Por Andrés Ehrenhaus

“Los 154 Haikus de Shakespeare” (La Fuga), de Adrán Ehrnhaus
“Los 154 Haikus de Shakespeare” (La Fuga), de Adrán Ehrnhaus

¿Cómo se llega de un soneto isabelino a un haiku criollo? Creanme que ni yo lo sé con certeza. Desde que me atreví por primera vez a despellejar una obra de Shakespeare hasta que aparecieron como por encanto estos haikus pasaron tantas cosas que tratar de reducirlo todo a una fórmula concreta sería pretencioso de mi parte. Tan pretencioso quizás como pretender meter un soneto dentro de un haiku. Lo que sí puedo decir es que sin trabajo duro, bastante suerte y una gran dosis de locura, este libro no habría sido ni siquiera un sueño. Pero vayamos, como Jack el Destripador, por partes.

Yo, más que nada, soy traductor. Es decir, matarife. La primera vez que carnié seriamente a Shakespeare fue cuando Marcelo Cohen me propuso que tradujera una obra para esa magna empresa que fue Shakespeare por Escritores y me atreví con Pericles, Príncipe de Tiro, que ni siquiera se sabe a ciencia cierta si la escribió el Bardo o no. Entonces escribí un prólogo en el que comparaba al buen traductor con el buen referí de fútbol, cuya destreza estriba en dirigir el juego sin ser apenas percibido; hoy, con decenas de medias reses a mi espalda, no suscribiría esta idea de la profesión. Si bien le agradezco al árbitro que deje jugar en paz a los que saben, dudo mucho que el traductor pueda abstenerse de intervenir en la nueva obra creada. Por invisibles que nos consideremos y por poco que nos vean los lectores, nuestros pegajosos deditos están por todas partes y nuestros tajos, suturas e injertos son más evidentes de lo que nos gustaría. Descreo del traductor que no tenga el delantal manchado de sangre y un buen cuchillo de trinchar en la mano. Ojo, no estoy justificando la masacre del original: allá cada cual con su conciencia. Una cosa es un buen bife de lomo y otra un amasijo de carne mal picada. Pero que hay sangre, hay sangre.

Curiosamente, o quizás no tanto, después de cortar al pobre Pericles en lonchas, un editor de Barcelona, donde vivo hace una abultada cifra de años, me preguntó si me atrevería con los Sonetos de Shakespeare. Se avecinaba el cuarto centenario de su publicación y querían aprovechar la fecha para lanzar una nueva traducción. Y dije que sí, claro. La osadía me supuso cuatro años de ardua labor. Fue por entonces que desarrollé ese tic que delata a los que no renunciamos al rigor métrico, un silabeo sordo de los dedos sobre cualquier superficie mínimamente sólida o sonora. Iba por el mundo tamborileando ensimismado, contando endecasílabos y sus acentos internos, buscando rimas asonantes y huyendo de las consonancias como de la peste que azotó Londres en 1609, obligó a cerrar los teatros y puso a Shakespeare a escribir sus "edulcorados sonetos", como se mofaba algún contemporáneo suyo. En el prólogo a ese libro yo ya había abandonado la idea del referí invisible y empezaba a aceptarme como carnicero de lujo pescado in fraganti con las manos en la masa.

Después del carneo de los Sonetos, en el que corrieron ríos de tinta y aludes de achuras, la conjunción de azar, locura y labor tenaz volvió a cobrar cuerpo: se ve que me estaba labrando mi buena reputación de sajador de literatura isabelina y me cayó el encargo de descuartizar toda su poesía, que sin dudarlo acepté con el desparpajo de quien no puede detenerse a pensar en mitad de la cuesta por la que se despeña. Y así trocié y abrí a cuchillo unos tres mil y pico pentámetros yámbicos más, los que resultan de la suma de sus dos poemas más extensos, Venus y Adonis y La violación de Lucrecia, para un gran grupo editor de España. Fileteo para la corona. El bueno de William había cosechado cierto éxito con el primero, de galante corte erótico, pero el segundo, mucho más crudo e incisivo, no sólo corrió peor suerte entonces sino que, inexplicablemente, la sigue corriendo hoy en día, cuando el tema es de candente y tan dolorosa actualidad. Y digo que me resulta inexplicable porque Lucrecia es quizás el mejor retrato psicológico, cultural y político sobre la violencia de género que yo haya leído jamás. Con una clarividencia y una sensibilidad extremas, Shakespeare nos hace parte de la crueldad y el desgarro, de la indolencia y el pavor, de la impunidad y la impotencia. En Lucrecia estamos todos y no se salva nadie (al revés que en Hollywood, ¿no?, donde se salvan todos y no estamos ninguno nunca).

Andrés Eherenhaus
Andrés Eherenhaus

¿Y los haikus? Bueno, los haikus son fruto de una reducción tan drástica y radical que necesito salirme de la metáfora cárnica para explicarlos y descansar las mandíbulas. Los primeros, apenas dos o tres, surgieron hace un tiempo como ejercicio de hipercondensación formal para las clases de traducción de poesía que doy en un máster de la Universitat Pompeu Fabra. Y ahí quedaron, latiendo. Hasta que un día los leí con otros ojos y me pregunté si sería capaz de hacer un haiku de cada uno de los 154 sonetos traducidos y salir vivo del intento. Acá el azar, la locura y el trabajo arduo se hipercondensaron también: en una suerte de vértigo febril, tardé una semana en completar la secuencia entera. Digo secuencia no gratuitamente, porque el resultado, y más aún después de la puesta en dibujo de los poemas, sigue una deriva narrativa que pone de relieve la de los propios Sonetos originales. Hay muchas teorías acerca de lo que Shakespeare tenía en mente al escribirlos y las que plantean una estructura dramática más o menos oculta no faltan. Sin embargo, lo loco es que yo no me propuse seguir otro hilo que el del destilado puro y duro de los ingredientes; la narrativa surgió por sí sola.

En el prólogo al libro de haikus hablo de un proceso de jibarización. Después de la sangría de la traducción, cabía buscar vías menos salpicatorias para llegar a la frágil y sutil tensión de los poemas japoneses. Se trataba de arriesgar la pérdida de casi todo para recuperar apenas una esencia, unas hebras, un peso leve, un juego de luces y sombras, una gota de sudor o de hiel. Y esa jibarización, por vertiginosa que fuera, tenía que hacerse con mimo. Dice el Tao que se gobierna un gran estado con la misma delicadeza con que se fríe un pececillo, y así hubo que manejar los alambiques para exprimirle el aroma a la materia carnal, tanguera y barroca de los Sonetos. Sin duda otros jíbaros habrían reducido otras cabezas; las nuestras fueron estas.

Pero la operación necesitaba completarse. Así como los haikus tienen su reflejo natural en los tankas, estos poemas también pedían su correlato gráfico. Conozco a Elenio Pico porque, entre otras cosas, jugamos juntos al fútbol en un equipo que se llama Old Old Boys. Un domingo, después del partido, le conté a Elenio en el vestuario lo que le estaba haciendo a Shakespeare y él se entusiasmó. Hablamos de los Sonetos, de lo que eran, representaban o sugerían, de lo que veía yo en ellos y de lo que no veía. Y le propuse que cerrara con un dibujo cada soneto jibarizado. El resultado fue brutal. Con una pulsión aún más vertiginosa y febril que la mía, Elenio gestó los 154 sellos únicos que vibran a la par de cada haiku ¡en sólo 4 días! Todo se había acelerado tanto que acabamos contagiando al editor Luigi Fugaroli y a los diseñadores Ana Rey y Joan Redolad, y el libro se armó –choripanes y vino mediante– como si supiera que la liviandad era la consigna. En cierto modo, el primero de los haikus marca el espíritu silvestre que nos animó a cuantos participamos en esta delirante y gozosa empresa:

todo lo bello, / si no se multiplica, / se va al garete.

Ahora que releo esto que escribí, necesito rectificarme. Dije al principio que el libro surgió de la conjunción del azar, el trabajo duro y la locura. Me equivoqué en un detalle. Me faltó añadir el cariño. Que lo disfruten.

 

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