
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) desarrollada en Glasgow, Escocia, entre el 31 de octubre y el 12 de noviembre, dejó muchas promesas de los líderes mundiales y varias incógnitas sobre si podrán cumplirse las metas propuestas.
Uno de los aspectos positivos que emergieron de la COP26 fue la declaración firmada por más de 140 líderes mundiales para detener la deforestación en la próxima década, objetivo que involucra al 90,94% de la superficie de bosques a nivel mundial.
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Uno de los países cuya adhesión generó más expectativa fue Brasil, tanto por el rol central del Amazonas en términos de biodiversidad y mitigación del cambio climático, como por la ausencia del primer mandatario Jair Bolsonaro a la cumbre en Escocia.
Según los datos suministrados por el Instituto Nacional de Estudios Espaciales de Brasil (INPE), solamente entre agosto de 2020 y julio de 2021, se registraron 13.235 kilómetros cuadrados de deforestación en el Amazonas, un área que equivale aproximadamente a 17 veces la ciudad de Nueva York.
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Por otro lado, un estudio presentado en Glasgow por el Panel Científico de la Amazonía (SPA) advirtió que bajo el ritmo actual de deforestación, el “pulmón del planeta”, designado de esa forma por ser uno de los principales sumideros de carbono terrestres, llegará a un punto de no retorno antes de 2050.
A pesar de que la deforestación aumentó por tercer año consecutivo desde 2019, Brasil firmó el acuerdo para frenar la deforestación para 2030 y el ministro de Medio Ambiente brasileño, Joaquim Leite, se comprometió a terminar con la deforestación ilegal para 2028.
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Si bien es sumamente relevante que se haya puesto una fecha límite al avance de la deforestación, el documento firmado denominado “Declaración de los líderes de Glasgow sobre bosques y uso del suelo” es no vinculante. Un antecedente es la “Declaración de Nueva York sobre Bosques” (NYDF) firmada en 2014 que tenía como objetivo disminuir a la mitad la deforestación para 2020.
Desde su firma en 2014 la deforestación continuó aumentando y según los resultados de “La Evaluación de los Recursos Forestales de las Naciones Unidas 2020″, se está muy lejos de poder cumplir con este objetivo. Si no se establecen mecanismos concretos para su implementación, el peligro es que el nuevo compromiso firmado en Glasgow tampoco implique una respuesta genuina a la problemática.
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La pérdida de bosques repercute tanto en la aceleración del cambio climático por su rol fundamental como sumidero de carbono, como en la intensificación de sus consecuencias, dado que por su capacidad de regulación eco hidrológica son fundamentales también a la hora de prevenir inundaciones.
Para los ambientalistas, el avance de la deforestación y la consecuente pérdida de biodiversidad es además indisociable de la crisis sanitaria que vive el mundo desde la irrupción de la pandemia de COVID-19.
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Noemí Cruz, coordinadora de la campaña de Bosques de Greenpeace, explicó que “lamentablemente, al exterminar los bosques, creamos más chances para que enfermedades de origen zoonótico puedan llegar a afectarnos. Si bien no se sabe el origen exacto del COVID-19, todas las certezas científicas del momento apuntan a la pérdida de biodiversidad generada por actividades económicas como la deforestación, el comercio y la cría intensiva de especies animales.”
La integrante de Greenpeace precisó: “La ONU ha advertido sobre cómo el deterioro de los ecosistemas está llevando a la humanidad a una nueva era marcada por la aparición de epidemias. En la naturaleza hay 1,7 millones de virus desconocidos que podrían saltar a la especie humana en cualquier momento en un proceso de zoonosis. Donde hay un bosque, donde hay poblaciones de mamíferos y aves, hay biodiversidad, que no es otra cosa que un escudo protector que pone distancias entre el ser humano y los patógenos que se concentran en los reservorios naturales”.
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Las consecuencias del avance indiscriminado de la deforestación van más allá de los impactos estrictamente ambientales y, en el caso de las comunidades que habitan estos territorios, implica un avance permanente sobre sus derechos humanos más fundamentales. Para Noemi “en el caso de los pueblos indígenas, un genocidio encubierto. Al perder los bosques, todos perdemos el derecho a la salud, al agua, al alimento, a la propia espiritualidad”

Los compromisos asumidos en la COP 26 respecto a la preservación de los bosques motorizaron también la adopción de un Pacto Verde europeo por parte de la Comisión Europea. Dentro del paquete de medidas anunciado se incluyó la exigencia de una “libre de deforestación” para la importación de ciertos productos como soja, ganado y aceite de palma.
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Para Noemi Cruz, “la propuesta de la Comisión Europea no requiere que las empresas que comercializan materias primas y productos cumplan con las leyes internacionales que protegen los derechos de los pueblos indígenas y las comunidades locales, dejándolos expuestos a abusos y violaciones de sus derechos, así como tampoco aborda el impacto de las inversiones del sector financiero europeo en la deforestación y degradación de los ecosistemas del planeta.”
Por otro lado, “la expansión del cultivo de soja no solo está relacionado con la deforestación, también con el acaparamiento de tierras, la invasión de territorios indígenas y otras violaciones de derechos humanos. Esta rápida expansión se ha producido a expensas de algunos de los ecosistemas con mayor biodiversidad en la tierra, incluidos los bosques de Amazonas, Cerrado y Gran Chaco en América del Sur, y está contribuyendo a la crisis climática y de salud pública.”
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