Arturo Pérez-Reverte
Arturo Pérez-Reverte

Pocos escritores saben estar en boca de todos como Arturo Pérez-Reverte. Escandaliza, incomoda, sorprende, satisface, provoca. Y vende. Porque en América Latina tiene una enorme cantidad de lectores: más de veinte millones de lectores en todo el mundo. Hoy vuelve a ser noticia: Sidi. Un relato de frontera es el nombre de su nueva novela que saldrá el 18 de septiembre simultáneamente en todo el territorio de la lengua española.

"Aún estoy corrigiendo las pruebas, pero mi último año de trabajo, o su resultado, se publicará en septiembre: el relato de aquella frontera peligrosa y de quienes, moros y cristianos, allí se buscaban la vida en el siglo XI. Gente dura en un mundo duro", escribió en sus redes sociales el autor español nacido en en 1951. 

Tras la exitosa serie Falcó, Pérez-Reverte se aleja de la historia contemporánea para viajar hasta el siglo XI. La novela es una historia de exilio y frontera, de lucha por sobrevivir en un territorio hostil, indeciso y de fuerzas encontradas. Narra la aventura de un guerrero que, obligado al destierro, cabalga para buscarse la vida con una hueste que lo respeta y lo sigue. Su carácter y sus hechos de armas lo convertirán en una auténtica leyenda viva.

"No tenía patria ni rey, sólo un puñado de hombres fieles. No tenían hambre de gloria, sólo hambre. Así nace un mito. Así se cuenta una leyenda", se lee en la publicidad que hace el sello Alfaguara. Y en sus propias, según se lee en la web Casa del Libro: "Hay muchos Cid en la tradición española, y éste es el mío".

Como ya ocurriera con novelas anteriores como Hombres buenos o El club Dumas, en Sidi Pérez-Reverte sumerge al lector en la Historia, uno de los temas más celebrados de su universo literario. "Su estilo elegante se combina con un gran manejo de la lengua española. Pérez-Reverte es un maestro", dicen en La Stampa. A continuación, un fragmento, para el deleite de sus lectores:

El arte del mando era tratar con la naturaleza humana, y él había dedicado su vida a aprenderlo. Colgó la espada del arzón, palmeó el cuello cálido del animal y echó un vistazo alrededor: sonidos metálicos, resollar de monturas, conversaciones en voz baja. Aquellos hombres olían a estiércol de caballo, cuero, aceite de armas, sudor y humo de leña. Rudos en las formas, extraordinariamente complejos en instintos e intuiciones, eran guerreros y nunca habían pretendido ser otra cosa. Resignados ante el azar, fatalistas sobre la vida y la muerte, obedecían de modo natural sin que la imaginación les jugara malas pasadas. Rostros curtidos de viento, frío y sol, arrugas en torno a los ojos incluso entre los más jóvenes, manos encallecidas de empuñar armas y pelear. Jinetes que se persignaban antes de entrar en combate y vendían su vida o muerte por ganarse el pan. Profesionales de la frontera, sabían luchar con crueldad y morir con sencillez. No eran malos hombres, concluyó. Ni tampoco ajenos a la compasión. Sólo gente dura en un mundo duro.

 

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