
Una movida histórica ejecutada hoy por el presidente de los Estados Unidos marcará un antes y después en la historia de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés). Donald Trump nombró a Gina Haspel al frente de ese organismo, la primera mujer de la historia que la dirigirá.
Una agente de inteligencia implacable y una de las máximas expertas en terrorismo internacional, Haspel forma parte de la CIA desde 1985, donde cosechó galardones por su tarea en diferentes direcciones alrededor del mundo. Hasta hoy cumplía funciones como vicedirectora de la CIA, secundando a Mike Pompeo, quien reemplazará a Rex Tillerson en el Departamento de Estado.

Pero si bien Haspel hará historia -Senado mediante- como la primera mujer en dirigir la central de inteligencia norteamericana, no es la primera en sobresalir dentro del mundo del espionaje de los Estados Unidos.
Desde hace años, la CIA ha contado con casi la mitad de su plantilla conformada por mujeres en todas las áreas y especialidades. Algunas han cobrado fama internacional por haber sido claves en misiones ultrasecretas, otras por su accionar durante la Segunda Guerra Mundial o descubriendo espías en Langley.
Las películas también han contribuido a alimentar la fantasía respecto a estas supermujeres que todo lo pueden. La más reciente tiene que ver con la serie Homeland de Showtime, protagonizada por la actriz Clare Danes y que está próxima a estrenar su séptima temporada.

Virginia Hall
También conocida como La mujer que cojea, Virginia Hall fue quizás la primera gran espía norteamericana, cuando la agencia todavía llevaba su antiguo nombre: Oficina de Servicios Estratégicos (OSS, por su siglas en inglés).
Nacida en Maryland en abril de 1906, fue una agente fundamental durante la Segunda Guerra Mundial. Llevaba ese apodo porque había perdido su pierna izquierda durante una cacería. Producto del accidente llevaba una prótesis que hacía su caminar particular.

Su rol durante la contienda fue clave. Se infiltró en las líneas enemigas durante la ocupación nazi de Francia y contribuyó a construir la resistencia contra los alemanes. Su fama comenzó a trascender y el jefe de la Gestapo, el criminal Nikolaus Barbie. Cercada, Hall decidió huir y salvar su vida. Lo hizo a través de unos Pirineos colmados de nieve. Con su prótesis a cuestas, arrastrándola, consiguió llegar a España, donde se resguardó.
En 1945 fue galardonada por el General William Donovan -por entonces director de la OSS- con la Cruz al Servicio Distinguido. Una vez que ese organismo se transformó en la CIA, continuó su carrera en la "agencia". Ya era una prócer.
Elizabeth McIntosh
Betty. Así la conocían todos. Luego, su nombre trascendería ese alias. Elizabeth McIntosh era una periodista dedicada y con un gran dominio del japonés, que tras el ataque a Pearl Harbor en 1941 se unió a la OSS. Ella estaba allí y fue testigo del horror.
Experta en comunicación, una vez en las filas de la OSS, McIntosh fue una especialista infiltrada en Asia y en el sudeste asiático como propagandista norteamericana. Su dominio del idioma japonés y de la retórica periodística fueron factores fundamentales para que se convirtiera en agente secreto al servicio de la Casa Blanca durante la Segunda Guerra Mundial.

Una vez finalizado el conflicto bélico que se cobró millones de vidas tanto en Europa como en África y Asia, Betty continuó sus labores en la CIA. Sin embargo, nunca contó qué fue lo que hizo durante sus años como agente de inteligencia. En 2015, cuando cumplió 100 años, el director de la agencia de entonces John Brennan, celebró su cumpleaños. Tres meses después, murió, de acuerdo a The Washington Post.



Sandy Grimes y Jeanne Vertefeuille
Una de las mayores filtraciones que padeció la CIA fueron durante la época de la Guerra Fría. Y, desde luego, fue ocasionada por un espía ruso de la ex Unión Soviética que había logrado infiltrarse en el organismo norteamericano desde donde pasaba información a la KGB.
Pero fueron dos mujeres, Sandy Grimes y Jeanne Vertefeuille, quienes lograron desenmascarar al mayor topo que sufrió la agencia. Y eso las convirtió en las mayores heroínas de esa época marcada por operaciones encubiertas en todas partes del mundo.
Aldrich Ames era un oficial de contra-inteligencia de la CIA que durante 1985 y 1991 espió para la Unión Soviética. Ese año fue descubierto por Grimes y Vertefeuille, que consiguieron que fuera juzgado en 1994 y sentenciado.

Ames se presentó un día de aquel año en la sede diplomática comunista para ofrecer sus servicios, que consistían en descubrir para ellos las fuentes que la inteligencia norteamericana tenía en la KGB. La cacería interna hecha por los soviéticos se consumó en una decena de ejecuciones sumarias. Y la paga para el traidor fue excelente: 4.5 millones de dólares.

Ambas fueron grandes amigas. Y esa amistad se forjó durante los años en la CIA y la investigación para cazar al mayor topo de los años 80. Vertefeuille se unió al organismo en 1954 como mecanógrafa. Luego se convertiría en una experta en contra-inteligencia. Y más tarde en un ícono, tal como Grimes, quien consiguió trabajo allí mismo 13 años después.
Juntas hicieron una carrera increíble en áreas similares. Hasta que debieron trabajar juntas y se hicieron inseparables hasta la muerte de Vertefeuille en 2013. Siguiendo la pista de la desaparición de ocho colaboradores soviéticos pudieron descubrir la traición de Ames. Y convertirse, cada una de ellas, en íconos de la CIA.
Jennifer Matthews
Fue una de las grandes agentes que libraron una feroz cacería contra Osama Bin Laden. Jennifer Matthews, madre de tres niños, instaló su oficina de operaciones en una de las zonas más calientes de la Tierra durante la primera década del siglo XXI: Khost, Afganistán. Todas las misiones que emprendía eran peligrosas. Sumamente peligrosas.

Y fue así que su vida terminó en un atentado en esa base inhóspita. Fue el 30 de diciembre de 2009, cuando debía entrevistar a quien se suponía era el médico personal de Bin Laden: Humam Al Balawi. Al ingresar el especialista detonó una bomba que llevaba escondida en sus ropas y la asesinó. Junto a ella murieron otros seis agentes de la CIA.
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