
Hayden Kennedy era un virtuoso en el arriesgado arte de subir montañas, desafiar la gravedad y hacer frente a la, a veces, impiadosa e inesperada naturaleza. Con 27 años era un reconocido escalador mundial y quizás el mejor de su generación. Pero lo que pocos sabían de él era su nivel de compromiso y solidaridad con quien tenía a su lado al momento de afrontar una cumbre. Sentía que compartía no sólo la travesía, sino la vida.
Y mucho más cuando esa persona que caminaba a su lado era su ser más querido: su novia, Inge Perkinks, de 23 años y también amante de las montañas. Pero el pasado sábado, mientras juntos decidieron escalar el Imp Peak, en Madison, Montana, no pensó que su vida cambiaría súbitamente y que el dolor, la culpa y la desesperación lo conducirían a su propio final.
Una avalancha inesperada impactó contra ellos. La nieve llegó con una brutalidad tal que les impidió buscar un refugio donde ponerse a salvo. La masa helada formada fue de 60 centímetros de alto por 45 metros de ancho. Hayden, atlético y calmo, consiguió emerger de entre la nieve. Miró a su alrededor y todo era blanco. ¿Dónde estaría Inge? Comenzó a buscarla frenéticamente. Entonces llamó a los rescatistas sabiendo que los minutos eran vitales y sospechando que todo sería en vano.

El lunes, cuando iban a cumplirse 48 horas, los rescatistas del Gallatin National Forest Avalanche Center hallaron el cuerpo de Inge. Estaba bajo una manta de un metro de nieve. Pero antes, el domingo, Hayden ya había tomado una decisión brutal, desesperada. Sabía que su novia, su amor, ya estaba muerta. Lo presentía. No hacía falta mucho para conocer el final. Fue entonces que se quitó su propia vida.
"Hayden sobrevivió a la avalancha pero no a la inaguantable pérdida de su compañera de vida. Eligió poner fin a su vida. Yo y su madre Julie tristemente respetamos su decisión". Esas fueron las palabras de Michael Kennedy, el padre del montañista.



La pérdida de ambos fue un duro golpe al mundo de esa disciplina. Los sponsors y los demás profesionales sintieron el impacto de las muertes de Hayden y de Inge de manera profunda. El joven brillaba en el deporte desde edad temprana. Pero conocía -y había hecho público- sus temores más profundos sobre la arriesgada práctica que llevaba con pasión.
El 26 de septiembre de este año había escrito en Evening Sends respecto a lo que sucede en las montañas. Al peligro constante que se enfrentan los montañistas. "En los últimos años he observado a muchos amigos ir a las montañas y nunca regresar, me di cuenta de algo doloroso", comenzó su artículo en el que se diferenciaba de los demás millennials al bromear en que no tenía un perfil en Facebook.
En sus palabras se refería a la muerte de tres de sus amigos, Justin Griffin, Andy Lyle y Scott Adamson. El primero murió en Nepal en 2015. Los otros dos desaparecieron durante una travesía por un pico en Pakistán en 2016.

"En muchos sentidos, aún estoy procesando lo que les ocurrió a mis queridos amigos. Olas de tristeza me abruman a veces, dificultándome levantarme o enfocarme", escribió, demostrando el estado de ánimo que lo atormentaba desde entonces. "Vi la luz y la oscuridad en el montañismo (…). Es difícil aceptar el hecho de que no podemos controlar todo en la vida, aunque tratemos", añadió.
Inge compartía la misma pasión que Hayden por los deportes al aire libre. La naturaleza los guiaba. Era una experta esquiadora -cosechadora de varios campeonatos regionales en los Estados Unidos– que ahora decidió caminar el sendero de su amado novio.
Hace poco tiempo, ambos decidieron mudarse a vivir juntos a Bozeman, el lugar originario de Inge. Estudiaba matemática en la Universidad del Estado de Montana. Quería ser docente. Y vivir junto a su aventurero hombre.
En su artículo ya profético, Hayden escribió: "No son sólo las cumbres memorables y los movimientos cruciales los fugaces. Los amigos y los compañeros de escalada son fugaces, también. Esta es la dolorosa realidad de nuestro deporte, y no estoy seguro de qué hacer con él".
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