resaltó Davaa en diálogo con National Geographic.
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Turismo, sostenibilidad y legado cultural

En los últimos años, el turismo internacional creció de forma inédita en Mongolia. En 2024, el país recibió un récord de 808.000 visitantes, cifra que podría aumentar un 21,5 % en 2025 gracias a la ampliación de conexiones con Estados Unidos.
El gobierno proyecta atraer dos millones de turistas anuales para 2030. Este aumento de visitantes plantea dudas sobre la sostenibilidad de los paisajes naturales y la cultura nómada, en un escenario donde el 77 % de las tierras ya muestra signos de degradación.
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El caballo mantiene una relevancia central en la identidad nacional mongola y en los rituales de la sociedad. Este vínculo se expresa en prácticas como envolver los cráneos de caballos fallecidos en pañuelos budistas y depositarlos en las cumbres, como gesto de respeto y continuidad cultural.

A pesar de los desafíos, el sentimiento de legado y pertenencia persiste entre quienes continúan recorriendo la estepa con sus animales. El cuidado diario del ganado y la movilidad familiar sostienen la esperanza de un futuro seguro y la permanencia de una historia milenaria.
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