
Restos de armas hundidas y viejos barcos de guerra se han convertido en inesperados refugios para la vida silvestre.
Dos investigaciones científicas revelaron cómo esos objetos, que eran de la Primera y Segunda Guerra Mundial, pasaron de ser símbolos de conflicto a funcionar como hábitats acuáticos para una sorprendente variedad de especies.
En la bahía de Lübeck, en el norte de Alemania, las municiones sumergidas desde la Segunda Guerra Mundial fueron colonizadas por miles de organismos. El hallazgo fue publicado en la revista Communications Earth & Environment.
Municiones sumergidas impulsan la vida marina

El equipo del científico Andrey Vedenin utilizó un sumergible dirigido a distancia para registrar las condiciones alrededor de cabezas de “bombas V-1″, que eran misiles sin piloto que la Alemania nazi empleó durante los últimos años de la guerra.
Las bombas V-1, diseñadas para atacar ciudades europeas, permanecen semienterradas bajo el agua, cubiertas por capas de moluscos, algas y otros invertebrados marinos.
Por medio del uso del sumergible, los científicos pudieron filmar en alta definición y recolectar muestras de agua y sedimento circundante.
Los resultados del estudio muestran que los restos de munición sustentan una comunidad biológica mucho más densa que el fondo marino adyacente.
La cifra es contundente: hasta 43.000 organismos distintos por metro cuadrado viven sobre la superficie metálica de las municiones, mientras que el sedimento del entorno registra tan solo 8.200.

El sedimento es la capa de partículas que se acumula en el fondo de los cuerpos de agua, y suele mantener una vida menos diversa cuando no existen piedras o desechos sólidos.
El patrón observado se parece al de los sustratos duros naturales, como rocas o corales, que permiten la adhesión de organismos como esponjas, mejillones, anémonas y pequeños crustáceos.
Los investigadores también comprobaron la existencia de dos sustancias explosivas en el agua cercana: TNT (trinitrotolueno) y RDX (ciclonita), ambas empleadas en la fabricación de municiones.

Se detectaron concentraciones que oscilan entre 30 nanogramos y 2,7 miligramos por litro. Aunque estos niveles pueden afectar la salud de ciertos animales acuáticos, el riesgo real depende de la sensibilidad de cada especie y del tiempo de exposición.
Casi todos los organismos se agrupaban sobre las partes externas de las municiones, en lugar de las zonas donde el material explosivo quedaba a la vista.
Vale aclarar que los investigadores tampoco descartaron riesgos para el ecosistema ni presentaron recomendaciones sobre la convivencia a largo plazo entre fauna y compuestos tóxicos.
Naufragios en Estados Unidos

Al otro lado del Atlántico, la llamada flota fantasma de Mallows Bay, en el río Potomac de Maryland, Estados Unidos, experimentó una transformación similar.
El grupo liderado por David Johnston estudió los restos de 147 barcos construidos en la Primera Guerra Mundial y hundidos al finalizar el conflicto.
Esas embarcaciones nunca llegaron a combatir, pero su estructura se conserva bajo el agua desde la década de 1920. Su estudio fue publicado en la revista Scientific Reports.

Los barcos naufragados en Mallows Bay se han cubierto de vegetación acuática, ramas y raíces que sirven de base para nuevas cadenas alimentarias. Sobre ellos anidan aves como el águila pescadora, y nadan peces como el esturión atlántico, una especie considerada vulnerable por las autoridades ambientales.
El término “pecio” se utiliza para definir a cualquier barco hundido o fragmento de nave sumergida. Para documentar este entorno, los investigadores emplearon drones capaces de obtener imágenes con una precisión de hasta 3,5 centímetros por píxel.
Los datos resultantes permitieron crear mapas que servirán en proyectos arqueológicos, ecológicos y de conservación.
Restos de guerra y biodiversidad marina

Ambos estudios coinciden en que los restos de guerra y los desechos sólidos ofrecen ambientes singulares para que se desarrollen comunidades biológicas más complejas.
El grupo de Alemania planteó que estos hábitats presentan ventajas frente al sedimento blando, mientras que los científicos de los Estados Unidos observaron el potencial de los pecios para proteger especies poco comunes.

Aunque destacan aportes positivos, ambos equipos advierten sobre la amenaza que representan los residuos tóxicos y proponen que, en el futuro, se consideren reemplazos más seguros para potenciar los beneficios ecológicos y reducir los riesgos.
En diálogo con Infobae, el doctor en biología Pablo Meretta, investigador del Conicet y la Universidad Nacional de Mar del Plata, en la Argentina, contó que “es normal que cualquier estructura sumergida sea colonizada por organismos en mayor o menor medida”.

Cerca de la costa de Mar del Plata, se encuentran varios barcos hundidos. “Algunos eran barcos cargueros que se hundieron accidentalmente entre 80 y 100 años atrás. Otros se hundieron intencionalmente para generar un parque submarino”, comentó el investigador, quien con colaboradores realizó estudios sobre los organismos que han colonizado a las estructuras.
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