La reina Victoria nació el 24 de mayo de 1819, hace 200 años
La reina Victoria nació el 24 de mayo de 1819, hace 200 años

"Una señora pequeña, gordita, vivaracha, y muy sencillamente vestida… nada de empaque ni de pretensiones en su persona". Así describió a la Reina Victoria una joven Carlota Brontë, futura célebre novelista, que en 1842 era maestra en el pensionado de Heger, en Bruselas, cuando la soberana y su esposo el príncipe Alberto hicieron una visita al tío de ambos, el Rey Leopoldo.

Y así vemos a la Reina en las fotografías en las que posa sola o junto a su marido y sus hijos, o, más adelante, en su viudez y ancianidad. Aunque prematuramente calvo, parece que la belleza, el porte y la altura fueron patrimonio del consorte. La propia Reina, en su diario íntimo, se deshacía en expresiones de admiración a la belleza y a la perfección de los rasgos de su esposo.

El reinado que marcó un siglo

El de Victoria fue uno de los reinados más largos de la historia de Inglaterra: 64 años que coincidieron con el apogeo de esa nación.

El príncipe consorte, Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, y la reina Victoria
El príncipe consorte, Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, y la reina Victoria

Victoria nació por deliberada voluntad y planificación de su padre, Eduardo, Duque de Kent, hijo del rey Jorge III (el demente), quien hasta los 50 años había permanecido soltero aunque no solo. En 1817, la inesperada muerte de su sobrina, Carlota (21 años), hija de su hermano mayor y segunda en la línea de sucesión, le hace ver que, pese a ser el quinto hijo del rey, está más cerca de la posibilidad de heredar la corona. Sus dos hermanos varones mayores, que ocuparán sucesivamente el trono, no tenían herederos. Al menos legítimos; los otros abundaban al parecer.

Así, por un frío cálculo, Eduardo decide hacer el "sacrificio" de dejar a la que había sido su concubina por veinte años y buscar una princesa con la cual engendrar herederos de sangre real. Para ello, apela a la casa alemana de Sajonia-Coburgo-Gotha, verdadero semillero de soberanos para los reinos europeos. La elegida es Victoria, hermana del futuro rey de Bélgica, Leopoldo I.

La reina Victoria en su juventud. Su padre era Eduardo, duque de Kent, 5° hijo del rey Jorge III, y su madre, Victoria de Sajonia-Coburgo-Gotha, hermana del futuro rey Leopoldo de Bélgica
La reina Victoria en su juventud. Su padre era Eduardo, duque de Kent, 5° hijo del rey Jorge III, y su madre, Victoria de Sajonia-Coburgo-Gotha, hermana del futuro rey Leopoldo de Bélgica

Las cosas le salieron al Duque de Kent según lo calculado, aunque él no llegó a verlo, pues murió apenas unos meses después del nacimiento, el 24 de mayo de 1819 -hace exactamente 200 años-, de su hija, la futura reina Victoria.

Pocos días antes que Eduardo, también había muerto el abuelo, el chiflado rey Jorge III, y lo suceden en el trono sus dos hijos mayores, Jorge IV y Guillermo IV, tíos de Victoria, ambos sin herederos y con pocas chances de engendrar por razones de cronología.

A medida que transcurre el tiempo, va quedando claro por lo tanto que ella será la heredera. Pero recién cuando cumplió 11 años, le dan formalmente la noticia a la interesada: mostrándole el árbol genealógico, le explican por qué un día será Reina de Inglaterra. "Voy a ser buena", responde la niña. Y en su diario escribirá: "Lloré mucho cuando lo supe".

Retrato de la Reina Victoria en 1843
Retrato de la Reina Victoria en 1843

Victoria era objeto de una crianza muy planeada y cuidada; que no significaba una gran formación intelectual, sino fundamentalmente evitar la contaminación del mundo exterior, templar su carácter, transmitirle valores, esencialmente religiosos y morales, prepararla para una vida de deberes y no de placeres y antojos. Criada por su madre y especialmente por la baronesa Louise Lehzen, que fue su institutriz y, más adelante, su dama de compañía y consejera, la vida de Victoria era casi monacal. Lehzen era hija de un pastor luterano de Hannover y formó a la futura reina en los rígidos principios del protestantismo más sobrio. Orden, disciplina, distracciones también planeadas: equitación y juegos con pocas compañías de su edad y siempre acordes a su rango. Victoria nunca estaba sola y hasta la mayoría de edad durmió en la misma habitación que su madre. De ese capullo sólo saldría para sentarse en el trono. Una transición asombrosa y para la cual mostró mucho temple y gran capacidad de adaptación.

Victoria se ciñó la corona del Reino Unido de Gran Bretaña y de Irlanda el 20 de junio de 1837 y gobernó durante todo el siglo XIX al que dará su nombre: Era victoriana.

La familia real con cinco de sus hijos. Serán nueve en total
La familia real con cinco de sus hijos. Serán nueve en total

Cuando ella accede al trono, en pleno desarrollo de la Revolución Industrial, la británica es una sociedad en acelerada y dolorosa transformación, con marcadas distancias entre ricos y pobres, y con una democracia parlamentaria restringida.

En vísperas de la muerte de la reina, al alba del siglo XX, el Imperio británico está en su apogeo.

La inmensa popularidad que Victoria alcanzará entre sus súbditos es un fenómeno de fin de reino, cuando se consagra la nación como primera potencia mundial y se consolida como imperio que ocupa geográficamente un cuarto del planeta pero con una hegemonía que va mucho más allá.

Pero durante su largo reinado de 64 años, Victoria conocerá períodos de alta impopularidad por su posicionamiento en asuntos políticos y diplomáticos y también por sus opciones de vida, como cuando se recluye por largo tiempo tras su prematura viudez.

En esta larga era "victoriana", la reina verá pasar varios primeros ministros: monarquía parlamentaria, a ellos corresponden las decisiones de Gobierno y no a Victoria. Sin embargo todavía la corona tiene en este período mucho poder e influencia. Debe acomodarse, es cierto, a los vaivenes políticos de una administración que pasa de manos de los liberales whigs a los conservadores tories, y más de una vez.

Victoria, ya viuda, en la madurez de su reinado
Victoria, ya viuda, en la madurez de su reinado

Pero para Victoria lo más importante es el trato personal que le dan esos hombres y no tanto la ideología. De todos esos "premiers" con los que deberá lidiar, dos serán sus preferidos: Lord Melbourne y Benjamin Disraeli, uno al inicio y otro casi al final de su reinado.

Victoria escribía un diario en el que ha quedado registrado el afecto de la joven reina por el Primer ministro al momento de su asunción, lord William Melbourne, entonces de 58 años, que fue extremadamente atento y paciente con ella y la guió en esos primeros tiempos de su reinado. Huérfana de padre, su único otro referente masculino era el tío Leopoldo que ya no se encontraba en Inglaterra. Por lo tanto, es de la mano de este Premier moderado y amable, que la joven reina, de 18 años, aprenderá el oficio, los secretos del gobierno, los asuntos de Estado, cómo hacerse respetar y honrar su cargo. Victoria llegará a apreciarlo mucho y sufrirá horrores cuando los avatares electorales la obliguen a separarse de él. Por mucho tiempo, Melbourne seguirá influyendo en ella vía correspondencia.  

Lord Melbourne (1779-1848) fue primer ministro de 1835 a 1841, lo que coincidió con el inicio del reinado de Victoria
Lord Melbourne (1779-1848) fue primer ministro de 1835 a 1841, lo que coincidió con el inicio del reinado de Victoria

Carácter no le faltaba a Victoria. De hecho, en el instante en que le comunican la muerte de su tío y su inminente coronación, pone distancia con su madre, entre otras cosas, porque reprobaba el ascendiente -y algo más- que había descubierto que sobre ella tenía el intrigante John Conroy, aspirante a influir en el reinado de Victoria. Madre e hija se reconciliarán recién varios años después.

La joven soberana también le pondrá límites a su adorado tío Leopoldo que a distancia trata de inducir decisiones políticas: a la vez que le ratifica su afecto, le hace ver que no debe inmiscuirse en las cuestiones de Estado de un país que no es el suyo.

Lo mismo hará la reina con su marido, pero eso sólo será al comienzo. Poco a poco, él se irá ganando su confianza y respeto; el amor ya lo tenía, porque Victoria, que había dicho que no se casaría, cambió de idea apenas volvió a ver su primo Alberto: "Es hermoso", dijo, y ella misma le propuso matrimonio.

El casamiento de Alberto y Victoria, febrero de 1840
El casamiento de Alberto y Victoria, febrero de 1840

Sabía que debía darle herederos al reino y se resignó a la idea de sacrificar su independencia. Pero se enamoró perdidamente de Alberto y lo que iba a ser un matrimonio por deber acabó en una felicidad conyugal completa.

El 10 de febrero de 1840, Victoria de Hannover se casó con su primo Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, de su misma edad. Aunque él no sentía igual pasión, también había sido educado para el deber y aceptó el que le caía por destino. Fue un perfecto príncipe consorte y, con el tiempo, se hizo un lugar en la corte y se convirtió en primer consejero de su esposa.

Como familia, Victoria y Alberto, y sus nueve hijos, le darán al pueblo británico un modelo, una imagen idealizada de la felicidad conyugal. Formado en la fe y en la moral luteranas, el Príncipe consorte impondrá modales muy austeros en la Corte que, sumados también a la formación casi conventual de su esposa, son los que imprimirán a la era victoriana sus rasgos y su marcada reputación de puritanismo.

Fotografía de la familia real completa
Fotografía de la familia real completa

La moral rígida de la pareja real permeará especialmente en la clase media en expansión. A la Corte victoriana no osaba entrar ningún divorciado, ni una viuda vuelta a casar. La Inglaterra alegre y libertina del siglo XVIII dará lugar a la que valora la castidad, el trabajo, la austeridad y el esfuerzo.

La larga locura del Rey Jorge III -el abuelo de Victoria- y las vidas disipadas de los dos hijos que lo sucedieron en el trono habían desprestigiado a la dinastía Hannover ante sus súbditos, por lo que la apacible y ordenada vida familiar de la reina Victoria y su esposo Alberto, más la larga y recluida viudez de la soberana, constituyeron un saludable contraste.

En muchas ocasiones, la Reina y el príncipe Alberto entraron en conflicto con los gabinetes, en especial en política exterior, asuntos que interesaban a ambos. En especial cuando la cancillería se mostraba benévola o directamente alentaba revoluciones contra el absolutismo en el Continente a mediados de siglo, quizás con el secreto afán de debilitar a las naciones europeas. Esta política alarmaba profundamente a la pareja real que sólo veía rodar testas coronadas -incluso de parientes- y pensaba que mañana bien podían caer las suyas.

Alberto y Victoria
Alberto y Victoria

Estas diferencias a veces se hacían públicas y acarreaban críticas en la prensa -por ejemplo, en torno al costo de la monarquía- o, en las ocasiones en que el Reino enfrentaba posibles conflictos bélicos, daban pie a rumores de traición, especialmente por la nacionalidad extranjera del príncipe.

Un pico de popularidad, para la familia real y la institución monárquica, se produjo en 1851 al inaugurarse la Exposición Universal en el Crystal Palace, una construcción de vanguardia erigida en Hyde Park para la ocasión. Toda la concepción y organización del evento fue obra del príncipe Alberto, amante de la ciencia e interesado en todas las novedades del siglo. Su objetivo era mostrar la grandeza de Inglaterra y los logros de la Revolución industrial; eran tiempos de optimismo y de fe ciega en el progreso material. Para organizar esta muestra, que duró seis meses y que visitaron seis millones de personas, Alberto debió vencer muchas resistencias y objeciones, en especial presupuestarias. El éxito coronó sus esfuerzos y le dio la razón.

El Crystal Palace que albergó la Exposición Universal (litografía de Joseph Nash, coloreada a mano, 1851)
El Crystal Palace que albergó la Exposición Universal (litografía de Joseph Nash, coloreada a mano, 1851)

Londres ya era la principal urbe del mundo, con 2 millones y medio de habitantes. El Reino Unido, con una población de 22 millones, producía la mitad de todo el acero del mundo. En la segunda mitad del siglo, se empezó a esbozar una legislación social que puso cierto límite a la excesiva explotación laboral que acompañó la industrialización y generó todo tipo de dramas sociales -trabajo infantil, prostitución, miseria extrema- que la literatura y el arte de la época reflejaban. Charles Dickens, mejor que nadie.

La tesis de Charles Darwin sobre la evolución de las especies inspiraba teorías sociológicas sobre la superación individual y la justificación del dominio de los más débiles por los más fuertes. O darwinismo social. Todas ideas que acompañan la expansión colonial y el desprecio a las poblaciones nativas de los dominios ultramarinos.

En 1859, John Stuart Mill publicó Sobre la libertad, una apología del liberalismo político.  

"La Reina, que dio su nombre a la era de Stuart Mill y de Darwin, nunca fue más allá –escribe uno de sus biógrafos más célebres, Lytton Strachey (La Reina Victoria, Ed. La Nave, Madrid, 1941)-. De los movimientos sociales de su tiempo, Victoria estaba igualmente alejada. Ante los más pequeños cambios, lo mismo que ante los más grandes, permanecía inflexible".

Con el tiempo, Victoria se convirtió en el símbolo del imperialismo anglosajón
Con el tiempo, Victoria se convirtió en el símbolo del imperialismo anglosajón

Esa inmutabilidad favoreció su transformación en símbolo de la nación. Pese a ser una mujer poderosa y autosuficiente, se oponía tajantemente al sufragio femenino, que le parecía "indecente". "Pero –agrega Strachey- si, en todas estas cosas, la Reina y su época estaban profundamente separadas, tampoco eran escasos los puntos de contacto que las unían. (…) Durante los quince últimos años de su reinado (…) el imperialismo era el credo que dominaba en el país. Era también el credo de Victoria. En esa dirección, ya que no en las demás, había permitido a su mente seguir la marcha de los tiempos. Bajo la tutela de Disraeli, los dominios británicos de ultramar llegaron a representar para ella mucho más de lo que antes significaban".

"Al propio tiempo –sigue diciendo el biógrafo-, el espíritu imperialista del país revistió a la Corona con un nuevo significado, que concordaba maravillosamente con las más íntimas inclinaciones de Victoria".

Desde que fue proclamada emperatriz de la India, a Victoria le gustaba rodearse de asistentes de ese país

Al Imperio se le hizo necesario un símbolo adecuado. La corona fue ideal y así, a medida que iba disminuyendo el poder del trono con las sucesivas reformas impuestas por el parlamento, crecía su prestigio.

La longevidad de Victoria, combinada con su vitalidad que parecía no ceder con el tiempo, eran rasgos que la identificaban con el país.

Aunque a fines del siglo XIX Inglaterra empieza a experimentar la competencia industrial de Alemania y de Estados Unidos y las primeras barreras proteccionistas que limitan sus exportaciones, el reinado de Victoria concluye con el país ejerciendo una hegemonía planetaria inédita en la historia, merced a varias guerras coloniales que expandieron el Imperio y sus intereses, como la guerra del opio que forzó a China a abrir sus mercados o la conquista de la India sirviéndose de la revuelta de los cipayos en 1857. O la imposición a sangre y fuego de su protectorado a Sudán. O a Egipto tras la apertura del canal de Suez, para proteger la ruta comercial hacia la India.

Una poco usual imagen de la Reina Victoria sonriendo
Una poco usual imagen de la Reina Victoria sonriendo

"Pequeñas guerras de la reina Victoria" fueron cínicamente llamadas esas conquistas respaldadas en la aplastante superioridad militar de Inglaterra. Victoria será la primera en ser coronada emperatriz de la India en 1877, algo que la fascinará.

Habrá también reveses como el infligido por los afganos en 1841 o por los zulúes en 1879.

El propagandista de la ideología y las ambiciones imperiales es el líder conservador Benjamin Disraeli, primer ministro favorito de la Reina.

El escritor y político británico Benjamin Disraeli
El escritor y político británico Benjamin Disraeli

Él tenía una especial habilidad para halagarla. Humana al fin, no la trataba como mujer de Estado sino como mujer simplemente. "No hay honor y no hay recompensa –le escribía- que (igualara) el sentirse ocupando un lugar en los benévolos pensamientos de Vuestra Majestad". "Llegué de veras a creer que iba a abrazarme", le confió Disraeli a un amigo, relatando una audiencia con la Reina, tan feliz era ella con las cosas que él le contaba. "Amo a la Reina –se confiaba también-. Es quizás la única persona que me queda en el mundo a quien amo de veras".     

Victoria y su premier favorito, Benjamin Disraeli. “Amo a la Reina”, decía éste
Victoria y su premier favorito, Benjamin Disraeli. “Amo a la Reina”, decía éste

Victoria había enviudado muy joven. El príncipe Alberto contrajo fiebre tifoidea y murió en 1861, a los 42 años. Para la Reina fue el fin de la felicidad. Se aisló del mundo, abandonando casi toda actividad pública. De ese ostracismo sólo la sacará Disraeli, para hacerla vivir su etapa de mayor popularidad.

Ella se consagra a honrar la memoria de Alberto: quiere que el pueblo lo adore como lo había adorado su esposa; sentía que en vida no había sido suficientemente valorado. Memoriales, estatuas, biografías, compilaciones de sus escritos… nada le parecía suficiente, pero la exageración resultó poco eficaz.

El mausoleo de Alberto y Victoria
El mausoleo de Alberto y Victoria

También encontrará amistad y consuelo en el que había sido palafrenero y guardaespaldas de su esposo, John Brown, y que se volverá inseparable criado de la viuda. La acompañaba en sus paseos, oficiaba de sirviente durante el día y dormía en una habitación contigua. El tema fue motivo de maledicencia, por supuesto. Ella no ocultaba esa amistad; al contrario, hasta hizo acuñar medallas en su honor cuando murió, en 1883, y se refería a él como su "devoto acompañante personal y fiel amigo".

La Reina Victoria y su palafrenero y amigo inseparable, John Brown
La Reina Victoria y su palafrenero y amigo inseparable, John Brown

La abuela de Europa

Al morir Victoria en 1901, la sucedió su primer hijo varón, con el nombre de Eduardo VII. Casado con Alejandra de Dinamarca, fueron los bisabuelos de la actual reina Isabel II.

Pero además Victoria dejó una numerosa descendencia distribuida, matrimonios dinásticos mediante, por todo el continente, al punto de ser llamada "la abuela de Europa".

Victoria, su hija mayor, fue la esposa del futuro emperador de Alemania, Federico III. Tuvieron una hija Sofía, que fue reina consorte de Grecia; se trata de la abuela de la esposa de Juan Carlos de España.

La Reina Victoria y el Príncipe Alberto
La Reina Victoria y el Príncipe Alberto

Otra nieta de Victoria, Alexandra, se casó con el zar Nicolás II de Rusia y sufrió el mismo destino que él: fue fusilada por los bolcheviques en la Revolución rusa.

Victoria Eugenia, también nieta de la soberana, fue reina de España por su enlace con Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos de Borbón. O sea que éste y Sofía son parientes.

La consanguinidad no fue obstáculo a estas alianzas dinásticas.

La casa de Hannover reinaba en Inglaterra desde 1714. Y reina aún. Sólo que, durante la Primera Guerra Mundial, el rey Jorge V, nieto de Victoria, tomará el nombre de Windsor (su residencia), para hacer olvidar el origen alemán de la dinastía.

Victoria le dio su nombre a la época y fue símbolo del predominio mundial británico aunque éste le debe mucho más al astuto político Benjamin Disraeli que presidió el gobierno entre 1874 y 1880 y conformó con ella una singular pareja: para él fue el poder y para ella la gloria.

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