
A veces la vida se trata de estar justo ahí. Un momento y un lugar. Un tiempo y un espacio. Dorothea Lange entendió eso, y con su cámara de fotos a cuestas se transformó en una testigo incuestionable para capturar ese instante único: aquí y ahora. Un día lo entendió. Y fue definitivo.
Estaba trabajando en su estudio fotográfico de San Francisco, encendiendo el flash frente a familias adineradas, cuando dijo basta. Hacía retratos para gente que quería retratarse. Una impostura del arte que —finalmente lo entendió— no tenía nada que ver con ella. Entonces salió a la calle. Corrían años duros, los años de la mayor crisis económica del siglo XX. La Gran Depresión invadió el mundo en el período de entreguerras durante toda la década del treinta y parte de la década del cuarenta. El comercio internacional descendió casi un 60% y la desocupación en Estados Unidos aumentó al 25%. Miseria, mucha miseria. Nadie tenía respuestas.
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Dorothea Lange no podía quedarse ahí, en su estudio. No, tenía que salir. Y en ese gesto, en esa determinación inicial se lee el germen de todo lo que fue: una de las fotoperiodistas más importantes de la historia, la mujer que supo capturar como nadie el dolor social de una época.

El 19 de julio inaugura en el Centro Cultural Borges una exposición con más de cien de sus fotos. Dorothea Lange. La fotografía como testigo incuestionable es el título y, según le explica a Infobae Cultura la curadora de la muestra Blanca María Monzón, "este corpus, que si bien es arbitrario, es uno de los documentos más importante de la democracia. Además, si uno quisiera interpretar la política de Estados Unidos, las fotografías de Dorothea Lange sirven muchísimo porque incluso obligan a reescribirla".
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Pero la historia empieza antes, en 1985. Dorothea Lange nació en una pequeña ciudad repleta de gente llamada Hoboken, frente a Nueva York, en 1895. De familia instruida —sus padres eran segunda generación de inmigrantes alemanes—, la cultura fue una columna a la cual aferrarse para entender el mundo.
Dos episodios marcaron su vida. A los 7 años contrajo poliomielitis, que le dejó una renguera permanente. "Eso me formó, me guió, me instruyó, me ayudó y me humilló —dijo una vez torciendo la victimización—; nunca lo he superado, y soy consciente de la fuerza y el poder de eso". La otra fue el abandono de su padre, que dejó la familia cuando ella tenía 12. Con esas heridas trepó la adolescencia hasta llegar a la adultez, con otro apellido, el de su madre. Había que hacerse fuerte, no quedaba otra.
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Y se fue a Nueva York, la nueva capital del mundo. Ahí degustó el sabor del vértigo metropolitano. Fue alumna del fotógrafo Clarence H. White y de Arnold Genthe. Aprendió todo lo que tenía que aprender y en 1918 se mudó a San Francisco. Dos años estaba casada con Maynard Dixon, pintor de los paisajes del Oeste norteamericano. Tuvieron dos hijos. Se quisieron mucho. Fueron una familia. Y recorrieron el suroeste del país: él pintaba, ella fotografiaba. Habrán sido años hermosos. Al volver, ya no era la misma.

En esa época, San Francisco ya sentía la miseria, la pobreza, la desigualdad. Y allí estaba ella, para capturarlo todo. ¿Qué podía hacer en un estudio paquetón del centro? Salió a la calle con la cámara a cuestas y se convirtió en una fotógrafa social y sensible del cemento.
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Algo de esa revelación artística habrá tenido que ver con su separación. Al tiempo se casó con el economista Paul S. Taylor, un progresista muy atento a la explotación rural. Juntos, viajaron a pedido de la oficina de Administración de Seguridad Agraria por el interior de Estados Unidos para hacer un documental sobre los cultivadores y trabajadores inmigrantes. Él entrevistaba, ella fotografiaba.


Esa actividad siguió durante varios años. Mientras tanto, le enviaba a diferentes diarios nacionales sus fotos. "La mayoría se publicó de forma anónima. Cuando muere, sólo unos pocos expertos en fotografía eran conscientes de su genialidad y de la influencia que iba a tener en la fotografía documental", dice Monzón, y agrega: "A ella no le interesaba la fama ni ese tipo de cosas. Sus valores iban por otro lado".
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La viralización en tiempos pre-internet, lo que hizo que se volviera el ícono de una época, fue una foto particular, aunque no la única. "Hay una que es especial. Se la conoce por Madre migrante, una de las fotografías más conocidas y más famosas del mundo", comenta Monzón. Esta es la historia:
A la vera de la Autopista 101, estaba Florence Thompson. Tenía 32 años, siete hijos y un marido. Habían estado cosechando remolacha en el Valle Imperial de California y, ante la falta de trabajo, decidieron marchar hacia Watsonville. Migraban, como todo migrante, en busca de una nueva oportunidad, expulsados por la hostilidad del territorio. Pero en el camino el auto se les rompió. En un campo en Nipomo, Florence se quedó con cinco de sus hijos esperando. Mientras, su marido y los dos mayores caminaban hasta la ciudad con el radiador en los hombros para que un mecánico se los arregle.
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En esa escena aparece Dorothea Lange. Era una tarde de calor. Charlaron un rato y pactaron una serie de fotos. Fueron seis en total. Una de todas esas trascendió lo márgenes de lo esperable. Popularmente se la tituló Madre Migrante, pero el verdadero es más descriptivo: Desposeídos cosechadores en California. Madre de siete hijos. Treinta y dos años. Nipomo, California.

"Las mujeres no era mujeres que están destruidas, se nota que son fuertes. En ese sentido yo creo que ella es una adelantada a la época", cuenta Monzón, y agrega: "Obviamente un fotógrafo siempre está recortando. Siempre hay un recorte de la realidad que se está haciendo inexorable. En ese sentido es importante que ella, no sólo retrata la pobreza, sino también subvierte el estereotipo femenino de la época".
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Lo que sigue es el correlato de una decisión iniciática, de una toma de posición. Todo empieza con un gesto disruptivo.
A pedido de la Oficina de Información de Guerra de Estados Unidos —porque acababa de recibir el prestigioso premio Guggenheim—, registra la evacuación de los japoneses estadounidenses a los campos de concentración tras el ataque a Pearl Harbor. Pero esas fotos que debían tener un sentido, rápidamente tuvieron otro: Lange desnudó la política ilegal de detención de personas sin ningún cargo criminal ni derecho a defenderse en las narices del Imperio. Desde luego, el Ejército las embargó. Pero se sabe: nadie tapa el sol con las manos. Ni siquiera el Gobierno de los Estados Unidos.
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Después fundó la revista Aperture, trabajó para Life y viajó mucho. Murió de cáncer un 11 de octubre. Año 1965. Tenía 70 y una estela larga e incandescente: una obra valiosísima. Pronto se podrá ver en el Centro Cultural Borges.


Su vida fue un gesto, el de sostener la cámara y apuntar a lo real que, como se sabe, ¡vaya paradoja!, es lo que muy pocos ven. Encuadrar, enfocar y disparar en búsqueda de eso que Roland Barthes llamaba punctum: "lo que nos punza y nos duele" de una imagen, lo que nos conmueve, nos turba, nos inquieta, nos emociona. Es algo del orden de lo indecible y lo inexplicable pero que es pura sensibilidad. Ese es el poder de la fotografía, de la buena fotografía, de la fotografía de Dorothea Lange.
"Un día cualquiera decidí que iba a ser fotógrafa. Nunca había tenido una cámara, pero eso era lo que quería hacer", dijo en una entrevista un año antes de morir, cuando el cáncer se la llevó del mundo. Pero no, no se fue del todo, porque cuando un artista desaparece, deja su obra. Dorothea Lange dejó una serie de fotos majestuosas, poderosísimas e inexplicables. Están ahí, frente a todos nosotros, desentramando el mundo imposible que transitamos. Allí, tal vez, estén las claves de todo este desastre.
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