
El avance del derretimiento glaciar en Alaska se asocia de manera directa con el aumento de las temperaturas en verano debido al cambio climático. Las variaciones en la cobertura superficial de los glaciares permiten observar tanto el grado de vulnerabilidad de estos sistemas como la rapidez de su respuesta ante episodios climáticos extremos.
Un estudio publicado en npj Climate and Atmospheric Science presenta un análisis basado en imágenes satelitales de radar entre 2016 y 2024 que abarca casi la totalidad de los glaciares de Alaska. La investigación, liderada por científicos de la Carnegie Mellon University y la University of Alaska Fairbanks, cuantificó el impacto del calentamiento en el deshielo glaciar y detalló el comportamiento de la línea de nieve ante variaciones de temperatura y eventos como olas de calor.
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Nuevas evidencias sobre la relación entre temperaturas y retroceso glaciar
La investigación muestra que, según los registros analizados, cada incremento de 1°C en la temperatura durante el verano implica hasta 21 días adicionales de deshielo en los glaciares más afectados.
Los resultados indican que este fenómeno varía según la ubicación: los glaciares en zonas costeras presentan más días de deshielo que los situados en el interior del territorio, fenómeno atribuido tanto a las diferencias climáticas como a la orientación de las laderas. El trabajo señala que en las costas, los glaciares pueden alcanzar cerca de 200 días de deshielo por año, mientras que en regiones continentales, como la cordillera Brooks, el promedio anual oscila entre 50 y 120 días.
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Uno de los episodios más notables relevados por el estudio corresponde a la ola de calor registrada entre el 23 de junio y el 10 de julio de 2019. Durante ese periodo, las temperaturas en Alaska superaron en 2,1 a 6,8 °C los valores promedio para esas fechas. Este evento causó que la línea de nieve retrocediera hasta 105 metros en algunas regiones y expuso hasta 28% más de superficie glaciar respecto a años considerados normales.
El impacto de estos episodios extremos se refleja en la extensión del área de hielo descubierta y en la anticipación del deshielo: en 2019, la línea de nieve alcanzó niveles que en un año habitual solo se registrarían hasta dos meses después.
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Según el estudio, las correlaciones estadísticamente significativas se observan sobre todo con la temperatura en verano y no con la precipitación, lo que refuerza el papel central del calentamiento como motor del retroceso glaciar. Los autores plantean que incluso fracciones menores de aumento térmico pueden traducirse en semanas adicionales de derretimiento y mayor exposición de hielo y firn (nieve granular compactada que precede la formación de hielo glaciar).
De la órbita terrestre a la realidad de los glaciares: así se registra el deshielo
Para obtener estos resultados, el equipo analizó información de los satélites Sentinel-1, que utilizan un radar especial capaz de captar imágenes detalladas de los glaciares incluso cuando hay nubes o es de noche. Esta tecnología permite observarlos de forma constante y superar las limitaciones de los métodos ópticos tradicionales, que suelen depender de cielos despejados y solo pueden usarse en determinados momentos del año.
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El análisis abarcó 3.023 glaciares de más de 2 kilómetros cuadrados, lo que representa el 85% de toda el área glaciada de Alaska. Se recopilaron imágenes cada 12 días y se consideraron distintas posiciones de los satélites para cubrir todos los sectores posibles. El procesamiento incluyó ajustes para asegurar que los datos del radar coincidieran con la realidad en superficie, descartando errores relacionados con el tiempo que tarda la nieve o el firn en volver a congelarse.
La metodología compara la señal que refleja el radar en invierno, cuando todo está congelado, con la señal durante otras épocas del año. Esto permite detectar cuándo comienza el deshielo y calcular cuánta superficie de cada glaciar se ve afectada día a día. Además, el sistema automatizado suma estos datos para obtener el número total de “días de deshielo glaciar”, una medida que refleja tanto la cantidad de hielo expuesto como el tiempo que permanece sin nieve.
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El valor de los registros continuos para prever cambios en el paisaje glaciar
Los datos obtenidos no solo documentan el estado actual de los glaciares de Alaska, sino que ofrecen recursos inéditos para calibrar y validar modelos de predicción sobre la evolución futura del hielo en respuesta a distintos escenarios de cambio climático.

Según palabras de Albin Wells, investigador principal del estudio, dichas en un comunicado oficial, “la extensión del derretimiento y las líneas de nieve funcionan como indicadores del balance de masa glaciar”.
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La serie de datos generada constituye un recurso abierto y automatizable, adaptable a otras regiones montañosas del mundo. Además, el trabajo señala que la disponibilidad de mediciones frecuentes y consistentes permitirá mejorar la precisión de las proyecciones de aumento del nivel del mar y anticipar los efectos de eventos extremos, como olas de calor, sobre la dinámica glaciar.
Wells sostiene que “estas correlaciones con la temperatura permiten anticipar cuánto derretimiento o retroceso de la línea de nieve puede esperarse en escenarios futuros más cálidos en toda la región”.
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Además, el método desarrollado puede aplicarse en otras regiones del mundo y permite observar y analizar los cambios en los glaciares en períodos cortos dentro de una misma estación. Esto representa un avance para la investigación y la gestión del impacto del calentamiento global sobre los ecosistemas de montaña y el suministro de agua proveniente de los glaciares.
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