Eduardo Sacheri (Foto: Franco Fafasuli)
Eduardo Sacheri (Foto: Franco Fafasuli)

Eduardo Sacheri es un hombre de gestos. Rodeado de libros, en la librería Dain, pleno Palermo Soho, se acerca y tiende la mano. Viste una camisa rosa, un pantalón beige, un reloj de pulsera. Su imagen es pulcra, amable y, en cierto punto, transparente. Parece un tipo común, como los de sus novelas. Un trazo más del paisaje. Sin embargo, es uno de los escritores más leídos de Argentina, aunque pareciera que eso es algo que no le importa demasiado; al menos, que no lo desvela. ¿O acaso será que dentro de las paredes de su cabeza hay una cadena de montaje funcionando al palo y produciendo éxito tras éxito tras éxito? Se ríe ante la idea. Sobre eso también hablaremos en esta entrevista que le concedió a Infobae Cultura: ¿es posible pensar en algún tipo de fórmula que garantice triunfar dentro de la impredecible e inestable industria editorial? Vuelve reír.

Dos cortados, un grabador y su reciente libro, Lo mucho que te amé, con el grosor de sus 380 páginas, en el medio de la mesa. Acaba de lanzarse al mercado y eso lo tiene un poco más relajado. Sabe que el destino de su libro es un signo de pregunta abierto y que sólo el tiempo lo cerrará. Y eso ya está fuera de sus manos. Ahora, luego de la ardua tarea de escritura, reescritura y edición, es el turno de la lectura. Ante esa instancia que a cualquiera le haría temblar de sólo imaginársela, Sacheri sabe que no hay destino prefijado. Puede pasar cualquier cosa: ser un boom de ventas, terminar en la pantalla grande o caer en el tacho del olvido. Y esa calma que lo envuelve ahora es su forma de convivir con la incertidumbre.

Lo mucho que te amé tiene una sola protagonista y es una mujer. Es la primera vez que en una novela de Sacheri hay una narradora femenina. Como buen profesor de Historia, pone gran empeño al contexto: años cincuenta, ascendencia de la clase media, ampliación de derechos civiles, libertades a la vuelta de la esquina. Ofelia es la tercera de las cuatro hermanas Fernández Mollé y la novela empieza narrando una escena familiar más que interesante. Delfina, la menor, invita a la casa a su novio para que lo conozcan. Un juego de expectativas. Luego, Ofelia, que está en pareja y si aún no se casó es porque está terminando su carrera universitaria, empieza a sentir algo por su cuñado. Una historia costumbrista sobre una plataforma histórica donde la moral golpea la puerta de entrada y amenaza con tirarla abajo en caso de que nadie le abra.

"Lo mucho que te amé" de Eduardo Sacheri (Foto: Franco Fafasuli)

—Es tu primer protagonista mujer y eso ya es una novedad.

—Yo estaba seguro de que por la temática quería centrarme en el personaje de ella. Cuando empecé a escribir lo hice desde una tercera persona pero muy vinculado con el personaje de ella. Con el transcurso de los meses de escritura lo que te pasa siempre es que a tu personaje lo vas conociendo cada vez más y te vas animando más. Así como cuanto más conocés a alguien, más te atrevés a la intimidad, creo que con los personajes pasa algo parecido. Entonces empecé a ensayar a cierta altura de la escritura, como si fuera al 60% del libro, a escribir en primera persona algún capítulo. Y dije: "Me parece que ya la conozco lo suficiente como para hacer la metamorfosis." En realidad vos siempre te metamorfoseás cuando escribís. Te diría que es una de las cosas más atractivas de ponerte a escribir. Esto de ser otro. A veces el "ser otro" lo tenés más cerca y el "ser otra" lo tenés más lejos, pero no deja de ser un juego interesante. En todo caso la gran duda era si esa metamorfosis era verosímil para quien lo leyera. Y como mi editora es mujer y mis primeros lectores son lectoras, porque es mi mujer y un par de amigas en cuyos criterios confío mucho, entonces era atinente preguntarle a ellas: "Mirá, ¿te parece creíble que esto sea una voz femenina?" Y como ellas les pareció bien, seguí así y cuando terminé volví al principio a reescribir capítulo por capítulo todo en primera de nuevo para que cerrara.

—Ahora se usa mucho el término mansplaining: cuando un varón le explica a las mujeres cosas que son de mujeres. ¿Tuviste ese miedo? Aunque la ficción sea un poco eso.

—A lo mejor eso de chequearlo con mis lectoras más afines fue un poco tratar de evitarlo. Lo que pasa es que, como la historia gira en torno a cuestiones morales, y en esas cuestiones morales está siempre la posible sanción social en relación a lo que viven los personajes, me parecía que era ella la que tenía que estar en el centro, porque en esa sociedad las sanciones eran mucho peores para las mujeres que para los hombres. Más allá de que toda la situación sea sancionable, el lugar de ella era más sancionable entonces sus dilemas son peores, por eso me parece que era el personaje más importante para focalizar la historia. Y además creo que, más allá de que nuestro género nos aporta determinadas perspectivas, me parece que está bueno que juguemos con eso, que tratemos de ser plásticos con eso, y también que busquemos lo que hay de humanidad detrás de cualquier conflicto humano. Por más que todos nuestros conflictos están atravesados por el género, están atravesados por otro montón de cosas. Y entre ese montón de cosas, la más esencial es que somos un bicho que se va a morir, independientemente de nuestro género y de nuestras elecciones, y eso tiene que ver con nuestra humanidad. Y para este caso es lo mismo, en este ámbito, y no estoy diciendo que para todos es lo mismo. Pero junto con nuestras heterogeneidades hay cosas para las que somos simplemente humanos.

—¿Hay una relación entre tu novela y el momento histórico que se está viviendo? Los movimientos feministas que salen a las calles y escritoras mujeres que empiezan a tener mucha visibilidad, por poner dos ejemplos. Más allá de que la historia del libro ocurra en los años cincuenta y no en este presente.

—Mirá, yo creo que, inevitablemente, si uno no vive adentro de un frasco es imposible dividir tu faceta creativa de tu simple discurrir en una sociedad. Entonces, vos vivís en una sociedad y lo que se pregunta, se afirma y se debate en esa sociedad está permeándote permanentemente. No creo que tu ámbito de inspiración, puesto muy entre comillas, sea un ámbito cerrado, sino que está permanentemente mezclado. De todas maneras, a nivel consciente yo te puedo decir: mi búsqueda, sobre todo en esta novela, era... En estos últimos años veo tan acrecida la cuestión colectiva, social, pública, política que tenía ganas de un retorno a algo más íntimo. Y de hecho mi última novela, antes de esta, que es La noche de la usina, estaba más vinculada al afuera, al contexto político y económico de la Crisis de 2001, a un grupo de personas que se junta para tener una aventura complicada etcétera, etcétera. O sea, el ámbito del afuera estaba muy marcado, entonces tenía ganas de irme hacia otro lado con un personaje definiendo cosas vinculadas ni más ni menos que a su escala de valores y con su modo de vivir. A lo mejor va un poco en otra dirección en ese sentido, porque si bien pensando en esto que vos decís, de cómo todo está interpelado por el feminismo, yo esto me lo llevo a la intimidad de ella. O a la intimidad de un pequeño grupo de personas. Y además me lo llevo a otro momento donde claramente no es la misma agenda la de una chica joven de los años cincuenta que la de una chica joven de hoy, aunque ambas son agenda, pero esa es una agenda prehistórica en comparación. De hecho estos personajes, los de mi novela, estas chicas jóvenes que forman una familia, están bastante cómodos en sus estructuras. No son personajes de ruptura, no están en los márgenes ni están en la vanguardia de nada. Están apenas, en todo caso, en una reflexión; no polemizan con el contexto que les toca vivir, sino en todo caso la contestación o la disputa es más íntima: “no voy a cambiar esto, ni siquiera pretendo cambiarlo, ¿pero cómo convivo con esto?” Por eso te digo que es una cuestión más personal y más universal en el sentido de que está por encima del género. Pero, de nuevo, es más interesante en Ofelia que en Manuel porque si todo vuela a la mierda Manuel no la va a pasar tan mal. Es así de simple. La presión social y la presión cultural es mucho mayor sobre ella que sobre él simplemente porque es ella, porque es “la ella”.

—También hay un cambio generacional importante entre las dos hermanas mayores y las dos hermanas menores.

—Es que, justamente, como también tenía ganas de que esas cuatro hermanas, aún en su tiempo, marcaran algunas posibles diferencias en relación a las expectativas familiares sobre ellas. Entonces una cosa son las más grandes cuando el padre se imagina que la vida de esa familia era una, y otra cosa son las expectativas familiares con el progreso de la familia. Porque la familia es como un personaje también de la historia, bueno, no es lo mismo el personaje cuando él es carpintero y son dos hijas, que cuando él es un industrial y sus hijas son cuatro. Pero está como subyacente. Vos fijate que las dos menores estudian, las mayores no. En realidad está dentro del mandato familiar. No es que Ofelia rompe todo por ir a estudiar. "Bueno, es parte del progreso que ahora las más chicas estudien". Me gustaba marcarlo como dentro también de una época de la clase media argentina donde la sensación de progreso es una constatación de la realidad. Hay un optimismo intrínseco en esas generaciones que después se perderá, y tenía ganas de ir a eso también, como de bucear en una clase media inmune al pesimismo, que todavía está más allá de futuras melancolías que las clases medias de otras generaciones tendrán.

Eduardo Sacheri (Foto: Franco Fafasuli)
Eduardo Sacheri (Foto: Franco Fafasuli)

Los caminos de la literatura son realmente impredecibles. El caso de Sacheri es un buen ejemplo. Se licenció en Historia en la Universidad Nacional de Luján y comenzó a ejercer como docente en secundarios del conurbano. Esta tarea, aún hoy la continúa. En su cuenta de Twitter ha escrito varias veces mensajes a sus alumnos. Por ejemplo: “Queridos alumnos de 5to.E: para el lunes 9 respondan las preguntas que les dejé a los de 5to.S. Saludos a todos”. Su primer libro contenía cuentos futboleros: Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol. Siguió con esa temática y empezó a captar lectores que quizás ese era el primer libro que leían por pura gana. Esa es una de facultades que tienen autores como Sacheri: no se regocijan en el lector especializado sino que seducen a los transeúntes apurados con los encantos de la literatura.

Luego llegó La pregunta de sus ojos. La escribió en 2005 y cuatro años más tarde Juan José Campanella la llevó al cine. La historia es conocida: El secreto de sus ojos —ese es el nombre de la película— se transformó en uno de los films argentinos más importantes de la historia porque logró, no sólo una masividad inédita, sino también ganar el Oscar a la mejor película extranjera. Ese romance entre la literatura de Sacheri y el cine continuó con Papeles en el viento que filmó Juan Taratuto —antes, Sacheri y Campanella escribieron el guión de la película animada Metegol, inspirada en el cuento “Memorias de un wing derecho”, de Roberto Fontanarrosa​— y la reciente La odisea de los giles de Sebastián Borensztein, inspirada en La noche de la usina (Premio Alfaguara de Novela 2016), que fue seleccionada por Argentina para ir a competir a los Oscar.

“Superó la primera prueba que es que Argentina la mande ​—​cuenta ahora—, porque si Argentina no la manda no puede pasar nada. Ahora la pelota está del lado de Hollywood, de que eventualmente, de las setenta u ochenta películas que le llegan de todo el mundo la metan en la lista corta de las nueve, y eventualmente de las cinco nominadas. Pero al menos superó esa primera prueba. Yo siempre doy el ejemplo de Nueve reinas, que para mí es de lo mejor que se filmó en Argentina en los últimos treinta años al menos, y nunca tuvo esa posibilidad, porque no fue. Entonces la gran noticia es que sí, que va, después no sé qué pasará”.

—¿Y encontrás en la película y en toda esta repercusión alguna idea de lo que vos pensabas que podría llegar a pasar?

—Con esta historia pasaron dos cosas descomunales para mí: que ganara el Premio Alfaguara de Novela y después la hacen cine y le va bárbaro. Por eso yo te decía antes que las ambiciones al momento de escribir, cuanto más minúsculas sean, mejor, porque sino te paralizás. Suponete, si yo con éste pienso —y señala su libro, Lo mucho que te amé, que está sobre la mesa, justo en el medio de esta conversación—: “che, ¿será una película o no?” Y capaz que empiezo a buscarle el modo en que sea más audiovisual ¡y la cago! Que no es lo mismo decir que me es indiferente lo que pase. Un carajo me es indiferente. Me encanta que pasen cosas buenas y me encanta todo lo que está pasando con La odisea de los giles, pero yo creo que si uno se pone a pensar en eso arruina porque lo vuelve artificial, porque empezás a jugar con expectativas que van mucho más allá del propio libro. Uno tiene que pensar el libro y que el libro le plazca. Y nada más. Si eso pasa, tal vez pase algo más, o tal vez no pase, pero si uno no es capaz de concentrarse en eso y hacer algo redondito entonces nada más va a pasar, porque se va a notar el artificio, porque se va a notar la especulación. Está mal especular... En algún momento te contesto tu pregunta, tarde pero te contesto. Yo esto asombrado de que con la peli haya pasado lo que pasó. La gente se la apropia. Eso es lindo: la gente aplaude al final. Y aplaudir en un cine, en un punto, es lo más ridículo del mundo, porque estás aplaudiendo una pared blanca, y al mismo tiempo es hermoso. Es tan gratuito y tan inútil que al mismo tiempo lo vuelve hermoso. Porque no son actores que te están agradeciendo en un escenario de teatro. Aplaudir porque te pinta aplaudir porque te dejó bien esa película, me gusta mucho que pase. Ya fui como cinco veces al cine a escuchar aplaudir.

—Volviendo a la literatura: hay una idea, que no sé si está constatada pero sí está bastante generalizada, que dice que las mujeres leen más que los hombres, o compran más libros..

—Entiendo que sí, pero lo comparto a un nivel de: alguna vez lo escuché —y sonríe.

—Claro, claro.

—Lo nuestro no es ciencia —y se echa una carcajada.

—Demos por sentado que así, al menos un rato. ¿Pensás en ese tipo de lector específico o en vos el lector es más bien una figura extraña y sin rostro?

—Es complejo de responder para que uno no quede como un estúpido o un engreído, en estos términos: si yo te digo que el lector soy yo, puede sonar a "pelotudo, ¿qué te creés que sos? ¿el lector universal?" Pero en realidad es tan heterogéneo el lector que el único lector con conocés sos vos mismo, entonces yo creo que la única medida de constatación para saber que lo que estás haciendo está lo suficientemente bien como para que sigas, o lo suficientemente mal como para que lo abandones, es lo que a vos mismo te parezca que vas leyendo a medida que lo vas escribiendo. Porque suponete, esta novela o cualquier otra: ¿para hombres o para mujeres?, ¿para gente grande, para gente de mediana edad o para gente joven?, ¿para gente de Argentina o para gente de afuera?, ¿para gente de clase media o para gente de clase media para abajo? Yo podría decir: ¿y mis cuentos futboleros, que es de lo primero que se publicó? Tenía otro lector. Entonces sería muy inquietante intentar diseñar un lector. Además me parece que sería como una cosa de laboratorio medio fea: proyectar un lector, o en este caso proyectar una lectora. Aparte, después cuando conocés a tus lectores... yo voy a una Feria del Libro ¡y hay de todo! Y te sorprende: hay chicos de escuela, minas de mediana edad, viejitos. Y decís: ¿cuál es tu lector? Bueno, ¡cualquiera! Cualquiera lo es y cualquiera no lo es. Porque si digo: "Yo voy a apuntar al público femenino con esta novela", y capaz que a ninguna mina le gusta. Puede pasar.

"Lo mucho que te amé" en las manos de Eduardo Sacheri (Foto: Franco Fafasuli)

—Recién hablaste de cuentos futboleros. ¿Sentiste alguna vez que te estabas encasillando en un lector masculino?

—Mirá, lo sentí un poco después. Yo escribí primero tres libros de cuentos y en esos libros cuentos hay muchos cuentos de fútbol. Y los únicos conocidos eran los de fútbol porque Alejandro Apo los leía mucho en Radio Continental en Todo con afecto. Y claro, mi primera trascendencia pública eran los cuentos de fútbol. Y la etiqueta estaba. De hecho, mi primera novela que es La pregunta de sus ojos, la novela, voluntariamente no tiene nada de fútbol. Ahora, vos fijate lo que son las lecturas que es el propio Campanella, a quien sí le gustaban mis cuentos de fútbol, el que me pide que le incorporemos fútbol a la película. Por eso toda esa escena en la cancha de Huracán y toda esa impronta futbolera que es un pedido de lector de Campanella: “Che, loco, me gustan tus cuentos de fútbol, metámosle fútbol”. Pero no es que no me inquietan las etiquetas. Del mismo modo, la película El secreto de sus ojos, el Oscar y todo lo que pasó también es una etiqueta a su manera. Yo creo que la única forma de sustraerte un poco de las etiquetas es que, de libro a libro, ir hacia a un lugar distinto del anterior. ¿Viste lo que yo te decía antes de este libro de aventura, contexto sociopolítico, robo, mecanismos de policial que es La noche de la usina? Bueno, ahora, algo que no tenga nada que ver, como es este. Y para el próximo algo que no tenga nada que ver con este. Pero sobre todo para que no te encasillen los que te leen, sino para no encasillarte vos. Y es una tentación también...

—La fórmula.

—La fórmula, ni siquiera del éxito, sino la fórmula de ser bien recibido, la fórmula de ser aceptado.

—De cumplir las expectativas.

—Claro. Suponiendo que tenga un cierto conjunto de lectores, yo no tengo idea si les va a gustar ésto o si los va a defraudar por el motivo que sea. pero bueno, yo tenía ganas de escribir este libro. Y mejor escribir éste, que otro que se pueda parecer más al anterior, precisamente porque te obliga a la libertad. Como que te obliga a soltarte, a sacarle las rueditas a la bici. Si te la tenés que pegar, pegátela.

—Sos Profesor de Historia, lo cual explica por qué siempre está el marco histórico en tus novelas.

—Y lo que pasa es que ahí estamos apoyadas las personas. O yo me siento así. Yo creo que todos estamos apoyados. Cuando cada uno de nosotros piensa su vida, sin duda es su vida y tiene un montón de elementos privados o de sociabilidades próximas, pero también está anclado en un momento, en una sociedad, en un país, y uno también es resultado de eso. Y las fronteras de lo que piensa y de lo que siente también están marcadas por eso. Si bien mis personajes nunca son figuras de trascendencia histórica, son gente común y corriente siempre, el telón de fondo sí es la sociedad en la que esa gente común vive. Me parece que estamos conectados con esa plataforma, porque el telón de fondo es lo que está detrás, que no necesariamente tiene tanta relación. Es la plataforma sobre la que asentamos nuestras vidas privadas también. Y me gusta que esté.

Eduardo Sacheri (Foto: Franco Fafasuli)
Eduardo Sacheri (Foto: Franco Fafasuli)

“En algún punto uno escribe como lee”, dice Sacheri y ahora, en su rostro, hay un nuevo gesto: concentración intelectual. Frunce el ceño y mira algún punto fijo en el aire mientras arma la oración en su cabeza: “De todo lo que leo, hay un cierto universo de libros que me gusta. ¿Y cuál es ese universo? Un universo de libros que me cuentan una historia, es decir, que sostienen ciertas banderas de lo clásico, ‘te voy a contar una historia, acá pasan cosas, los personajes se transforman’, una narrativa clásica en ese punto, y al mismo tiempo los libros que me gusta leer son esos donde en algún momento hay cierto interés por la forma, hay una cierta detención en el lenguaje, una cierta preocupación por el ritmo y la estructura”. Como la de cualquier artista, la mente de Sacheri es un misterio. No para él, por supuesto, que camina diariamente por su laberinto. Tampoco tiene problemas de quitarse el cerebro y ponerlo sobre la mesa para que lo examine cualquiera. Como si todo fuera tan sencillo. El problema es que él es el único que lo entiende.

“Cuando escribo —continúa— intento que esos dos mundos convivan con cierta amabilidad. Cuando lo que leo se va a algo muy hermético, muy de forma, me siento como que ya estoy afuera. No tengo manera de penetrar en ese mundo que precisamente es hermético. Y a la inversa: cuando lo que leo es puro vértigo, puro hecho, siento que le falta algo también. Y probablemente en otros escritores que les gusta leer algo más académico, más experimental, más de búsquedas formales, al momento de escribir hacen lo mismo, ¡y está bien! Y por el otro lado también: hay gente que tiene como una fábrica de bestsellers y probablemente les guste eso al momento de leer. O a lo mejor estoy errado en esta construcción que hago, pero hay ciertas personas que escriben para millones y leen como lo de pequeños cenáculos, pero tiendo a sospechar que no, que no pasa”.

Como un equilibrista, Sacheri camina por el tapial que separa dos latifundios enemistados: de un lado, la sesuda literatura de nicho; del otro, los desabridos libros masivos. “Me siento cómodo escribiendo acá —dice—, pero porque me siento cómodo leyendo acá. Me parece que sino sería un divorcio. Yo creo que el gran desafío es ese, eso que me pasa como lector: ‘me están contando una historia y me encanta que me la cuenten y me hundo en esa historia y soy esa historia mientras me la cuentan’, pero al mismo tiempo, por momentos encuentro diciendo: ‘puta, que bien construida está esta oración, la voy a leer’ y detengo mi deseo de seguir avanzando por este otro deseo que me propone la belleza de esta forma, y después sigo. Eso es lo que me gusta que me pase como lector, entonces lo intento reproducir como escritor".

—¿Qué estuviste leyendo últimamente?

—De lo mucho que se publica me está costando encontrar algo...

—Se publica demasiado, ¿no?

—Se publica mucho, pero mucho con lo que me estoy encontrando, ¿viste que a veces es un problema por dónde uno está buscando también?, es literatura muy metida para adentro, si tal definición no es demasiado de entre casa.

—Literatura del yo.

—Demasiado. Que es del “él” o del “ella” que no soy yo, lector. Es tan ella o tan él que no hay modo de entrar ahí. Porque lo que tiene la trama es que me permite apropiarme de otro modo. No pretendo hacer teoría literario, pero la trama es un puente para entrar a ese mundo de esa otra persona. Cuando no hay trama es muy difícil entrar. Te doy un ejemplo. Hoy acabo de terminar uno de Vargas Llosa de 2006, Travesuras de la niña mala, y termino volviendo a autores que me gustan mucho porque no me defraudan en eso. No lo había leído en su momento. Y si te tengo que decir, en el último, de los siete u ocho que leí, me quedo con ese. Yo sé que el escritor o la escritora que son medianamente conocidos está bueno que aludan a nuevas autores y a nuevos autores porque es como una manera de darle un espaldarazo y a lo mejor me estoy perdiendo un montón de gente que está buenísimo lo que escriben y yo estoy nombrando a uno que es Premio Nobel. Esos dos renglones de Infobae los podría dedicar... —entonces hace una pausa, uno, dos segundos, y agrega:— Bueno, hace poquito leí a una chica que se llama Virginia Higa que tiene una novelita que se llama Los sorrentinos, hermosa. Pero de nuevo: porque ese mueve en esa cornisa donde me está contando una historia de una familia de gastronómicos marplatenses y al mismo tiempo hay un lugar de sensibilidad y de forma que está buenísimo. Bueno, ahí nombre a alguien que probablemente le venga mejor mi referencia que al amigo Vargas Llosa.

Eduardo Sacheri (Foto: Franco Fafasuli)
Eduardo Sacheri (Foto: Franco Fafasuli)

—Son muchas las etiquetas que te pueden encasillar: novelista, cuentista, guionista, profesor de historia. ¿Es novelista la etiqueta que más te gusta o un poco de todas?

—Yo creo que me quedo con la de escritor de ficción y en este momento con la de novelista, más que la de cuentista, porque estoy escribiendo novelas. Hace mucho que no escribo cuentos. Pero yo en el mundo del guión, en el mundo del cine en general, yo me siento un invitado. Me encanta que me inviten, pero el mundo que siento como más propio es el de los libros. El de los libros que leo y eventualmente los libros que escribo. Suponete, a mí no se me ocurre inventar una historia para cine. Yo no hago guión original. Cuando yo pienso una historia nueva, pienso un libro. Y los dilemas y los problemas y que busco resolver son literarios: una estructura, una voz narrativa, un tiempo verbal, un cierto nivel de discurso. Y ni se me ocurre llevárselo a cineastas a ver si les interesa, porque siento que el impulso eventual tiene que venir ahí. Vos me preguntás hoy: “Che, Lo mucho que te amé, ¿da para una película?” No tengo la más puta idea. Si dentro de unos meses viene alguien del mundo del cine y me dice: “Che, leí Lo mucho que te amé y se me ocurrió que puede ser una película”. “Ah, ¿vos decís? Tomemos un café”. Pero recién ahí. Yo me siento profesor de Historia y escritor.

—Última pregunta: ¿para qué sirve la literatura en un mundo donde pareciera que el tiempo para detenerse y leer una buena historia es cada vez más corto? ¿Por qué apostar a la literatura?

—Porque el arte es una de las pocas que nos pueden hacer creer durante un rato que la vida tiene sentido. Entonces, es tan importante que en un momento u otro de tu vida te tenés que hacer el tiempo. Y en un momento u otro de tu vida lo vas a necesitar. Vas a necesitar meter una pausa e intentar equilibrar algo que no tiene equilibrio, e intentar dotar de sentido algo que no lo tiene. Y los seres humanos hace miles y miles de años que inventamos el arte con esa intuición y por esa necesidad. Entonces, creo que al arte lo inventamos para, por un rato, intentar algo que no va a lograr pero necesitamos intentarlo, tanto cuando lo inventamos como cuando lo recibimos. Quien escribe está intentando eso aunque sepa que es infructuoso, y quien lee también. Está para eso.


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