
Meses atrás, cuando la pandemia de COVID-19 avanzaba sin pausa sobre nuevos territorios en el mundo, con escenas nunca imaginadas en los hospitales de Italia y Nueva York, la posibilidad de una vacuna sonaba demasiado lejana, casi quimérica. Históricamente los el desarrollo de una requería 10 años; el récord había sido de cuatro años. La inmunidad colectiva llegaría antes que la vacuna, se temió, y a un costo elevadísimo para la población y la economía.
Sin embargo, distintos gobiernos invirtieron con fuerza para abreviar los plazos. En particular el de los Estados Unidos, cuya Operación Warp Speed solicitó al Congreso hasta USD 18.000 millones para inyectar velocidad a la investigación por medio de pedidos multimillonarios adelantados a distintos laboratorios, que con un mercado garantizado se apresuraron. También los gobiernos en distintos países ofrecieron sus saberes logísticos para la compleja distribución en lo que será la mayor campaña de vacunación de la historia.
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“También es una lección práctica para nuestra era turbulenta: cuando se enfrenta una crisis que amenaza al mundo, no hay sustituto para el liderazgo de los gobiernos”, destiló Wired, que aplicó ese criterio a “la principal de las amenazas existenciales” del presente: “el cambio climático”. Para la publicación, un camino deseable para enfrentar este problema enorme sería “una Operación Warp Speed para el clima”.

Entre sus primeros actos oficiales el mismo día de su asunción, Joe Biden firmó un decreto para que los Estados Unidos regresaran al Acuerdo de París, el compromiso internacional para luchar contra el cambio climático que su antecesor, Donald Trump, quien no cree en la ciencia sobre el tema, había cancelado. “Un grito por la supervivencia sale del propio planeta”, dijo Biden durante el acto de toma de posesión. “Un grito que no puede ser más desesperado ni más claro ahora”.
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El gobierno podría usar toda su capacidad para implementar “un despliegue masivo y rápido de todas las formas de energía renovable”, propuso Wired. “Esto incluye aquellas que ya sabemos cómo construir —como la energía solar y la eólica— pero también las fuentes emergentes experimentales como las geotermales y las nucleares de pequeña escala, y formas de avanzada para el almacenamiento y la transmisión de energía”. Actualmente el gobierno federal ofrece créditos impositivos a quienes instalen paneles solares, lo que hizo que el precio bajara y la adopción aumentara.
La escala del problema requeriría mucho más: “Durante los últimos 40 años, los Estados Unidos han gastado un 37% más en investigación y desarrollo de combustibles fósiles que de renovables”, ilustró la publicación. “Una campaña de velocidad warp para el clima debería invertir esa relación. ¡O hacerla 10 veces mejor! Y de manera más crucial, el gobierno debería convertirse en un comprador al por mayor de energía renovable”.
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Eso repetiría el modelo de la vacuna contra el COVID-19, exactamente. “No van a hacer un montón de una vacuna que se va a quedar en una estantería porque nadie la va a comprar”, dijo a la publicación la especialista en virus Angela Rasmussen, del Centro de Ciencia y Seguridad Sanitaria de Georgetown.
Si el virus creó una demanda y el gobierno creó el mercado, con las energías renovables las autoridades federales “podrían comprometerse a comprar tanta energía limpia como las empresas puedan crear”.
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Un elemento que retrasa el despliegue de avanzada en este rubro es que la venta de energía —hacer contratos en muchos estados diferentes, con diferentes empresas— “suele ser algo enrevesado”, explicó Tim Latimer, CEO de Fervo Energy, firma que desarrolla energía geotermal. Si existiera un primer gran comprador, esa complejidad se eliminaría. “Si el gobierno dijera: ‘Mira, nosotros compramos la primera tanda’, de inmediato los científicos se pondrían hacer lo que saben, que es concentrarse en la ciencia’ agregó Latimer. ‘Eso sería catalizador de toda clase de actividades nuevas’”.
El análisis de Wired recordó que es mucho lo que los gobiernos pueden aportar además de dinero. “Una Operación Warp Speed para el clima podría emplear el brío organizacional de los organismos públicos y los militares para llevar energía limpia a cada edificio federal del país. Se podría también reducir la burocracia, como se hizo con algunas firmas proveedoras de componentes para la vacuna”.
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También el proceso de captura de carbono se beneficiaría de un poco de velocidad warp. Algunas startups y laboratorios han creado prototipos de equipos para depurar el carbono de la atmósfera, “pero se trata de un reto de ingeniería muy complicado que necesita un apoyo temprano”, argumentó el texto. “Es posible que en el largo plazo haya un mercado sólido para el carbono extraído, cuando se lo transforme en combustible o en materiales de construcción. Pero a corto plazo sólo es un montón de carbono capturado y muy caro”.
Contra lo que se presume sobre la libre empresa, no sería la primera vez que el gobierno gasta para estimular una industria. “En las décadas de 1950 y 1960 las primeras tandas de transistores y circuitos integrados fueron desastrosas. Fue necesario que del Departamento de Defensa pusiera dinero en startups como Fairchild Semiconductor para reducir los costos y aumentar la confiabilidad, de manera tal que 20 años después [Steve] Wozniak pudiera confeccionar la Apple I”.
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